Alejarse es darse una pausa

Los sucesos del 1-O, qué duda cabe, han contribuido a un cierto alejamiento de muchas personas que viven en Catalunya respecto al vínculo que hasta entonces mantenían con lo que para cada uno significa España. Esto lo observamos en gente diversa, en cuanto a edades, procedencia o afinidad política.

La violencia vivida, por muchos directamente y por otros compartida en las redes sociales, los medios de comunicación o los amigos, ha supuesto la emergencia de un acontecimiento que podemos calificar de traumático. El psicoanalista Jacques Lacan jugaba con la palabra ‘troumatisme’ (traumatismo en francés) para señalar el ‘trou’ (agujero) que produce el trauma. Agujero de sentido, un vacío de saber que tratamos enseguida de llenar para aliviarnos y restaurar algo de la realidad. Lo vimos, precisamente en Barcelona unas semanas antes, cuando la furgoneta irrumpió en la Rambla acabando con la vida de una decena larga de personas y dejando un centenar de heridos.

Enseguida, tuvimos que rodear ese agujero de flores y palabras para soportar el vacío de esas vidas segadas brutalmente. Luego nos esforzamos, sin demasiados resultados por el momento, para entender el desgarro que eso produjo, especialmente en los lugares de procedencia de esos muchachos, algunos estimados por sus vecinos.

El 1-O no es equiparable, por supuesto, ni por su significación social y política ni por su magnitud e impacto. Pero hay también aquí un desgarro que no por previsible parcialmente, es menos doloroso. Las palabras, discrepantes e incluso duras en ocasiones, dieron paso a la violencia y vimos los cuerpos caídos, golpeados y lastimados. Sin que ningún sentido pudiera explicar esa desproporción. Ni la orden judicial ni el antagonismo político ni el ejercicio policial, que siempre implica cierta coacción.

Allí hubo un exceso que nos conmovió a todos y que, para cada uno, tocó algo de su sentimiento más íntimo, sea la tristeza, la rabia, la indignación, el miedo. Ese exceso, cuyas imágenes y testimonios vimos repetidos a lo largo del día, fue interpretado por una gran mayoría como un acto de crueldad innecesaria. Las consecuencias remitieron de inmediato a las intenciones supuestas a los que decidieron esa actuación, mucho más que a los que ejecutaron la orden.

Se hizo evidente el rechazo y el odio en esas escenas donde los cuerpos eran evacuados sin contemplaciones. Esa brutalidad generó como respuesta un rechazo hacia los responsables y dio pie a multitud de protestas y denuncias, pero también a iniciativas para restaurar algo de ese tejido social desgarrado, no solo con lo que está más allá de Catalunya sino también con el desgarro interior.

Hablar de desconexión emocional con España, dando consistencia a esa frontera imaginaria ente España y Catalunya, no parece la mejor manera de restablecer la convivencia. Los responsables del 1-O no son los españoles ni España sino, en todo caso, los políticos que no han encontrado otras vías para abordar el conflicto. Repetir ese mantra es cerrar las vías para entender las razones del otro y producir lo nuevo, aquello que está por venir y que responde al deseo mayoritario de vivir en paz.

Un distanciamiento no es una ruptura, es un alejamiento a veces necesario para tomar una nueva perspectiva del asunto. Permite darse un tiempo para comprender algo de lo que está sucediendo y de la posición de cada uno. Es una buena oportunidad para hacerse la pregunta de lo que cada uno quiere con el otro, como cuando en una pareja hay un tiempo de pausa. Pero para que ese tiempo no concluya demasiado precipitadamente y pueda, entonces sí, producir una verdadera desconexión hay que bajar el ruido, soportar un cierto silencio para escuchar las razones del otro sin acallarlas con reproches o acusaciones morales (traidores, cómplices, desleales).

Los clásicos distinguían entre dos formas de silencio, el ‘taceo’ que es callar para proteger tus intereses y el ‘sileo’ que es callar cuando hay algo que no se puede decir. La cobardía suele recurrir al taceo, pero debemos aceptar que a veces hay silencios que conviene respetar porque responden a temores fundados, a dudas legítimas o simplemente a que no todo se puede decir cuando el sentido falta.

Démonos todos, pues, un tiempo para pensar y comprender qué nos jugamos, colectiva e individualmente, en este envite. Lo nuevo ya no será igual que antes, pero eso no tiene porque ser un problema. Renovar los vínculos es siempre la ocasión de inventar nuevos lazos más satisfactorios.

José Ramon Ubieto, profesor de psicología de la UOC.

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