Al matadero cultural

Cuand escribo sobre derechos de autor y de cuanto tenga que ver con los problemas de los creadores, traigo a menudo a colación los acontecimientos que comenzaron el Lunes de Pascua de 1916 en Dublín, que ese año cayó en el 24 de abril. Y explico por qué. En aquellos días (conocidos como el «Easter Rising»), unos 1.500 hombres y un puñado de mujeres se alzaron contra Inglaterra para fundar su propio estado libre. Y la misma mañana, en la puerta de la central de Correos, el dirigente político de la revuelta, Pádraig Pearse, leyó la declaración de Independencia. La firmaban siete hombres, de los que tres eran poetas: McDonagh, Plunkett –también dramaturgo– y el propio Pearse; otro, Ceannt, ejercía como profesor de gaélico y era buen gaitero e investigador de música celta; un quinto, Connolly, el jefe militar del alzamiento, trabajaba como periodista satírico y escribía también letras de canciones; el sexto, Clarke, era dueño de una tienda de periódicos y de libros; y el último, Mac Dermott, aunque se ganaba la vida como tranviario, fue gerente del periódico rebelde «Irish Freedom» y participaba en diversas sociedades de defensa de la cultura gaélica. Entre los cientos de dublineses movilizados aquel día contra Inglaterra había numerosos escritores, músicos y profesores. La mayoría manejaban mejor el latín que un rifle. No ha habido en toda la historia humana otra rebelión tan literaria. Y como era de esperar, fue derrotada en pocos días por las tropas inglesas. Los siete firmantes de la declaración de independencia murieron ejecutados en el paredón del patio de la cárcel de Kilmainham. Cinco años después, el premio Nobel William Yeats les dedicó un estremecedor poema, «Pascua 1916», que concluía diciendo: «Una terrible belleza ha nacido».

Aquella derrota, sin embargo, fue algo así como el pistoletazo de salida de la lucha por la independencia, que el país lograría en 1921. Y quizá fuera uno de los motivos del inmenso amor que los hijos de Irlanda profesan a sus artistas y, en particular, a sus escritores. «Los irlandeses siempre fuimos leales a las causas perdidas», decía James Joyce.

Hoy, en las vidrieras de numerosos «pubs» aparecen los rostros de los más famosos autores irlandeses, existe en Dublín un « Museo de los Escritores » y, en muchas viviendas, adornan las paredes sus fotografías. Incluso he visto sus perfiles pintados en las fachadas de algunas casas campesinas. Ese amor irlandés a su literatura y al arte, junto con el recuerdo de aquella «causa perdida», llevó a su Parlamento a votar en 1963 una ley por la que se instituía, para toda obra de creación –ojo, no de interpretación– el impuesto cero. Ningún artista irlandés o residente en Irlanda debe pagar un simple euro por una obra nacida de su imaginación.

Cuento todo esto porque ahora mismo los creadores españoles vemos seriamente amenazadas nuestras capacidades creativas. El Ministerio de Trabajo, a instancias del Gobierno y con el beneplácito de Hacienda, ha puesto en marcha una campaña de confrontación de las declaraciones a Hacienda de los trabajadores autónomos, artistas entre ellos, con el cobro de pensiones de Seguridad Social. Quiere decirse que, si un artista sigue creando al tiempo que cobra una pensión como jubilado, debe renunciar o bien a su pensión o bien al ejercicio de su trabajo artístico si sus beneficios por esta actividad superan el salario mínimo interprofesional. Más aún: aquellos que se encuentren en esa situación deben devolver a la Seguridad Social toda la cantidad cobrada como pensión durante los últimos cuatro años. Resulta irrelevante que hayan cotizado cuatro décadas para consolidar un derecho.

La campaña es aberrante. En primer lugar porque, al recortar a los creadores su derecho a ejercer un oficio para el que se han preparado a lo largo de muchos años, se hurta a la sociedad la transmisión de un enorme capital cultural. De otro lado, los artistas son obligados a pagar para poder crear, cuando la mayoría no pueden vivir sin sus pensiones. Al tiempo, hay algunos colectivos, como los exdiputados, a los que no se aplican estas normas.

Para este expolio, los trabajos artísticos de los creadores que cobran pensión se consideran ahora «habituales», en función de la periodicidad de su producción. Pero ¿desde cuándo es habitual una obra musical o un poemario? Un músico puede producir una obra al mes o cada varios años. Y lo mismo un novelista. La periodicidad del arte no puede medirse ni puede tacharse de «habitual» en base a un criterio de temporalidad.

A Connolly, cuando al inicio de la revuelta irlandesa se dirigía con sus hombres a Correos, un amigo le preguntó: « ¿Adónde vais, Jimmy? » . Y el jefe rebelde respondió: «Derechos al matadero».

Hacia allí nos llevan a los creadores españoles. Y entretanto, se acerca noviembre y el partido en el Gobierno sigue haciendo amigos.

Javier Reverte, escritor.

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