Aliados en la guerra de la independencia

Por Luis Alejandre, general (EL PERIÓDICO, 24/06/08):

Los dos siglos transcurridos desde el comienzo del conflicto que enfrentó abiertamente al pueblo español con Napoleón permiten abordar el tema, hoy, con objetividad. Una profunda revisión histórica ha brotado desde los departamentos de Historia de nuestras universidades, a los que se han unido académicos, historiadores, militares, el mundo editorial y la prensa.
Creo sinceramente que el esfuerzo es más que positivo, máxime cuando de este período, más de penumbras que de destellos, arrancan muchos de nuestros ancestrales problemas. No en balde Raymond Carr tituló España 1808-1936 su conocida historia de nuestro país, como queriendo señalar que nuestro estallido social del primer tercio del siglo XX se había generado precisamente en los años que ahora conmemoramos.
Profesores y académicos mejor preparados que yo han desarrollado y desarrollan estos conceptos en profundidad, sobre los que no me detendré. Tampoco lo haré respecto a la denominación de aquella guerra. Porque guerra sí fue, aunque ahora se quiera huir del término políticamente no correcto. Si fue de la independencia, del francés o peninsular, poco importa. Lo que sí es importante recordar es que el sacrificio del pueblo español fue enorme; los daños a nuestro patrimonio y a nuestra cultura, de muy difícil recuperación, y la huella dejada por aquellas confrontaciones ideológicas ha seguido viva muchos años. A veces dudo si hasta hoy.
Y si estamos en tiempos de reflexión y buscamos la objetividad en los juicios sobre aquella guerra, debemos conocer, valorar y agradecer la aportación de nuestros aliados en aquel trance: los ingleses, sin dejar de lado a nuestros hermanos portugueses. ¿Por qué no se ha abordado con generosidad la aportación inglesa? Yo entiendo que debido a dos razones: la primera, por la necesidad de reforzar nuestra moral como pueblo, nuestra cohesión interna. La segunda se debe a la poco objetiva y prepotente valoración que hicieron los propios ingleses, actores e historiadores, respecto a su intervención en la península.
Vayamos por partes: la objetividad ha brillado por su ausencia en estos dos siglos. Ni las historias y memorias redactadas en Francia, en Inglaterra o en España han sido totalmente objetivas. Basta ver el nombre de Bailén grabado en el Arco de Triunfo en París o leer las memorias de Wellington para entenderlo. De ahí emana la dificultad de beber en datos fidedignos, cuando se pretende, por ejemplo, cuantificar las bajas en combate sufridas por los contendientes.

INGLATERRA se compromete muy pronto en nuestra contienda contra Napoleón. Tras derrotarle por mar en Trafalgar, debe luchar contra el bloqueo continental al que es sometida en toda la cornisa atlántica europea. Incluso España, aliada inicialmente de Francia, participa en este bloqueo con el cuerpo de ejército del marqués de la Romana.
En la península Ibérica encuentra Inglaterra el teatro de operaciones ideal para su lucha contra el emperador: terreno quebrado, pueblo levantado en armas el 2 de mayo, puertos a lo largo de todo el litoral desde los que puede reforzar y alimentar a su cuerpo expedicionario. Lisboa y las fortificaciones que construye en Torres Vedras serán fundamentales para la victoria final sobre Napoleón .
España y Portugal tienen, además, otro aliciente: son las dueñas aún de la América meridional. Además, tienen capacidad para reembolsar préstamos, básicamente avalados por la plata que producen las minas de aquellas tierras. Los datos sobre “la llegada de la fragata procedente de Veracruz” formarán parte de la correspondencia habitual entre la Junta Suprema o la Regencia de turno y los plenipotenciarios ingleses.
Los primeros contactos entre autoridades españolas e inglesas se tienen informalmente en Gibraltar y en Menorca. Gibraltar seguía en manos británicas desde la guerra de sucesión. Castaños, gobernador del Campo, había participado en la conquista de Menorca, precisamente a los ingleses, en 1782, y luego había viajado a Londres para tratar sobre el canje de prisioneros. A pesar de que oficialmente estábamos en guerra con Inglaterra, Castaños y Dalrymple, gobernador de la plaza, mantenían buenas relaciones de vecindad. El apoyo del general inglés en Bailén debe ser tenido en cuenta. Unos años después, se lo cobraría Inglaterra destruyendo los fuertes españoles que batían el Peñón “para evitar que el francés encontrase en ellos cobijo”. Por cierto, Napoleón, a pesar de la enorme superioridad militar en 1808 y 1809, nunca atacó a la Roca.

EL SEGUNDO foco de contactos estaría en Menorca, donde el almirante Colingwood mantuvo frecuentes contactos con las autoridades militares de las islas. Hacía solo seis años que sus buques habían dejado aquellas aguas a consecuencia del Tratado de Amiens. Las Baleares nunca fueron francesas e incluso Napoleón no pudo rescatar a sus prisioneros hacinados en la isla de Cabrera, aquel resto de las tropas rendidas en Bailén a Castaños.
Además, cinco años de operaciones, cinco años de cruenta guerra: Badajoz, Ciudad Rodrigo, Salamanca, Talavera, A Coruña, Arapiles, Vitoria, San Marcial y un largo etcétera de batallas contra Napoleón serán testigos del esfuerzo y el sacrificio de nuestros aliados.
No permite esta reflexión entrar en más detalles. Pero según datos bien definidos por Charles Esdaile y por Samuel Dueñas, 10.700 ingleses murieron en el campo de batalla y otros 23.700, a consecuencia de heridas y enfermedades. El profesor Antonio Moliner eleva algo el número de fallecidos. El dato merece hoy, cuando menos, nuestro más profundo respeto y reconocimiento a su sacrificio si queremos consolidar una época de objetividad histórica.