Alemania destroza tres lugares comunes de la política española

Los resultados de las elecciones alemanas del pasado domingo se ajustan a los pronósticos: victoria insuficiente de la socialdemocracia del SPD, derrota dulce de los conservadores de la CDU, muy buenos resultados de Verdes y liberales del FDP y retrocesos claros de los extremos, tanto a la izquierda (Die Linke) como a la derecha (AfD). La suma de los dos grandes partidos (socialdemócratas y conservadores) cae al 50%, mucho menos porcentaje de lo que solían, pero reciben sus votos dos fuerzas moderadas, Verdes y liberales, de forma que los partidos que representan políticas europeístas, pragmáticas y constructivas crecen en su conjunto: reciben el 76% de los votos frente al 73% anterior.

Hay varias fórmulas de Gobierno posibles en las que, a priori, liberales y Verdes son fundamentales para conformar mayorías, tanto con el líder socialdemócrata, Olaf Scholz, que parece más probable en este instante, como con el sucesor de Angela Merkel, Armin Laschet. La buena noticia, para Alemania y para Europa, es que el centro gana y los populistas pierden y así, cualquiera de las posibles combinaciones ofrece tranquilidad y confianza, sobre todo en política económica.

Mientras atravesamos este periodo en el que nos familiarizaremos con las fórmulas de coalición basadas en colores y banderas, y viviremos la lenta despedida de Merkel, estos resultados (como los de las europeas) arrojan una luz sobre España que nos puede ayudar a salir de nuestros laberintos. En particular, estos resultados desmienten tres lugares comunes del análisis político en nuestro país.

Primer lugar común: "La gran coalición es mortal para el socialismo". En España se daba por hecho que si, para evitar caer en una lógica de deuda permanente con los separatistas, el PSOE gobernaba con el PP o incluso apoyaba una investidura, firmaría su sentencia de muerte. Esa fue la justificación del malhadado "no es no" de Pedro Sánchez, cuando se negó a abstenerse en la investidura de Rajoy. Los políticos y tertulianos justificaban esta apuesta aduciendo que sería la muerte del socialismo, como, supuestamente, demostraba Alemania: el SPD se hundía con la grosse koalition; participar en políticas de austeridad y estabilidad fiscal condenaría al infierno eterno a los socialdemócratas, que deben huir siempre del pactismo y del centrismo como del diablo.

La realidad desmiente este tópico inevitable de nuestra vida política. Con un buen candidato como Olaf Scholz, que ha sido vicecanciller y ministro de Finanzas con Angela Merkel, con una imagen de confianza y estabilidad y una buena campaña no hay hundimiento que valga. Los votantes son capaces de entender que un partido, en un momento dado, tome decisiones de ese tipo si se explican y se justifican por el interés general.

Segundo lugar común: para Sánchez, lo mejor es que haya en Alemania un canciller socialdemócrata. Esto no es exactamente así. Recordemos, en primer lugar, lo que el presidente Felipe González ha repetido en numerosas ocasiones sobre el consejo que le dio su amigo Olof Palme, el primer ministro de Suecia asesinado en 1986: todo Gobierno es una coalición entre la persona que ocupa la cartera de Hacienda y el resto del gabinete. En caso de enfrentamiento -le decía Palme a González-dale siempre la razón a Hacienda.

El ministro de Hacienda, o de Finanzas, va a tener, como ha ocurrido siempre, mucho peso en el futuro Gobierno alemán. No sabemos aún quién va a ser, porque es una pieza central en las negociaciones, y recordemos que tanto Verdes como liberales lo quieren.

Si el Gobierno resultante estuviese presidido por el Partido Socialdemócrata, el ministro de Finanzas sería casi con seguridad el líder liberal Christian Lindner, que lo ha reclamado sin rodeos y que es uno de los triunfadores de la jornada. En ese caso, Lindner puede ser más exigente que el anterior ministro, el candidato socialdemócrata Olaf Scholtz, precisamente por estar en una coalición de centroizquierda. Tendría, en consecuencia, que demostrar que es exigente en el cumplimiento de las reglas de deuda y déficit. Y podría empujar para que Europa adoptara una política económica centrada en las reformas y la estabilidad presupuestaria, es decir, la antítesis de la política económica del Gobierno de Pedro Sánchez.

Tercer lugar común. El crecimiento del populismo es hoy inevitable, y aún más con coaliciones desde el centro porque se les deja a los populistas la tarea de oposición. La realidad es que estas elecciones alemanas han registrado un gran triunfo de fuerzas moderadas y proeuropeístas, como los sociademócratas, los conservadores, los Verdes y los liberales. La realidad es que ha habido una derrota sin paliativos de las fuerzas populistas y ultras, Die Linke (aliados de Podemos/PCE) a la extrema izquierda, que entran por carambola pese a no lograr el 5%, y la AfD (aliados de Vox) a la extrema derecha.

El populismo no es inevitable. Cuando los gobiernos son eficaces y eficientes, resuelven los problemas de los ciudadanos en vez de desviar la atención a polémicas absurdas de enfrentamiento, los votantes reaccionan con gratitud y tranquilidad. No se echan en brazos del populismo.

No todo son buenas noticias. Un riesgo de este resultado es laduración de las negociaciones, que se anticipan largas y difíciles y podrían poner en riesgo la presidencia europea de Francia. Macron tiene grandes planes para esta presidencia que comienza el 1 de enero. Si no hubiera Gobierno en Alemania, no hay posible avance ni en la reforma de las reglas de estabilidad presupuestaria, ni en Unión Económica, ni en migración.

Echar mano de los tópicos y lugares comunes para tomar decisiones es mala práctica: el liderazgo es tomar decisiones difíciles, caminar delante de los ciudadanos, no a remolque. En nuestra vida política se instalan mantras y lugares comunes muy dañinos, particularmente cuando se repiten hasta la saciedad sin que nadie los cuestione. No les tengo que recordar las nefastas consecuencias de otro mantra: que los LibDems murieron por ser socios junior de su coalición (también falso, murieron por traicionar a los votantes jóvenes y universitarios que eran sus votantes principales).

Y la realidad, no el mantra, es que Europa (el Parlamento Europeo, el Gobierno de Italia, Francia, Holanda, Alemania) funciona desde el centro. Solo en España domina la cultura política de la tierra quemada, el populismo y el enfrentamiento, de denostar los grandes logros de la concordia y el entendimiento. Vistos los errores de los tópicos que sustentan la división, ¿es imposible que los principales partidos entiendan que ser rehenes de los extremos compromete la esencia de lo que son y condiciona negativamente su labor? ¿Es inevitable que mantengamos la polarización como motor, en lugar de los acuerdos para poner en marcha o completar las reformas políticas y económicas que necesita España? ¿No necesitamos afrontar la etapa de crisis en la que estamos con una visión de unión de la amplísima mayoría centrada, en vez de someternos al diktat de los que, como ellos mismos confiesan en su "cuanto peor, mejor" nos quieren llevar al desastre? Todos aquellos que temen, desde la izquierda y la derecha, las fórmulas de gran coalición desde el centro, que, sí, obligan a ceder posiciones y maximalismos, pero que logran marginar a las fuerzas extremistas, populistas o secesionistas, deberían reflexionar sobre los resultados alemanes. Cabe la posibilidad de que España y los españoles salieran ganando.

A día de hoy parece imposible. Pero no lo es: España podría salir de la trinchera que ata al PSOE a Podemos y separatistas y al PP a Vox. En Alemania se ha demostrado que derecha e izquierda pueden pactar sin perder el liderazgo de sus bloques electorales en favor de los extremos. El PP y el PSOE tienen una senda alternativa a la polarización en la que están enterrando el futuro de nuestro país.

Luis Garicano es jefe de la delegación de Ciudadanos en el Parlamento europeo, es vicepresidente y portavoz económico de Renew Europe.

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