Al Zarqaui, Irak y el terrorismo global

Por Fernando Reinares, investigador principal de terrorismo internacional en el Real Instituto Elcano y catedrático de Ciencia Política en la Universidad Rey Juan Carlos (EL PAÍS, 12/06/06):

Desde la invasión y ocupación de Irak, el terrorismo global ha registrado un importante cambio. A lo largo de los últimos tres años, los grupos y organizaciones relacionados con Al Qaeda han matado muchos más musulmanes que ninguna otra categoría de personas. Esta evolución se debe en buena medida al liderazgo ejercido por Abu Musab al Zarqaui sobre el entramado multinacional de terrorismo yihadista que viene operando en aquel país. Una violencia que se nos presenta como antioccidental y especialmente antiamericana -y es cierto que afecta frecuentemente a ciudadanos e intereses foráneos o de organismos internacionales-, pero en realidad ocasiona la mayoría de sus víctimas entre nativos árabes y kurdos de religión islámica, chiíes al igual que suníes. Algo que no ha dejado de tener consecuencias poco favorables para quienes la practican precisamente en nombre de Alá.

Mediante atentados muy cruentos contra chiíes en Irak, Abu Musab al Zarqaui ha tratado de provocar un estallido generalizado de violencia sectaria y, con ello, condiciones todavía más favorables que las actualmente existentes para el desenvolvimiento de sus redes terroristas.

En una carta que ese prominente yihadista de origen jordano escribió al mismo Osama Bin Laden en enero de 2004 pueden leerse estas más que elocuentes palabras sobre la población iraquí de observancia chií: “Golpear sus símbolos religiosos, políticos y militares hará que muestren su rabia contra los suníes y sostengan su venganza. Si tenemos éxito en arrastrarlos a una guerra sectaria, esto despertará a los somnolientos suníes que son temerosos de la destrucción y la muerte”.

Pero los atentados terroristas perpetrados inicialmente por Monoteísmo y Guerra Santa y luego por la denominada Organización de Al Qaeda para la Yihad en la Tierra de los Dos Ríos, además de por otros grupos influenciados por los planteamientos de Al Zarqaui, han afectado mucho también a suníes kurdos y árabes.

En este caso se trata de inhibir su eventual apoyo a las nuevas autoridades iraquíes, impedir que se incorporen a la nueva administración estatal del país o disuadirles de participar en procesos electorales, por ejemplo. Es decir, de ejercer un férreo control social sobre lo que para los terroristas es su propia población de referencia, inoculando el miedo y penalizando comportamientos que no se correspondan con los dictados desde la insurgencia yihadista.

Esta trayectoria terrorista, que además incluye brutalidades como la decapitación de extranjeros secuestrados, ha suscitado controversia en el mundo islámico, críticas incluso de autoridades religiosas afines al salafismo yihadista, diferencias con otros sectores de la resistencia iraquí y hasta desencuentros con los estrategas de Al Qaeda. Para justificar el asesinato de chiíes en Irak, el fallecido Al Zarqaui reiteraba, de acuerdo con su entendimiento rigorista y excluyente del Corán, que no son musulmanes sino incrédulos. Respecto a las muertes de suníes, nunca admitidas como intencionadas, argumentó a través de una grabación difundida en la primavera de 2005 que “matar infieles por cualquier método, incluyendo el martirio, ha sido santificado incluso si supone matar musulmanes inocentes”, de tal manera que el derramamiento de sangre musulmana “está permitido para evitar el mal mayor de desbaratar la yihad”.

Tras perder el santuario afgano y verse Al Qaeda abocada a una regionalización, Al Zarqaui desempeñó un papel esencial en la articulación de las extensiones de dicha estructura terrorista en un conflicto crítico para la misma como es el iraquí. Sin embargo, el monto de activistas y el número de atentados terroristas atribuibles a Al Qaeda en Irak constituyen una fracción reducida de la insurgencia activa en ese país. Allí no cabe esperar demasiadas novedades a corto plazo, una vez desaparecido el que fuese emir de Al Qaeda en Mesopotamia. Pero éste reubicó una parte de sus efectivos operativos en otros países de Oriente Medio y el Sur de Asia, probablemente también en Europa. Una serie de operaciones policiales pusieron de manifiesto que su urdimbre terrorista disponía de enlaces con España. Es probable que la impronta de Al Zarqaui en el terrorismo global esté aún por ver. Aunque mejor sería no verlo.