Algunas lecciones de Iraq

Por Kenneth W. Stein, profesor de Historia y Política de Oriente Medio de la Universidad de Emory, Atlanta (Georgia, EE. UU.). Traducción: José María Puig de la Bellacasa (LA VANGUARDIA, 30/11/06):

Los comentaristas políticos coinciden en apreciar que Iraq se encuentra sumido en una guerra civil hecha y derecha; permanezca en el país la coalición liderada por Estados Unidos un plazo breve, medio o largo, o reconduzca la actual presencia militar dando entrada a la sociedad y a los políticos civiles, hay que hablar de consecuencias en cualquier caso inevitables. El antiguo secretario de Estado Henry Kissinger así lo ha reconocido al declarar a la BBC que la coalición y otras partes implicadas deben fijarse objetivos más realistas aunque ello conlleve la posible desmembración de Iraq. Los objetivos de democracia, negociaciones, compromiso y pluralismo, simplemente, no pueden cumplirse en un marco de desgobierno y venganzas. La guerra civil en Iraq semeja un incendio incontrolado, atizado por la yesca propia y los vientos exteriores. Hasta que se consuma la yesca y amainen los vientos, la guerra civil no se extinguirá.

En el curso de una valoración del alcance de los problemas en Iraq, los directores de las agencias de inteligencia de Estados Unidos testificaron ante el Comité de las Fuerzas Armadas del Senado de EE. UU. a mediados de noviembre. El director de la CIA, general Michael V. Hayden, observó que "incluso si el Gobierno central iraquí consigue un apoyo más amplio de las comunidades de Iraq, será extremadamente difícil aplicar las reformas necesarias para mejorar la vida de la ciudadanía. La violencia endémica en Iraq desgasta la capacidad del Estado para gobernar... Además, las fuerzas de seguridad están contagiadas de sectarismo". Yel director de los servicios de inteligencia del Departamento de Defensa, general Michael D. Maples, afirmó que "la violencia en Iraq continúa aumentando en alcance, complejidad y grado de letalidad".

En tanto las fuerzas británica y estadounidenses se esfuerzan por controlar grupos sectarios, milicias privadas, bandas criminales, elementos incontrolada, antiguos baasistas airados, leales de Sadam Husein y elementos reclutados en el extranjero, no es de extrañar que estos soldados - carentes de instrucción para realizar tareas de seguridad- sean impotentes para detener las matanzas desatadas, los asesinatos, los robos y los secuestros de funcionarios en la propia sede de un ministerio.

Resulta, por consiguiente, un ejercicio vano e inútil seguir soñando que existe una solución militar o diplomática del caos iraquí. Si el fuego sigue ardiendo sin que cuente el número de bomberos disponibles en el lugar, la coalición debería retirarse y dejar que arda. Tampoco asoma en el horizonte ningún autócrata iraquí con los medios necesarios para sofocar la guerra civil. Y en líneas generales, con la excepción de un par de países que instruyen fuerzas de seguridad y militares iraquíes, los estados árabes vecinos de Iraq han sido espectadores de la situación. Contemplan la hoguera de Iraq mientras el país salta hecho trizas a causa de la violencia. Se quedan quietos (esperando tal vez que el fuego quede reducido a un ascua) rumiando cómo van a dividirse los recursos y el territorio de Iraq (cosa que podrían hacer ya sea directamente o bien a través de grupos o fuerzas interpuestas). Los medios de comunicación árabes rebosan hostilidad contra la coalición que lucha denodadamente para salvar la integridad de Iraq pero tampoco explican ni mencionan cómo sus propias fuerzas podrían hacer cumplir la ley y el orden: ¿es que los países árabes no podían haber formado una fuerza expedicionaria de pacificación de 150.000 hombres destinada a Iraq?, ¿tal vez porque los líderes árabes piensan que librar a Iraq de su sectarismo es un intento ímprobo y aun desesperado?

Muchos más errores de los que aquí se comentan fueron cometidos por Estados Unidos antes del derrocamiento de Sadam: no comprender la cultura política sectaria que Sadam galvanizó mediante un poder autoritario brutal; no comprender el deficiente nivel de la infraestructura pública iraquí; jactarse de que los principios jeffersonianos o de la revolución francesa funcionarían en Iraq; confiar en una dudosa fiabilidad de los servicios de inteligencia que resultó en una búsqueda infructuosa de armas de destrucción masiva; y, evidentemente, sostener la existencia de un nexo entre Sadam Husein y los terroristas del 11 de septiembre. Más allá de los consabidos pasos equivocados, ¿qué lecciones podemos extraer de la experiencia estadounidense en Iraq?

"Si lo rompes, lo pagas": Colin Powell dio en el clavo cuando lanzó esta advertencia en el 2002. Es una lección que desde hace tiempo resuena en Iraq, una lección que sin duda habrá de servir de advertencia a generaciones de electores y políticos estadounidenses ante la eventualidad de una invasión militar.

"Cuantos más aliados, mejor". Veamos: antes de enzarzarse en un conflicto regional, un país debe estar seguro de la ayuda de los socios de coalición locales que puedan sumarse a los combates y ayudar a despejar los problemas y contratiempos que surgen inevitablemente cuando se trastoca el statu quo. En un plano internacional superior, los esfuerzos multilaterales han sido históricamente el enfoque preferible, como en el caso de Iraq en 1991 y el enfoque de la cuestión nuclear en los casos de Irán y Corea del Norte.

Un enemigo no convencional exige una estrategia militar no convencional. Las fuerzas insurgentes en Afganistán, Iraq, Somalia o incluso Líbano (Hizbulah) deben ser combatidas fortaleciendo el gobierno local de modo que sus organismos y fuerzas sean capaces de hacer cumplir la ley y la voluntad del Estado.

La superioridad militar no equivale a la victoria. En países inviables o fragmentados, donde prevalece el sectarismo, las masas privadas del derecho de voto ejercen su peso abrumador y el islam puede constituir un trampolín de movilización violenta, la fuerza militar es ineficaz. Estados Unidos debería haber aprendido esta lección de Israel.

Afrontar la existencia de movimientos insurgentes alzados en armas exige periodos más prolongados para tener visos de éxito. Las democracias industriales aún no han puesto sus relojes en hora para encarar eficazmente la insurgencia; a diferencia de la mayoría de las naciones estados, cuyos relojes se ajustan en términos de días, meses y años, los insurgentes marcan el tiempo a escala de decenios y generaciones. Los insurgentes presentes en varios conflictos han explotado esta diferencia con éxito.

El diálogo es una estrategia, no una concesión. En estas páginas el pasado verano abogué por que Estados Unidos entable un diálogo con Siria e Irán. Ahora, seis meses después, merece la pena que Estados Unidos lo tenga en cuenta.

Pero atención: es posible que cuando Siria e Irán entablen el diálogo y la negociación, éstos se conviertan en un fin en sí mismo y en una excusa para dilatar el logro de una conclusión...

Por último, téngase en cuenta que durante más de un cuarto de siglo Oriente Medio ha sido un cementerio de presidentes estadounidenses. La crisis de los rehenes en Irán propició la derrota de Jimmy Carter. George Bush padre no supo traducir una victoria en Iraq en una reelección en casa. En las recientes elecciones al Congreso, el partido republicano de George W. Bush perdió el control de la Cámara de Representantes y del Senado. Antes de las elecciones de noviembre de este año, me encontraba ante un supermercado en West Hartford, Connecticut. Aparte de sus preferencias para el Senado (ganó Joe Lieberman), la gente exteriorizaba intensos, apasionados e inquebrantables sentimientos a propósito de acerca de la presencia estadounidense en Iraq. Ninguna otra cuestión electoral generó tanta emoción. La lección archirrepetida de los electores estadounidenses era que Washington no debería rehuir el compromiso con los problemas y cuestiones relativas a Oriente Medio pero que, en el caso de volver a comprometerse en ello, es fundamental disponer del recurso de países locales en calidad de socios de coalición, la comprensión de la cultura política local y la ausencia de arrogancia ideológica.