Aldous Huxley, el imperialismo y el terrorismo

Augusto Zamora es profesor de Derecho Internacional Público y Relaciones Internacionales en la Universidad Autónoma de Madrid (EL MUNDO, 08/05/04)

A finales de 1945, Aldous Huxley publicó un breve ensayo titulado Science, Liberty and Peace, en el que abordaba los efectos del desarrollo científico en la construcción de nuevos armamentos y las consecuencias que tendría para la paz y los pueblos. En ese entonces, sólo EEUU poseía la bomba atómica y no habían comenzado la guerra fría, los procesos de descolonización y neocolonización ni la revolución informática, fenómenos que marcarán las décadas siguientes. Huxley, impresionado por el poder destructivo alcanzado por las armas durante la II Guerra Mundial y por la concentración de poder en una minoría, creía que la ciencia “al proporcionar a la oligarquía gobernante instrumentos más eficaces de coerción, ha contribuido directamente a concentrar el poder en manos de unos pocos”. Por ello, afirmaba, “nunca tantos han estado a merced de tan pocos”.

La reflexión la extendía al ámbito internacional, alertando contra el nacionalismo de los Estados, que “lleva a la ruina moral porque niega la existencia de la universalidad y porque… estimula la vanidad, el orgullo y la propia satisfacción, alienta el odio y proclama la necesidad y la justicia de la guerra”. La existencia de poderosos armamentos, continuaba, “constituye para sus poseedores una permanente tentación de recurrir a la violencia” y, cuando la guerra se prepara con todos los recursos de la ciencia, “las tentaciones a la agresión… a la realización de un destino manifiesto… se convierte en un imperativo categórico, un mandato divino de ir a la guerra para mayor gloria de la nación-dios”. Tales armamentos, “tomados en conjunto, constituyen una poderosa tentación para desconocer las reglas tradicionales de la guerra y aplastar enteras a poblaciones civiles y sus edificios”.”La mentalidad colectiva de las naciones -afirmaba- es la de un muchacho delincuente de catorce años […] Tan pronto como entran en juego grandes intereses económicos o el prestigio nacional, el adulto Jeckill se retira y ocupa su lugar un adolescente Hyde”, quien, seguía diciendo, “siente el impulso de hacer uso de nuevos poderes que la ciencia pueda proporcionarle para conquistar el dominio del mundo para su pandilla particular”.

La suma de concentración de poder y de ciencia y tecnología dejaba a los pueblos desamparados, pues, recordaba Huxley, en las revoluciones de 1848, “la escopeta de caza podía oponerse a los fusiles de la soldadesca y una barricada hecha de carros volcados… era protección suficiente contra la caballería y los cañones de cargar por la boca. Hoy, después de un siglo de adelantos científicos y técnicos, las masas populares no tienen a su alcance armas comparables a las que poseen los arsenales de las minorías gobernantes”. Ante ese panorama desolador, Huxley, inspirado en la lucha del Mahatma Gandhi en la India, afirmó que “la única esperanza de las revoluciones futuras reside en la satyagraha, o acción directa no violenta”. “El mal no tiene más remedio que la abnegación personal”, decía, situando la voluntad de las personas de resistir en el centro de la lucha contra la opresión.

Sorprende siempre la lucidez del autor de El Mundo Feliz, pues siendo un ensayo escrito hace casi sesenta años, sus palabras describen con precisión sobrecogedora la situación que vive el mundo hoy, provocada por la sensación de omnipotencia que genera en EEUU la posesión de un poder militar inmenso. Un poder acrecentado continuamente por la revolución científico-técnica y alimentado con presupuestos multimillonarios, provocando un delirio armamentista en el que sustentar la supremacía militar mundial. Las armas de las que hablaba Huxley -aviones, tanques, lanzallamas- parecen hoy casi de juguete, comparadas con los actuales ingenios atómicos, los misiles inteligentes o la vasta gama de armas tecnológicas, coordinadas por redes de satélites militares que pueden identificar un objetivo desde miles de kilómetros de altura para convertirlo en desecho. Un panorama muchísimo peor al previsto por el escritor y que habría, de seguro, aumentado su pesimismo sobre el destino de la humanidad, pues los dueños de las armas pueden arrasar pueblos y destruir países sin apenas sufrir bajas y casi desde el salón de su casa.

Huxley se habría sentido tristemente satisfecho por haber acertado en una parte esencial de sus previsiones -el delirante imperialismo militarista que sufrimos hoy- aunque lamentaría hondamente haber errado en los medios de resistencia a la opresión que ese imperialismo pretende imponer. Una forma de resistencia que ha encontrado expresión, no en la rebeldía pacífica gandhiana, sino en un atroz medio que combina dos sentimientos antagónicos, uno tremendamente vital, como es la voluntad de no someterse al opresor, y otro destructivo y destructor, como es la violencia terrorista, que golpea al adversario no actuando contra sus soldados, sino matando a ciudadanos ajenos a la guerra, llegando al extremo de sacrificar la propia vida en un único acto de resistencia, los hombre-bomba.

Ni el terrorismo ni la rebeldía son privativos de nuestro tiempo. La Inquisición hizo del terror una política y en Numancia la voluntad de ser libres les llevó a inmolarse. Pero Huxley se refería a la opresión ejercida por una minoría merced al poder destructor de su armamento y a mayorías avasalladas y carentes de armas con las que resistir a sus opresores con posibilidades de éxito. Algo que tampoco era nuevo, pues colonialismo e imperialismo prosperaron desde una enorme asimetría de poder y, por ello, el terrorismo moderno, que nace en el siglo XIX, surge vinculado a la lucha anticolonialista y antiimperialista, como forma de hostigar a unas metrópolis imposibles de vencer por medios convencionales.

Al terror recurrió el movimiento feniano irlandés después de 1848 para combatir la dominación británica, luego del fracaso de las rebeliones populares. Al terror recurrió el Mau Mau en Kenia, entre 1951 y 1960, para combatir la dominación inglesa, y lo mismo hizo en Argelia el FLN contra Francia. Cuando la ONU legitimó la lucha anticolonialista, el terrorismo desapareció, dando paso a guerras de guerrillas organizadas por los movimientos de liberación nacional. El terror cambió de bando y fueron los países colonialistas quienes recurrieron a él, en un intento vano de detener la descolonización y para impedir el triunfo de movimientos de izquierda. Larga es la lista de dirigentes del Tercer Mundo asesinados, de Patricio Lumumba en el Congo, a Tomás Sankara en Burkina Faso. Con la guerra fría, el terrorismo de estado se hizo política imperial (y allí sigue), organizando matanzas terribles como la de Indonesia en 1965 (600.000 asesinados) o Guatemala (200.000), sin olvidar los crímenes brutales de las dictaduras neofascistas en tantos países del mundo.

El terror en sus formas más crudas ha encontrado en Palestina un campo propicio, dada la crueldad con que los israelíes intentan quebrar la resistencia de los palestinos. Ello no debe sorprender, pues Israel constituye el súmmum de la situación planteada por Huxley, con la diferencia indicada en la forma de resistencia. Como afirmara el asesinado jeque Yasín, Israel tiene un ejército poderoso mientras los palestinos sólo tienen sus cuerpos. Ese cuerpo es el que inmolan para expresar su voluntad personal de resistir la opresión israelí.

A ajustar el tema ayuda J. W. Burton, quien recogió, en 1965, que “la agresividad no es un factor primario, sino la consecuencia de la carencia de procesos alternativos de cambio”. Burton conecta con Huxley pues ambos coinciden en considerar la opresión como causa esencial de violencia, pues al impedir cambios e imponer situaciones odiosas, no deja otra alternativa que la lucha, pacífica para Huxley, violenta en la realidad de Burton.

Hay una relación fácilmente demostrable entre colonialismo e imperialismo (desde esta perspectiva, ETA es una aberración, pues no surge de ninguna realidad colonial o imperial) y terrorismo, como lo corroboraran los hechos. En los países bajo dominación colonial (Irlanda, Argelia, Kenia) fue un medio de obligar a la potencia imperial que rehusaba hacerlo, a aceptar la descolonización. Una vez alcanzada la independencia, el terrorismo desaparecía. EEUU ha recurrido abundantemente al terrorismo como forma de aplastar a gobiernos y movimientos de izquierda, e incluso fue condenado por la Corte Internacional de Justicia en 1986, por practicarlo contra Nicaragua en los años 80.

Otro aspecto a recalcar es el impacto de la desaparición de la Unión Soviética en el ámbito de la lucha antiimperialista. Después de la II Guerra Mundial, la URSS dio apoyo político, ideológico y material a una gama amplia de fuerzas en el Tercer Mundo, lo que mantuvo viva la esperanza de lograr cambios y alcanzar objetivos por medios de lucha aceptados internacionalmente. En Cuba, Vietnam o Angola fue actor esencial para impedir que las potencias occidentales destruyeran la independencia de esos países. Al desaparecer la URSS, desapareció el contrapoder a Occidente y con él la esperanza de lograr objetivos tenidos como esenciales. No es casualidad que el terrorismo se haya disparado desde 1991, año de desaparición de la URSS, y que haya sustituido en muchos sitios a los movimientos guerrilleros, de liberación nacional y de resistencia política. En Oriente Medio, el terrorismo ha crecido con cada derrota árabe a manos de Israel y ha aumentado en ciertas regiones del mundo tras las guerras de agresión contra Yugoslavia, Afganistán e Iraq.

El escenario visto tan tempranamente por Huxley tiene hoy una vigencia extrema. Regiones enteras del mundo han despertado bruscamente a la realidad de su indefensión, reproduciéndose en su territorio la situación entre Israel y Palestina. Al sentimiento de impotencia se le unen los de humillación y desamparo, pues ningún país en el mundo ha llenado el vacío dejado por la URSS. El terrorismo sería una consecuencia y una respuesta al militarismo imperialista del presente, desde países y regiones donde capas relevantes de población no encuentran otra forma de enfrentar al poder que les avasalla. La respuesta es brutal y criminal, pero no menos brutal y criminal que las políticas asumidas por EEUU y sus aliados, que han utilizado su inmenso poder militar para destruir pueblos y ocupar países, haciendo pedazos el frágil orden internacional construido durante 50 años.

Ante el reto del terrorismo, Europa ha reaccionado con dureza y EEUU ha hecho de él una cruzada y un pretexto para apuntalar su afán de dominio mundial. La tentación del Estado policial ha resurgido con furor, como ocurrió después de la revolución bolchevique. Algo también previsto por Huxley, pues, dice en su ensayo, “si se diera a elegir entre la libertad y la seguridad, la mayoría elegiría sin vacilación la seguridad”. Ahí se esconde la trampa. Es obvio que los Estados tienen un derecho inmanente a protegerse ellos y su población; pero la solución no está en construir Estados policiales, sino en promover la justicia, fortalecer el derecho y trabajar para construir una sociedad internacional menos injusta y violenta. No pasa por invadir de países, aprobar leyes patrióticas o crear miles de Guantánamos, sino dar a los pueblos humillados y oprimidos su lugar y su dignidad.

El tema no es insustancial. Si Occidente sólo asume del terrorismo los aspectos represivos, podría caer en la israelización de la política mundial, con la OTAN desplegando tropas y matando dirigentes terroristas por el mundo y con capas crecientes de población respondiendo con la multiplicación del terror. Si, en cambio, se asume que el terrorismo es producto del imperialismo militarista, la solución pasa por demoler tal imperialismo y darle una oportunidad a la humanidad. Ese sería el reto de Europa y de la ONU, que tienen en Iraq su campo de prueba. Decía Hannah Arendt que “probablemente el odio no haya faltado nunca en el mundo”. Estos son momentos de decidir si seguir fomentándolo o de buscarle remedio. Según la opción que se adopte así serán las políticas y los resultados. Por lo pronto, la decisión del presidente Rodríguez Zapatero de retirar las tropas españolas de Iraq alumbra vías de esperanza. El miedo a EEUU se está perdiendo y eso es una gran noticia.