Al aire libre

Por Rafael Argullol, escritor (EL PAÍS, 26/07/07):

Uno de los documentos más conmovedores, a la par que lúcidos, sobre la creación artística son las cartas enviadas durante años por Vincent van Gogh a su hermano Theo. En una época como la nuestra tan poco proclive a las cartas puede sorprender la riqueza y la complejidad de unos escritos íntimos dirigidos a un hermano. En algunas ocasiones, las misivas a Theo por parte de Vincent son pequeñas obras maestras de la confesión literaria, y, en otras, reflexiones bien precisas sobre la tarea del pintor, un ámbito que en Occidente es particularmente fecundo a partir de artistas como Piero della Francesca y Leonardo da Vinci.

En las cartas a Theo no faltan referencias a la misión moral del arte o a la relación de la pintura con otras esferas artísticas, singularmente con la música, destino final, en opinión de Vincent van Gogh, de todo arte. Con todo, quizá el apartado en el que Van Gogh insiste más es en el que hace hincapié en las condiciones concretas, físicas, que acompañan a la realización de una obra. Pocos artistas han sido tan minuciosos a la hora de describir las circunstancias cotidianas que se proyectan en la ejecución de una pintura.

Vincent le explica a su hermano con todo detalle la materia prima de la vida que quiere captar en sus cuadros. Desea ser un “pintor de campesinos” o un “pintor de mineros”, no en el sentido de pintar representaciones de unos u otros, sino en el de registrar la existencia interna de las cosas. A Van Gogh le interesa la genealogía del agotamiento en un grupo de mineros o la prehistoria de las arrugas en la cara de un leñador del mismo modo en que le interesa la luz de las horas o los motivos del color. Con más contundencia: el color o la luz no son importantes si no en función de mostrar aquellas arrugas o aquel agotamiento.

De ahí que no sea arbitraria la percepción que tiene alguien como Heidegger del cuadro Un par de zapatos, pintado por Van Gogh en 1886 en París: “En la ruda pesadez del zapato está representada la tenacidad de la lenta marcha a través de los lagos y montañas surcos de la tierra labrada. (…) En el cuero está todo lo que tiene de húmedo y graso el suelo. Bajo las suelas se desliza la soledad del camino”. En un par de zapatos, Van Gogh ha pintado una entera historia moral que implica una lucha, un dolor, un esfuerzo, acaso una redención.

Van Gogh detestaba el estoicismo, y tal vez por esto no se sintió cómodo en ninguno de los movimientos artísticos de su época. Sin una radical perspectiva espiritual, el arte no tenía sentido alguno. Pero la perspectiva, lejos de cualquier tentación teológica, era consecuencia, exclusivamente, de la lucidez y del trabajo. Van Gogh se pelea sensorialmente con la pintura de un modo muy semejante a como Miguel Ángel lo hace con la escultura. En ambos, la búsqueda del espíritu entraña una auténtica batalla corporal de los sentidos.

En las cartas a Theo, Vincent prescinde de las digresiones esteticistas para circunscribirse a la violenta pelea que es la pintura. Para describir su cuadro El café de noche, pintado en Arlés con dos versiones distintas, Van Gogh escribe: “He intentado expresar con el rojo sangre y amarillo sordo, un billar verde en medio, cuatro lámparas amarillo limón con irradiación naranja y verde. Hay por todas partes un combate y una antítesis de los verdes y los rojos más diferentes”. Lucha, combate: son las palabras más empleadas por Vincent cuando trata de explicarle a su hermano en qué consiste su pintura, tanto cuando está en Holanda o en París como cuando, al final de su vida, se traslada a Provenza.

En las cartas también queda claro que a Van Gogh no le interesa el paisaje tal como normalmente hablamos de este término en pintura. Lo que le interesa es el trasfondo moral del paisaje, sea el paisaje “con figuras”, sea algo más excepcional y que marcará su talento como artista: el paisaje “sin figuras” que en sí mismo se convierte en expresión de la condición humana. Pocos pintores han logrado trasladar con tal fuerza las emociones a la naturaleza proponiendo una síntesis de cosmología y psicología. Para Van Gogh, un paisaje es un retrato y, a menudo, un autorretrato.

En la muy recomendable exposición que tiene lugar en la Fundación Thyssen de Madrid sobre los últimos paisajes de Van Gogh es posible observar la maestría alcanzada por el pintor holandés en aquella dirección. No es descabellado contemplar estos cuadros como retratos y particularmente como autorretratos. De hecho, hay un estricto paralelismo entre los colores otorgados al entorno y al propio rostro en la frenética etapa de Provenza. Si El café de noche, con sus rojos, verdes y amarillos, habla de las “terribles pasiones humanas”, los paisajes de Van Gogh, y singularmente los últimos, ni hablan ni quieren hablar de otra cosa. En Provenza parece que por fin Van Gogh haya conseguido que se cumpla aquel viejo ideal suyo de que el arte sea el hombre añadido a la naturaleza.

No obstante, también este ideal debe ser comprendido casi en términos de pugilismo. Acostumbrados a imaginarnos al artista encerrado en su estudio, los términos impuestos por Van Gogh son provocativos por su violencia sensitiva. Al igual que Miguel Ángel le confiesa a su fiel corresponsal Vittoria Colonna que no puede concebir la escultura sin la presencia del polvo del mármol que está cortando en Carrara, Vincent le reitera a su hermano Theo que su pintura es, por encima de todo, su propio desnudamiento de la naturaleza.

Hay una carta de junio de 1888 que tiene el valor de una poética y de una declaración de principios. Vincent le escribe a Theo a raíz de un cuadro pintado al aire libre: “Volver allí no es posible. ¿Por qué iba a destruirla? He salido fuera, en pleno mistral, para hacer lo que he hecho. ¿No es acaso la intensidad del pensamiento, más que la tranquilidad de la pincelada, lo que buscamos? ¿Es posible la pincelada tranquila y ordenada en el trabajo espontáneo en plena naturaleza? No más que en un asalto de esgrima”.

En las últimas cartas que escribe a su hermano Van Gogh acepta por completo la mediación activa de la naturaleza en la ejecución pictórica. El mistral es una fuerza inquietante y liberadora; el sol, el sol del Sur, es deslumbrador y benéfico. Para el postrer Vincent van Gogh, la “tela siempre tiembla”: el arte es una pelea abierta al aire libre.

Del mismo modo en que Nietzsche sugiere no dar crédito a ningún pensamiento que no haya nacido al aire libre, Van Gogh exige a la pintura respirar a pleno pulmón. Toda una lección para la que reivindican un arte recluido en los sótanos de la vida.