Albert Rivera, hacia la felicidad caniche

Viendo cómo Albert Rivera se despedía ayer de Ciudadanos y de la política acabé de entender por qué el partido ha perdido 9 puntos entre las elecciones de abril y las de este noviembre. A ratos, mientras aguantaba por imperativo laboral su discurso aniñado y narciso, examinaba, tan ansiosamente en busca de la felicidad lo veía, la posibilidad de regalarle este párrafo de Cody Delistraty que había leído hace poco en Aeon: «La felicidad, en muchos sentidos, constituye el mayor logro del marketing de la última década, con productos de autoayuda y antiestrés que completan ahora la lista de mayores ventas en Amazon (véanse las “mantas de peso”, los libros de colorear “desestresantes” para adultos o las peonzas de mano), y que hacen compañía a los grandes éxitos escritos por los “blogueros de la felicidad”. Todo esto es posible gracias a una muy novedosa e inquietante versión de “la felicidad” que propugna que debes evitar a toda costa hacerte mala sangre». Viéndole dudaba, en fin, si el que estaba despidiéndose era Rivera o su perrillo Lucas.

Albert Rivera, hacia la felicidad canicheLa analítica fina, y no la meramente sanguínea y oportunista del día después, dirá en qué porcentaje los votos de Ciudadanos fueron a parar a la abstención, a Vox, al Pp o incluso al Psoe. Pero todos esos trenes parten de la misma estación: muchos votantes habían perdido definitivamente la confianza en Rivera. Por lo que decía, no estoy seguro de que lo hubiera entendido plenamente: parecía sorprendido de que con la misma lista y el mismo programa hubiera pasado de 57 a 10. ¡Tanto interés en sí mismo y descartarse como hipótesis! No solo se trataba de sus cambios de opinión estratégicos. La confianza entre candidato y votante no siempre se basa en razones detalladamente descritas y coherentes. La desconfianza es un virus. Aprovecha cualquier inmunodeficiencia repentina y su efecto es devastador. Las ideas son importantes en la política pero tienen un trato diferente al de la vida intelectual. La política son ideas encarnadas. Esto implica la confianza en el que ha de llevarlas a la práctica. La democracia es delegación y la delegación no es un asunto cualquiera, incluso para las mentes más hirsutas. Al compás de los hechos de este año de la basura, muchos votantes de Cs perdieron la confianza en que Rivera pudiera gestionar adecuadamente sus deseos. Visto cómo se estaba yendo pensé que tenían toda la razón.

Quién tendría que confiar en un hombre que apartando sin contemplaciones a las mujeres –a las embarazadas, incluso– y a los niños ha sido el primero en bajarse del barco encallado en la peor tempestad de la vida democrática española y con su partido como damnificado principal. Algunas personas adultas tenemos la inclinación de introducir en la política determinadas épicas a lo Frank Capra y subrayar la necesidad de que nuestra política instagramática respete una mínima gramática moral en la que cuenten el sacrificio, la lealtad o el honor, virtudes viriles en el tiempo previo a que las chicas acapararan todas las virtudes. Pero ni siquiera es necesario acudir a ellas a la hora de juzgar la huida de Rivera hacia la felicidad caniche. Más desmoralizador aún que el bajonazo moral es el técnico. La circunstancia política española es, en efecto, de una gran miseria. Basta con mirar fijamente al presidente del Gobierno. Sin embargo, para los políticos de raza no cabe imaginar paisaje más excitante. Algo parecido sucede con el periodismo. ¿Qué periodista verdadero, aun muerto de hambre, no encuentra en esta convulsión fenomenal motivos para seguir muriendo? Por el contrario, ayer nos enteramos que Albert Rivera quiere volver a la Caixa. Allí de donde lo sacó Teresa Giménez Barbat, según el célebre tango.

Hay otra frase tópica para estos momentos. Los barbudos socialdemócratas la pronunciaban mucho en la noche electoral. ¡Rivera debe asumir su responsabilidad! Y, en efecto, Rivera dijo ayer que asumía su responsabilidad y, asumiéndola, se licuaba. Pasmoso. El error fundamental de Rivera ha sido poco original entre los de su clase. Ha practicado a fondo la desertización. Para saber hasta qué punto baste con decir que algunos temperamentos impetuosos claman porque se aceleren los trámites y asuma el poder la única que está capacitada para hacerlo, la señora Inés Arrimadas. Y lo más extraordinario es que puede que tengan razón. Rivera rehuyó siempre el talento. He llegado a pensar que era algo físico. El último caso fue el de Manuel Valls. Es cierto que Valls aúna a la grandeur francesa la coquetería catalana; pero habría valido la pena tener algo de paciencia, porque pudo ser un hombre utilísimo para el proyecto de Ciudadanos. Y como él, decenas.

Rivera solo supo convivir con burócratas y aprendices: gentes capaces de atender a su carácter algo maníaco –esta pueril obsesión por llegar siempre el último adonde lo esperaban, sobre todo si el Rey tenía que llegar–, dispuestas a retóricas tan sonrojantes como la organización, ayer en la sede, del pasillo fúnebre que precedió a su discurso de evasión. Impresiona que asumir la responsabilidad sea dejar ahora el partido en sus manos. Asumir la responsabilidad habría sido trabajar; reconocer los graves errores tácticos de la última época; invitar a los discrepantes que se fueron a un proceso de reflexión conjunta abierto e integrador y, una vez hecho esto, poner el cargo a disposición de las conclusiones de esa reflexión. Evidentemente se habría tratado de una asunción de responsabilidades laboriosa, profunda, sin brillo, inadecuada al gusto por la política sentimental, chispeante, aquagym del que Ciudadanos ha sido notable y desdichado patrocinador en tantos momentos.

Albert Rivera recordó ayer cómo fue elegido presidente de Ciudadanos no por sus méritos sino por el orden alfabético. Méritos los tuvo. Hasta que la situación le exigió hacer frases más largas con el alfabeto.

Arcadi Espada

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