Al fin, buenas noticias

¿Y si Trump, Le Pen, los ultranacionalismos, los ultraizquierdismos, los vendedores de fantasías, los profetas de la nada, los que están contra esto y aquello para estar sólo ellos, fueran sólo excrecencias del devenir histórico, deshechos de los errores que la humanidad va cometiendo a lo largo de su camino hacia un mundo mejor, más cordial, más hermoso, más solidario, más humano en suma? Para resumir: ¿y si hubiera justicia en esta vida y no hubiera que esperar a la otra para verla? Hay claros indicios de ello y la victoria de Macron en Francia es el más importante, ya que Francia, latina y germánica, entre la romántica Alemania y la pragmática Inglaterra, con una república monarquista, descubridora de la razón y de la duda, viene a ser el compendio de Europa. Allí surgió el pensamiento moderno. Que luego fuese sobrepasada por sus vecinos más fuertes no le impidió seguir estando a la cabeza de todas las vanguardias. Hoy puede ser de nuevo la que marque el fin de la etapa negativa, tumultuosa, crispada, irracional que hemos vivido, para poner un poco de racionalidad en medio del caos que amenazaba devorarnos.

Naturalmente, esos indicios tienen que consolidarse. Si lo que ha logrado hasta ahora Macron –lograr la presidencia contra los dos grandes partidos y una victoria parlamentaria con un partido hecho de la nada– suena a milagro, lo que le queda no tendrá nada que envidiar a los trabajos de Hércules: reformar las estructuras de un país que se ha acostumbrado a ellas con el amor que dedica a todo lo suyo. Derrotar a una derecha y a una izquierda desgastadas por el poder y la corrupción es un juego de niños comparado con hacer una reforma laboral que acabe con unos privilegios incompatibles con el mercado no ya global, sino con el interno europeo.

El mejor ejemplo es la saña con la que los agricultores franceses atacan a los camiones que llevan fruta y hortalizas españolas. Pero sin esas reformas, Francia no podrá interpretar el papel de líder, junto con Alemania, de la Europa más pequeña, más compacta, más competitiva que exige la gran aldea en que se ha convertido el planeta. Para lograrlo, Macron va a necesitar toda su habilidad negociadora y todo su charme, su encanto, su poder seductor, que dicen es mucho, y no consiste sólo en la buena apariencia, sino también en la autoconfianza y resolución que transmite. Aguantando el apretón de manos brutal con que Trump intenta avasallar a sus interlocutores, mostró temple. Ahora tienen que seguir las obras. Ha demostrado ser un buen estratega y no creemos que se vaya de vacaciones para poder lanzar en septiembre el ataque total a un Estado de bienestar que sólo lo es para las generaciones maduras y jubiladas, pero no para los jóvenes, cuyo presente es precario y su futuro, negro. Macron consiguió movilizarlos para obtener la presidencia, pero la mayoría de esos jóvenes se quedaron en casa en las legislativas, como si, antes de darle el pleno apoyo, quisieran comprobar que va de veras, que les ayudará de verdad, y no es sólo una estrella fugaz en el firmamento político francés.

El equipo del que se ha rodeado, de jóvenes tan preparados como él, tan amantes de su país como conscientes de sus debilidades, europeístas convencidos, sin el lastre ideológico de las generaciones anteriores, con un buen equilibrio de hombres y mujeres, le ayudará en la carrera de obstáculos que tienen ante sí dentro y fuera de Francia. Porque hay que rehacer prácticamente todo: la democracia, Europa, el mundo. Con los anglosajones no se puede contar, al menos mientras estén gobernados por personajes tan antieuropeístas como Trump o May. De Putin no puede uno fiarse, conociendo sus ansias ocultas de restablecer la Gran Rusia o el Imperio Soviético y sus pocos escrúpulos en usar malas artes, como recuperar territorios por la fuerza y manipular electrónicamente elecciones ajenas. África está abierta en canal. El Oriente Medio es la guerra de nunca acabar. Sólo China, tan recelosa o más de Washington y Moscú, se muestra dispuesta a ayudar. Iberoamérica pide ayuda, pero ¿cómo manejar situaciones como las de Venezuela y Cuba? Y, por si todo ello fuera poco, el tsunami de refugiados y la amenaza terrorista. Pero o hacemos frente a todos esos problemas o acaban con nosotros. Algo que sólo una Europa unida y fuerte puede hacer. Una Europa liderada por Francia y Alemania, que ofrece a los europeos que creen en ella unirse a la empresa de salvarla, pues de limitarse sólo a defenderse, por no hablar de dejar que otros la defiendan, está condenada a desaparecer, al menos como la hemos conocido durante los últimos veinte siglos.

Hay que empezar por el principio, perdonen la redundancia: por crear de una vez el Estado de las naciones europeas, con una hacienda común, unas cámaras cuyas leyes sean respetadas y unos tribunales cuyas sentencias sean cumplidas. Al haber todavía demasiadas diferencias entre los países miembros, puede empezar por un pequeño grupo en torno al eje franco-alemán, al que podrán irse uniendo los demás conforme cumplan las exigencias. Luego, rehacer (un miembro de la última generación diría resetear) la democracia para combatir las lacras que la han minado, dando tanta importancia a los derechos como a los deberes de los ciudadanos, sin preferencia a ninguno. Será posiblemente lo más difícil, pero sin regenerar la democracia, que nació en Grecia, no podrá haber auténtica Europa. De lograrlo, aunque sea sólo en parte, el resto vendrá por añadidura. Existe en Europa todavía suficiente cerebro para continuar a la cabeza del desarrollo mundial y bastantes energías para llevarlo a cabo. Lo que falta es liderato que inspire, ejemplo a seguir y ánimo para llevarlo a cabo. Lo que no podemos seguir es lamentándonos de nuestras desgracias, echándonos las culpas unos a otros y confiando en los nigromantes, que nos ofrecen la salvación en la vuelta a la tribu o en los paraísos que terminan en campos de concentración. Las elecciones en Holanda y, sobre todo, en Francia indican que la etapa del pesimismo, populismo y autoflagelación termina. Hay europeos que creen aún en Europa y están dispuestos a batirse por ella en un escenario mundial que cambia cada día.

¿Qué vamos a hacer los españoles ante ello? ¿Aprovechar la nueva constelación y unirnos al viejo sueño de crear un Estado europeo o seguir peleándonos unos con otros? La derrota sufrida el martes por el antieuropeísta Pablo Iglesias, a manos no solo de Rajoy sino también de la intrépida diputada canaria, Ana Oramas, que en un plis-plas lo puso en su sitio, es un buen augurio. Pero eso tenemos que decidirlo entre todos los españoles, pues aunque Pep Guardiola considere a España un país autoritario, aquí cada cual puede decir lo que quiera, como él mismo ha demostrado.

José María Carrascal, periodista.

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