¿Alguien no se ha dado cuenta de que los tiempos están cambiando?

«Vengan senadores y congresistas, contesten las llamadas / No se queden parados en las puertas / No bloqueen los pasillos / Porque el daño lo sufrirá el que se quede parado / Hay una batalla afuera y está empeorando / Esa batalla pronto moverá las ventanas y hará vibrar las paredes… / Porque los tiempos están cambiando».

Hace ahora 50 años, Bob Dylan armado con su armónica y su guitarra acústica, daba la voz de alarma a los poderes establecidos que no se habían dado cuenta de que en la sociedad había un movimiento en marcha protagonizado por una nueva generación.

Que había demandas -derechos civiles, oposición a la Guerra del Vietnam, etc.- a las que no se les estaba dando respuesta desde el poder.

Mi generación creció con ese himno de protesta. Ahora comprobamos que los sordos no sólo eran nuestros padres.

Sí, los tiempos están cambiando. El resultado del 25-M ha sido un toque de atención para los que creen que dos puntos de PIB o un congreso a la vieja usanza pueden frenar incluso las más airadas manifestaciones.

Acudí el jueves al Congreso para vivir in situ el primer discurso de Felipe VI. La sensación de que estábamos viviendo un momento histórico era general. Quizás, el motivo último de la abdicación de su padre fuese el miedo, la sensación de que las aguas desbordadas podían llevarse por delante a la milenaria Institución.

Si algo no le falta a Don Juan Carlos es olfato político.

El caso es que ahí estaba su hijo, en el centro del ruedo, rodeado por su esposa, la Reina, y sus hijas, la Princesa Leonor y la Infanta Sofía. Y al frente, en la tribuna, en el palco presidencial, su madre, Doña Sofía y su hermana, Elena.

Las complicidades, los gestos, nos ponían ante la realidad de una familia que ha sufrido en los últimos años todos los reveses que uno pueda imaginarse. Ese día, Doña Sofía era, más que nada, una madre que veía, por fin, coronadas las aspiraciones de su hijo.

Ahora, los focos están en él, en Felipe VI. Tiene por delante una ardua tarea, tal vez tan complicada como la tuvo su padre hace 39 años. Claro, los tiempos son distintos. Pero, de alguna manera, aquellas fuerzas de izquierda que pedían una república tras la muerte de Franco, son las mismas que hoy reclaman un cambio de régimen, ante el agotamiento de esta democracia a la que le ha pasado como a la selección española de fútbol: nos ha dado años de gloria, pero ya no no nos sirve.

Los tiempos están cambiando y quien no sepa aceptarlo y adaptarse a las nuevas circunstancias será arrollado por las aguas.

«Una Monarquía renovada para un tiempo nuevo». Esa idea fue repetida en tres ocasiones durante el discurso del Rey.

Algunos analistas atribuyen al marketing político esa fórmula como su hoja de ruta. Frases bonitas que no significan nada. El problema es que ahora no hay mucho tiempo para jugar al despiste, para refugiarse en lo políticamente correcto.

La cuenta de crédito del Rey es escasa y a plazo fijo.

Yo no creo que Felipe VI esté jugando a decir cosas bonitas y punto. En su despacho -siendo aún Príncipe- me dijo que la Monarquía «es una profesión». Es decir, algo que uno se tiene que ganar a pulso, con hechos. La legitimidad hereditaria en la sociedad en la que vivimos durará lo que una portada en la prensa rosa si detrás no hay un propósito, una manera de hacer las cosas, ejemplaridad, ética, sentido de Estado…

¿Cuánto va a durar la Monarquía en España? Tanto como Don Felipe sea capaz de demostrar que es útil para el pueblo. En ese sentido, Felipe VI sólo podrá conservar el trono si se convierte en el Rey del pueblo.

Nuestros viejos fantasmas han salido de nuevo a pasear. El miedo a la revuelta, a la desintegración de España, a la confrontación social, a que un profesor universitario con coleta se erija en líder indiscutible de la izquierda, a que el PSOE se parta o no sepa superar su crisis de identidad y liderazgo, a que el PP crea que Rajoy y sólo Rajoy garantiza la estabilidad en España…

El miedo sólo nos llevará a la parálisis. Los que sólo saben decir NO, mejor que se queden en casa.

La democracia, el debate de ideas, la libertad, el diálogo, la apertura de mente, la valentía… Con esa actitud, obtendremos las respuestas que buscamos.

Justo el día de la proclamación tuve la oportunidad de almorzar con Eduardo Madina, candidato a ocupar la Secretaría General del PSOE. Madina, al que muchos atribuyen falta de ideas y justifican su ascensión por el respaldo del todopoderoso aparato de Ferraz, es consciente de la gran responsabilidad que ha asumido al dar ese paso. Sabe que por mucho que influyan los aparatos (en el fondo hay una pugna entre Rubalcaba y Susana Díaz), en una elección en la que pueden participar más de 100.000 militantes nada está predeterminado. Así es la democracia.

Pedro Sánchez, su contrincante con más posibilidades de ocupar la Secretaría General, ha asumido que la única forma de ganar esta carrera es acercarse a los militantes. Y ahí va con su mochila, haciendo kilómetros y kilómetros.

Pase lo que pase en el congreso de julio, el PSOE ha logrado un éxito: ya no se habla de la crisis, sino de quién puede liderar el partido.

Los candidatos están también en esa frontera de edad, en torno a los 40 años, en la que coinciden con el nuevo Rey (46).

Y me reconforta que tanto Madina como Sánchez tengan clara una cierta idea de España. Que crean en la unidad dentro de la diversidad, y que ambos sean conscientes del peligro que representa la demagogia de los que lo prometen todo sin estimar costealguno.

El PSOE puede salir fortalecido de todo este proceso. Sobre todo, si, como han prometido Madina y Sánchez (éste sin fecha), se celebran después del congreso unas primarias que legitimen al cabeza de lista para ocupar la Presidencia del Gobierno.

Me sigue preocupando el PP, acomodado en su raquítica victoria, pensando que la rebaja fiscal y las nuevas medidas para impulsar el crecimiento van a servir para que la gente aparque su insatisfacción.

Ahora, todos nos jugamos el futuro. En año y medio tendremos que hacer un gran cambio. Si lo hacemos bien, daremos un salto hacia adelante. Si no, España será la que sufra el daño.

Casimiro García-Abadillo, director de El Mundo.

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