Alcorcón y el peligro de la xenofobia

Por Juan A. Herrero Brasas, profesor de Ética Social en la Universidad del Estado de California (EL MUNDO, 24/01/06):

De un modo relativamente similar a lo que ocurrió en El Ejido en el año 2000, aunque menos grave, nos encontramos ahora en la Comunidad de Madrid con un brote racista y xenófobo, que si no se sabe sofocar debidamente -y ello exigirá mucha pericia- podría convertirse en germen de mayores problemas.

No hay más que ver los mensajes, algunos de los cuales ha reproducido la prensa, en los que se convoca a esas violentas concentraciones. No dejan lugar a duda del elemento de odio racista y xenófobo que subyace a tales eventos. No vale decir que va dirigido únicamente contra bandas latinas, como los Latin Kings. Los citados mensajes no dejan lugar a duda. Se habla en ellos de «invasión» y de hacer «que vuelvan a su tierra», todo ello mezclado con expresiones profundamente derogatorias y humillantes en las que se confronta lo español frente a lo latino. Se trata de patrones típicos de la retórica racista.

Más allá de cualquier intento de justificación o racionalización de la violencia antilatina en Alcorcón, el hecho de que deliberadamente se proyecte la idea de que lo latino está enfrentado a lo español, es decir, que repentinamente no cuente para nada la responsabilidad de los individuos concretos, sino tan sólo si son latinos o españoles, de los nuestros o del enemigo, es sintomático de racismo. Esto es así con independencia de los conflictos concretos que hayan motivado el suceso, que la pesquisas policiales deberán aclarar.

Es en situaciones como ésta, provocadas por algún incidente puntual, cuando una insignificante minoría de exaltados y extremistas aprovecha para descargar sus iras y su irracionalidad, convirtiéndose instantáneamente en oscuros líderes de una masa de jóvenes y adolescentes fácilmente manipulables y proclives a la algarada. El reto consiste en hacer entender a quienes se ven envueltos en situaciones de este tipo que el valor de una persona está siempre muy por encima de su raza, nacionalidad o cultura. No hará falta probar, por evidente, que no todos los españoles son buenos ni todos son malos. Miles de españoles están en la cárcel, y a otros miles les ofrecemos honores y respeto por sus méritos. Mientras, la inmensa mayoría lucha, con sus pequeños logros y fracasos, por llevar una vida honrada y sentirse apreciado por los demás. Este mismo razonamiento, como todos sabemos, o deberíamos saber, se puede aplicar letra por letra a personas de cualquier nacionalidad. Más aún cuando se trata de personas que están luchando por salir adelante en un país que no es el suyo y tienen que hacer frente a enormes dificultades de todo tipo, difíciles de imaginar para un español, especialmente para uno muy joven, que nunca se ha visto envuelto en similares circunstancias.

Poco a poco -esperemos que lo antes posible-, la tensión irá desapareciendo de las calles de Alcorcón y se impondrá la sensatez. El problema es que, lamentablemente, estos incidentes, si no se curan bien, traen otros males asociados.

Por una parte, hay el peligro de que puedan envalentonar a otros elementos xenófobos que buscan excusas para el estallido de incidentes similares, y que ello, a la larga, pueda generar un clima social problemático. No olvidemos que tanto en los incidentes de El Ejido, como en los -afortunadamente- menos graves de Alcorcón, los medios de comunicación tienden a ofrecer la versión de la parte española, a veces indirectamente, con entrevistas a elementos implicados que aprovechan para lanzar consignas racistas e insultantes o simplemente versiones no puramente veraces de lo ocurrido. Rara vez se tiene acceso imparcial a la versión de la otra parte implicada.

Otra consecuencia negativa es la desproporcionada proyección que suelen tener estos incidentes a escala internacional; en el presente caso, claro está, en Iberoamérica. En una reciente gira por varios países latinoamericanos, me vi sorprendido por una pregunta que se repetía constantemente: si se discriminaba en España a los latinoamericanos. Quienes planteaban esto, mencionaban, entre otras cosas, el término «sudaca», ya en desuso. La pregunta me sorprendió tanto por la frecuencia con que se producía como por lo, a mi modo de ver, injustificado del temor que la motivaba. Intenté dejar claro que en nuestro país no sólo no existe, ni mucho menos, un clima de discriminación, sino que, de todos los grupos de inmigrantes que hay, precisamente los latinoamericanos son los mejor integrados por razón de lengua y cultura.

La cuestión me sorprendió especialmente en Argentina, pues de todos los latinoamericanos, los argentinos son, probablemente, los más completamente integrados y casi indistinguibles, podríamos decir, de los españoles. Que incluso allí se repitiera constantemente tal interrogante apunta claramente a la desproporcionada proyección que tienen tales incidentes y a la inquietud que generan.

Si con la proyección que tienen incidentes como los de Alcorcón se llegara a dar por fundado el temor al racismo en España, otra consecuencia negativa a medio o largo plazo podría ser un freno en el flujo migratorio de iberoamericanos a nuestro país. Esto, que sería un triunfo para racistas y xenófobos, sería algo muy negativo para el conjunto de nuestra sociedad.

Son varias, por tanto, las tareas que se imponen para atajar por completo este tipo de incidentes. Por una parte, un tratamiento policial y judicial de lo ocurrido que ponga el énfasis en una máxima imparcialidad. También, que, en un acto de responsabilidad informativa, se muestre el mismo deseo de imparcialidad en las informaciones que se dan, evitando dar cualquier tipo de publicidad, directa o indirecta, a las proclamas racistas y xenófobas. Se debe poner en todo caso el acento en el conflicto particular y en las personas concretas que lo han causado, con nombres y apellidos, evitando a toda costa las generalizaciones.

Tras los incidentes del 11-M, en que estuvo implicado un buen número de marroquíes, los españoles dimos un magnífico ejemplo de madurez. Contrariamente a lo que algunos se temían, no se produjeron brotes de violencia hacia el numeroso colectivo marroquí en España. Acostumbrados al terrorismo de ETA, todos entendieron que tan absurdo como juzgar a todos los vascos por lo que hace ETA habría sido juzgar a todos los marroquíes que viven aquí por lo que hizo un corpúsculo de fanáticos.

Mucho más fácil es entender ahora que los incidentes individuales que hayan servido de chispa para los altercados de Alcorcón no son justificación para generalizaciones racistas. Si fue una pandilla organizada -Latin Kings o quienes sean- la causante de los disturbios, habrán de ser juzgados sus integrantes, en cuanto que participantes en los hechos, nada más. Y eso nada tiene que ver con que sean españoles o latinoamericanos. También los españoles que hayan instigado a la violencia -y, por los mensaje que se han hecho públicos, cabe poca duda de que algunos hay- deberán responder ante la Justicia por ello.

No deja de ser curioso el extraordinario contraste entre las intensas expresiones, tanto oficiales como populares, de solidaridad con los latinoamericanos víctimas del reciente atentado de ETA y los lamentables incidentes de Alcorcón. El clima de opinión que reina en España es, más allá de cualquier duda, el reflejado en el primero de los casos. Lo segundo no es más que un enfrentamiento entre grupos, o quizás pandillas organizadas, que se inscribe en la dinámica habitual del mundo nocturno de copas y discotecas. No es representativo del sentir español hacia los latinoamericanos.