Alejo, Cayetana y Ayuso en el reino de LilliPPut

Jonathan Swift, irlandés y uno de los grandes escritores en lengua inglesa del siglo XVIII, escribió la que se considera su obra maestra, Los viajes de Gulliver, no sólo como una sátira a los libros de viajes a islas desiertas que proliferaron a lo largo de ese siglo, sino como una crítica mordaz de la naturaleza humana. Ahora se suele leer en versiones infantiles, aunque en realidad se trata de un profundo y entretenido tratado político.

Gulliver no está solo como Robinson Crusoe, luchando contra piratas y el caos, sino que llega después de un naufragio a una isla, Lilliput, regida por una monarquía fuertemente organizada y jerarquizada. Después de diversas vicisitudes, se gana el favor del rey y le ayuda a vencer a los belfuscuenses, habitantes del reino de Belfuscu de la isla vecina.

Pero enseguida surgen los recelos entre los consejeros del rey de los liliputienses, pues Gulliver se ha negado a capturar toda la armada enemiga y sólo lo ha hecho con aquellas naves que participaron en la batalla, argumentando que, si dejaba a los belfuscuenses sin barcos, además de dejarles sin honra, les imposibilitaría defenderse de otros ataques exteriores.

Los partidos políticos, al menos los españoles, se parecen hoy bastante al reino de Lilliput. Están gobernados por hombres pequeños liderados por un pequeño rey que ostenta el poder. Es el candidato a las elecciones. De vez en cuando aparece un Gulliver y los liliputienses tienen que atarlo fuertemente porque no se fían de sus intenciones. Tal es la diferencia de estatura entre unos y otro.

El pueblo sin embargo lo aclama porque ve en él su seguridad. Y el rey, al final, se inclina por incorporarlo a su lado, pues se da cuenta de su enorme potencial para ganarle batallas electorales al enemigo. La estatura de Gulliver es tal que, en su fuero interno, él no ve a los que destacan, sean o no de su partido, como enemigos. A lo sumo, los ve como adversarios.

Pero los asesores del pequeño rey de Lilliput le advierten del peligro que supone tener a tamaño personaje entre sus filas, y le aconsejan liquidarlo. Gulliver tiene que salir pitando de la isla y refugiarse en la otra, donde le ayudan a calafatear una barca de su tamaño y, de ese modo, regresar a Inglaterra al lado de su familia.

La primera vez que me di cuenta de cómo funcionaba un partido político y lo mal que soportaban sus dirigentes las opiniones propias fue en el PP de Cataluña cuando lo presidía Alejo Vidal-Quadras, el primer Gulliver que tuvo que enfrentarse a los liliputienses.

Jordi Pujol, que entonces pretendía gobernar a su antojo una Cataluña convertida en ínsula Barataria, no lo podía soportar. José María Aznar, para ser sinceros, tampoco. Era un verso demasiado suelto para un partido que quería gobernar España sin voces discrepantes. Había que entregar al nacionalismo catalán lo que pidiera para conseguir sus preciados votos. O sea, la retirada de la Guardia Civil y su sustitución por los Mossos, los puertos, el control penitenciario y unas cuantas cosas más.

Alejo fue decapitado y enviado primero a FAES y luego a Europa. Lejos, donde menos incordiase. En su lugar, los hermanos Fernández y su sequito de liliputienses se hicieron con el control del partido catalán y así se fue tirando hasta prácticamente desaparecer del escenario político.

Con el tiempo y pasados los años, apareció por Cataluña una Gulliver femenina. Cayetana Álvarez de Toledo ya había apuntado maneras durante el reinado liliputiense de Rajoy. Pero, al no poder soportar la parvedad del ambiente, se retiró de la escena.

Pero al hacerse Pablo Casado con el cotarro del Lilliput popular, este la llamó, le dijo que él no era como los de antes y que quería que fuese en el futuro su portavoz parlamentario y su cabeza de lista por Barcelona.

Excepto Alejandro Fernández, todos los liliputienses del partido pusieron el grito en el cielo. Demasiadas ideas propias bullían en la cabecita de esta señora, nada menos que venida de Argentina y con el título de marquesa. Las elecciones no fueron un éxito. Pero Cayetana, como se le había prometido, se convirtió en la portavoz del Grupo Popular en el Congreso de los Diputados.

Duró poco. Un miniCascos, tan encantador como Teo el de los dibujos, se dedicó a ponerle zancadillas una detrás de otra hasta que la hicieron tropezar y caer derribada, quedándole el consuelo de escribir un libro que es todo un tratado del funcionamiento… mejor dicho, del mal funcionamiento de los partidos políticos. Además del gustazo de haberle dado con el marquesado en las narices al hijo del frapero, que de esa quedó noqueado y apartado de la escena política.

La tercera en llegar al reino de Lilliput, después del consabido naufragio de Cristina Cifuentes, su antecesora, nadando como pudo y arrastrada por una ola, fue otra Gulliver, Isabel Díaz Ayuso, aunque esta con sus características propias.

Con Ayuso, de momento, quienes gobiernan el reino de Lilliput popular no han podido. Son demasiados los pequeños habitantes que están encantados con ella y que no están dispuestos a apearla de su pedestal. Ahí fue puesta, entre todos la elegimos, y ahí se queda.

Pero no lo tiene fácil. El jefe del PP no la quiere, su miniCascos quiere descabezarla y un día sí y otro también nuestra Gulliver tiene que andar con cuidado para no pisar a estos pequeños personajillos que pululan por la casa popular antes de que, como gran remedio a todos sus males, decida por fin cambiar de sede.

Lo que está claro es que un partido político no está hecho para la estatura de los Gulliver. Son demasiado visibles, sobresalen sobre el resto y al final hay que descabezarlos para que todo quede en su mediana proporción. Esa proporción que hace que un partido se parezca más a un rebaño de ovejas que a un conjunto de ciudadanos libres e iguales con ideas propias.

Jorge Trias Sagnier es abogado y escritor. Fue diputado del PP entre 1996 y 2000.

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