¿Alerta antifascista?

La campaña electoral madrileña está pivotando sobre los mismos ejes que las elecciones andaluzas, cuando Pablo Iglesias proclamó la alerta antifascista tras la entrada de Vox en el Parlamento andaluz.

Qué duda cabe que las amenazas que hemos conocido son más que graves. Y nauseabunda la condena general a todas las violencias, que tiene derechos de autor en España. El mundo filoetarra patentó semejante fórmula hueca para evitar la condena directa sin matices ni peros.

Que no sea la primera vez que llegan amenazas con balas, o que hayamos normalizado una jerga agresiva más propia del lodazal que de la política adulta, no le quita gravedad al asunto.

¿Se puede inferir de lo anterior que tenga sentido (más allá de una estrategia electoral) la alerta antifascista?

Veamos por qué no.

No se trata de quitar hierro al infame señalamiento de los menores no acompañados o a determinada jerga populista e identitaria como la del anuncio de Vox. Claro que ese cartel es deplorable. Participa de la explotación demagógica, sentimental y agresiva del fenómeno de la inmigración, deformando la realidad y señalando a quienes no tienen culpa de nada.

Es obvio que el falso patriotismo esencialista, que pretende filtrar la ciudadanía a través de los orígenes, el burdo señalamiento a los virus chinos y la admonición al combate desde los genes españoles conforman una retórica de baratillo, tan hueca como chusca.

Sin embargo, esa es la mera superficie.

Y lo es porque el fascismo, al que por cierto no se venció con empatía, sonrisas o identidades interseccionales, sino con una guerra mundial, no es nada hoy en España.

Lo que se atisba en el horizonte es otra cosa: el aprovechamiento populista de la descomposición social que sufrimos.

En España, millones de personas se encuentran sin trabajo. Es una lacra que lastra horizontes y destroza expectativas. Entre los que trabajan, abunda la precariedad laboral. La pobreza es la realidad material de muchos conciudadanos. Se estilan contratos tramposos, con una temporalidad sin causa y en fraude de ley.

Y eso quien tiene la suerte de disfrutar de un contrato laboral. Porque los hay que se ven obligados a suscribir un contrato mercantil y darse de alta como autónomos, aunque dependan de su empleador.

También hay quien suscribe un contrato de prácticas para que le puedan pagar un sueldo de miseria, pero desempeña funciones laborales completamente ajenas a lo formativo. Hay barra libre de subcontrataciones, incluso de la propia actividad, repletas de trampas y condiciones lacerantes para el trabajador.

Muchos de los que trabajan en nuestro país desconocen lo que es un convenio colectivo y han asumido que la explotación más absoluta es mejor que la lucha por sus derechos.

Nuestro modelo productivo desindustrializado es enormemente endeble. Como se vio al estallar la pandemia, nuestra industria cada vez pinta menos en la economía española. La dependencia productiva de los países de nuestro entorno es abrumadora.

A caballo entre la década de los 80 y los 90 se privatizaron numerosas empresas públicas sin atender a criterios de productividad y rentabilidad, sino a dinámicas puramente ideológicas.

Eran los tiempos de la convergencia europea y de Maastricht, y luego los de la entrada en el euro y la sumisa reverencia a mantras ideológicos como los del déficit cero. El Estado debía desempeñar un papel crecientemente testimonial en la economía: no producir, no regular, no redistribuir.

Es absolutamente insostenible la estrategia de patada hacia adelante con el turismo y la hostelería. El sector terciario es muy importante en nuestro PIB, pero de escasa productividad y salarios ínfimos, enormemente ligados al reducido tamaño de nuestras empresas. En la división internacional del trabajo, la posición de España dista mucho de ser privilegiada.

El escudo social ha sido un fracaso. Celebro lógicamente la subida del SMI por el reiterado maltrato salarial de tantos trabajadores, sostenido con las sucesivas reformas laborales que siguen sin derogarse.

La situación de desesperación de muchos es creciente. Las prestaciones por desempleo por los ERTE se han cobrado tarde y mal. La prohibición de los despidos ha sido una simple proclama propagandística, tristemente incierta. Muchos ERTE son hoy ERE. El ingreso mínimo vital ha sido un indudable fracaso. El subsidio extraordinario para las personas empleadas de hogar (esas eternas olvidadas), un mero parche con fecha de caducidad.

Tras los fondos europeos, una letra pequeña que no pillará a nadie por sorpresa. Nadie en el norte quiere oír hablar de unión fiscal y reequilibrio productivo entre los Estados que conforman la UE, única fórmula para que esta fuera sostenible. Habrá subida de impuestos indirectos (regresivos), a pesar de la demagogia de los próceres del minarquismo que prometen rebajas en los impuestos (directos, progresivos) como si fuera taumaturgia.

Y habrá sobre todo recortes sociales. Seguramente en forma de copagos sanitarios generalizados y cada vez más gravosos. También privatización parcial (por el momento) de nuestro sistema público de pensiones.

Mientras tanto, en España nadie lanza una alerta contra los estragos de la financiarización de la economía. Nadie parece querer articular un cordón sanitario contra las plataformas tecnológicas que ponen en jaque el Estado del bienestar a través del desfalco fiscal que realizan a nuestras arcas públicas.

Nadie parece realmente preocupado por la uberización de la economía, que se ha blanqueado con escalofriante naturalidad. Como si fuera sostenible que se generen trabajos basura que no permiten a la gente vivir ni tener proyectos de presente y futuro.

Nadie parece alarmado por las operaciones especulativas que han devastado parques públicos de vivienda para el deleite de fondos de inversión que juegan con un bien esencial. Bien esencial que para algunos privilegiados es una oportunidad de mercado y para el común de los mortales, un derecho social sin garantías reales ni concreción material.

Mientras se esbozan falsas dicotomías, avanza en firme un proyecto neoliberal de corte transversal que anega la política española. Unos aportan la ortodoxia económica y los otros tratan de derrotar inexistentes amenazas ante la incapacidad de desmontar con éxito las reales.

El falso patriotismo del sálvese quien pueda es el proyecto real de la derecha y el que deberíamos denunciar las gentes de izquierdas, pero para eso hay que escapar del identitarismo más zafio, denunciar toda complicidad con los etnicistas periféricos que comparten con el neoliberalismo la pretensión de centrifugar el Estado y hacerlo añicos, y volver a ubicar a la clase trabajadora en el centro de la acción política.

Se anuncia un escandaloso ERE tras la fusión entre Caixabank y Bankia. España renunció hace 40 años a conformar una verdadera banca pública que desempeñase una función realmente social, y optó por el híbrido de las cajas de ahorro, cuyo control transfirió a las banderías autonómicas.

Como tantas otras veces, la descentralización fue la autopista para la corruptela y el nepotismo, para poner lo público al servicio de intereses privados. Hoy, tras el rescate estatal de nuestro sistema financiero, se destrozan ante la aquiescencia silente del Gobierno numerosos puestos de trabajo.

Dicen que la alerta debe ser antifascista, pero el estruendo simbólico, forzado por las urgencias de campaña, hace aguas por todos lados. Mientras tanto, la clase trabajadora sigue sin tener quien le escriba.

Y ahí sí, los reaccionarios tienen una oportunidad: la de escupir con un burdo disfraz obrerista las peores políticas de darwinismo social. La mejor forma de cerrarles el paso es apuntar en la dirección correcta. Contra un sistema económico injusto, especulativo y cruel, que privatiza beneficios y socializa pérdidas, despidos y precariedad. El de las colas del hambre.

Cazar fantasmas es una forma de legitimar las sombras que nos rodean.

Guillermo del Valle es abogado y director de El Jacobino.

1 comentario


  1. No, claro, los delincuentes adolescentes no tienen culpa de nada. La culpa es mía por quejarme cuando me pincharon en un glúteo para robarme el móvil. Las violaciones, también son culpa de las chicas, como decía una de la Generalitat hace un par de años, por no dejarse seducir por los moritos. Si es que... Acostarse con quien una quiera, hay que ser racista...

    Mientras la izquierda "real" siga con esa "simpatía por el diablo", los obreros seguiremos votando a los "fascistas" que por lo menos hacen, o dicen que lo harán cuando gobiernen, eso también está por ver, algo más porque manadas de tíos de 16 y 17 tacos no nos vayan abriendo la cabeza o amenazando con navajas para quitarnos 4 duros.
    Sí, mejor entero y explotado que con la cabeza abierta o con mi hija violada pero con sanidad pública de calidad. El capitalismo es el último culpable de todo esto, es cierto, pero yo y mi familia vivimos aquí y ahora, no en un hipotético futuro socialista donde no haya desigualdad y la gente no tenga que emigrar de sus países ni los adolescentes estén asilvestrados como licaones.

    Decía no sé qué personaje conocido durante la guerra civil que odiaba a los comunistas por haberle empujado a hacerse falangista. Pues sí, amigos, su negacionismo de la violencia inmigrante es un problema que no anula pero que se suma, ergo agrava, al de la violencia "indígena"; su negacionismo de que igual que a los delincuentes nacionales hay que encarcelarlos a los extranjeros hay que deportarlos; su miopía al no ver que en un país no puede dejarse entrar a gente que no trae oficio ni beneficio ni tiene muchas probabilidades de encontrar un empleo aceptablemente digno, porque lógicamente se van a dedicar a delinquir en mayor o menos gravedad; su negacionismo de que un país es su gente y su cultura, y si metemos a millones y millones de personas de otras culturas, y encima más atrasadas, el país deja de seguir una evolución y transformación propia sino colonial.
    En fin, que el internacionalismo no era dejarse invadir y abusar, era ayudar a las clases obreras de todo el mundo a lograr su emancipación en sus países, no traerse a España a todos los pobres, obreros la mayoría, lumpen otra buena parte, y golfillos, una minoría, que crecerán hasta convertirse en criminales con todas las letras y engrosar las filas de la gentuza que ya habita este solar, como si no tuviésemos bastante con la chusma nacional... Y su negacionismo, que cada vez me cuesta más creer que de verdad es producto de la estulticia y que no hay de verdad un interés por destruir las naciones culturales de Europa, nos ha obligado a muchos, que hasta militamos en el PCE hace años, a votar a la derecha, y estamos empezando a odiarles por ello...

    Así que, apunten, "enteraos" de todo, opinadores profesionales de lo todo humano y lo divino: esto de Madrid ha sido un plebiscito contra el gobierno, aún queda mucho pero a este paso, en las próximas generales, va a pasar lo mismo, y probablemente con mayor peso de Vox.
    Sigan así, diciendo a la gente de los barrios obreros que somos gi1ip0l1as que no nos enteramos de la realidad que vivimos a diario, y que los niñatos moros, dominicanos, "ecuatos", etc, que nos atracan, violan, cobran peajes a los niños (los de verdad, los pequeños) para dejarles jugar en las canchas de baloncesto de su barrio, que garabatean nuestros portales y encima como les recrimines ta amenazan con ir en manada y darte una paliza; en fin, sigan así, diciéndonos que ellos son angelitos inocentes, que la culpa es nuestra por racistas y qué sé yo; que no hay que echarlos sino darles más dinero de nuestros impuestos, sigan así, que a este paso, acabaremos votando a España 2000 o algo peor.

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