Al fin, la gripe

Acabo de pasar la gripe. Sé que esto no debería ser noticia. Porque existe una diferencia básica entre lo que es noticia y lo que no lo es. Hace años, en unos estudios de periodismo cultural, el maestro me lo explicó: que un perro muerda a un hombre no es noticia; que un hombre muerda a un perro sí lo es. O sea, que las noticias eran hechos objetivos. O subjetivos, si tenían que ver con los criterios morales, sociales o temporales de los periodistas o los periódicos. Pero, en todo caso, que intentaban, si no decir, sí averiguar la verdad. Y que se hacía prensa para comunicar noticias, en lugar de crear noticias para vender prensa. Pero últimamente nos hemos percatado de que ya no es así. O quizá debería decir: hemos ido transformándonos y la prensa ya no es así.

Hace unos meses, cuando brotaron los primeros casos de la nueva gripe en México, el miedo se extendió por todo el mundo como si fuera una epidemia incontrolable. En Japón no permitían bajarse a los pasajeros de los aviones mexicanos, en Barcelona nos increpaban por colgar banderas mexicanas en el balcón, la vicepresidenta del Gobierno decía por los pasillos que ella no iría de viaje a México y, en Chile, a los jugadores de fútbol de la selección mexicana les llamaban apestados. Las reservas hoteleras en México cayeron, las escuelas del país cerraron y los habitantes de la ciudad pasaron días y días encerrados en sus casas y almacenando provisiones por si las cosas no mejoraban. Tenían miedo y nadie les daba una explicación fiable.
Quizá era cierto que no se sabía aún exactamente lo que estaba sucediendo. Pero nadie asumía la responsabilidad ni la calma, y la prensa se apoderó de la noticia y de la histeria.
Pusieron al mundo bajo una lupa. Y todos estábamos apuntados y asustados.
Fue entonces cuando la nueva gripe fue extendiéndose y dejó de llamarse gripe mexicana (demasiado tarde: México había perdido ya miles de dólares, en un país en el que resulta imprescindible el turismo) y gripe porcina (porque los empresarios del cerdo temieron un descalabro económico), y con el nuevo nombre de gripe A la enfermedad empezó a viajar. Pero las noticias ya nos habían amenazado.
La prensa nos había dicho (¿o debería decir mejor: nos había gritado?) que estábamos ante un ataque casi mortal y empezaron a dar una serie de informaciones confusas que no nos ayudaban en nada y que, además, bien pronto, nos hicieron sospechar que detrás de todo lo que nos decían que era noticia había una especie de complot económico con el que querían recuperarse de la crisis mundial, que algunos pretendían enriquecerse o, simplemente, ganar dinero olvidando nuestro miedo.
Y lo peor de todo es que nadie podía reclamar un poco de moral, de decencia y de responsabilidad. Vimos unas imágenes espantosas y leímos informaciones terribles. Pero, afortunadamente, ¡oh milagro!, alguien inventó una vacuna y nos dijo que no nos preocupáramos. Que nuestros gobiernos comprarían millones de ellas y que habría para todos. Y que sí, claro, morirían algunos habitantes del tercer mundo. Pero que, ojo: ellos mueren más que nosotros.
Y entonces llegó la famosa gripe aquí y el Gobierno nos dijo que estaban preparados para el descontrol que esperaban en los servicios de urgencia, colgaron carteles en las cabinas telefónicas con recomendaciones, se produjeron colas de ancianos que querían inyectarse la nueva vacuna y algunos padres pasaron semanas de angustia por sus hijos.
Desde entonces, una familiar mía ha sido vacunada porque tiene asma, algunos amigos han sido vacunados porque trabajan con niños y otros porque están en el sector médico. O esto es lo que han querido hacernos creer. Porque, en verdad, los médicos nos han dicho que no nos pincháramos, ha cogido fuerza la teoría de la conspiración económica y, a estas alturas, ya nadie se cree nada.
Nuestra salud ha estado en manos de gente a quien no podemos responsabilizar y las autoridades no lo han remediado. Se ha jugado con el miedo de los ciudadanos, se ha ido rebajando el nivel de alarma como quien no quiere la cosa, ha vuelto el turismo a México y poco a poco hemos ido dejando de hablar de la gripe como una amenaza mortal. Pero, mientras tanto, los laboratorios se han enriquecido, los gobiernos han vacunado a miles de ciudadanos (con una irresponsabilidad que resulta difícil de creer) y el dinero ha cambiado de manos mientras millones de personas no sabían ni lo que tenían que hacer ni a quién tenían que recurrir.

Y yo, hoy, estoy a 38°, en la cama, y esto es noticia. Tengo tos desde hace dos semanas, dolor de cuerpo y las anginas inflamadas. Pero he acudido al médico y este me ha dicho: gripe A, unos días en la cama y ya está. Y me he ido a casa sin miedo. Pero lo que no se me ha ido de la cabeza es la indignación ni la pregunta que desde hace meses me estoy haciendo: ¿a quién debemos pedir cuentas de todo esto? ¿Quién es el responsable?

Lolita Bosch, escritora.