Alianza de valores

Por Juan Goytisolo, escritor (EL PAÍS, 11/09/06):

Desde la niñez nos inculcan la idea de que el enemigo de la civilización es la barbarie; la civilización obviamente es la nuestra; la barbarie, ajena. Pero dicha idea autocomplaciente no se sostiene: un conocimiento aún somero de los hechos nos muestra que las distintas civilizaciones se suceden con idéntico mensaje: la victoriosa se impone a la vencida. La aniquila, la somete o la digiere. Calar en el pasado nos revela una superposición de estratos. La historia es una estratigrafía. Los anales de nuestras urbes mediterráneas -Roma, Estambul, Jerusalén, Barcelona o El Cairo- confirman la observación del gran lingüista Iuri Lotman: la ciudad es un mecanismo que revive constantemente su propio pasado de modo prácticamente sincrónico. Las civilizaciones se asientan en una sedimentación de ruinas. La actual cubre las anteriores, las niega o las refuta, las interpreta o las explica. A los avances de algunas en el ámbito del pensamiento, instituciones de gobierno, letras y artes, sigue el retroceso abismal impuesto por la fuerza de las armas. Roma, y los bárbaros, Bagdad y los mongoles. Las ruinas del subsuelo dan testimonio de un esplendor muerto: nos conmueven e ilustran el vae victis. También arden manuscritos, pero las ideas que contienen no desaparecen del todo. Permanecen soterradas y, cuando las circunstancias lo permiten, afloran de nuevo. La filosofía griega se transmite a través de Toledo y resurge en el Renacimiento.

Digo esto porque no hay una civilización, hay civilizaciones en lucha casi continua. A los periodos de tregua suceden otros de enfrentamiento y conquista. Y al producirse los grandes avances científicos y la travesía de los océanos, nuestra civilización europea y cristiana arriba a los confines de un mundo ya no plano, sino esférico: a continentes e islas remotos, algunos de ellos vulnerables por su estructura social rudimentaria y otros con otra más rica y elaborada, pero inferiores desde un punto de vista militar. Así, la “civilización” sujeta y esclaviza a la llamada barbarie. Millones de seres humanos sufren la crueldad sin límites del más fuerte, del amo que los civiliza con grillos, cadenas y látigos. Pero la conciencia de unos valores universales, esto es, no exclusivos de la civilización propia, alimenta la protesta de unos pocos: voz imprecatoria de Las Casas, pluma certera del Conrad de En el corazón de las tinieblas.

¿Qué valores son éstos? ¿Cómo acceden a nuestra conciencia? Su emergencia es lenta y, como señaló Stephen Zweig, se remontan tal vez al panfleto de Castelio contra Calvino cuando, tras la quema de Miguel Servet por orden de éste, los resumió en una frase: “Matar a un hombre para defender una idea no es defender una idea, es matar a un hombre”.

La idea de unos derechos humanos comunes a toda la especie más bien inhumana a la que pertenecemos se abre paso a duras penas a través de las guerras interreligiosas que asolaron a Europa, como asuelan aún el Oriente Próximo y diversas zonas de África y el subcontinente hindú. La labor de los filósofos -primero de los averroístas y de la notable estirpe de pensadores hispanohebreos; luego de Descartes y Bacon, y por fin de los enciclopedistas; pienso sobre todo en mi admirado Diderot- desemboca en la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano de la Revolución francesa, pese a que el terror revolucionario la redujo a letra muerta bien antes del ascenso y caída de Bonaparte y el triunfo del absolutismo de la muy poco Santa Alianza.

Repasar el siglo que hemos dejado atrás evidencia asimismo que las pequeñas conquistas de la razón son fácilmente barridas por la sinrazón de los credos religiosos, exaltación de la nación y de la sangre, el totalitarismo ideológico y el fundamentalismo de la tecnociencia. En el corazón mismo de nuestra civilización surgió el horror del holocausto y el universo de los campos de concentración nazis y estalinianos. Los nombres de Hiroshima y Nagasaki simbolizan también la barbarie engendrada por el avance letal de nuestros conocimientos.

Todas las civilizaciones triunfantes conllevan el germen de esa barbarie que hoy se extiende sin límites de espacio ni de tiempo, con peligro no sólo de nuestras vidas sino de la supervivencia del planeta. Los mesianismos y extremismos ideológicos se tocan y mutuamente se alimentan. Únicamente los valores conquistados con tesón en los últimos siglos, plasmados en la Carta Fundacional de Naciones Unidas, pueden dar fin a las desigualdades brutales del mundo, a los choques de civilizaciones no necesariamente opuestas y al terrorismo ciego que se ensaña en las poblaciones inocentes, provenga de donde provenga.

La Alianza de Civilizaciones propuesta por el jefe de Gobierno español, José Luis Rodríguez Zapatero, en la Asamblea General de Naciones Unidas en septiembre de 2004 merece ser defendida por quienes oponemos la fuerza de la razón a la razón de la fuerza. Pero, dado que lo que se entiende por “civilización” incluye en su seno la semilla de la barbarie, yo preferiría denominarla Alianza de Valores: estos valores universales, cívicos, laicos, fruto de la resistencia de las mentes más lúcidas, sean de la civilización que sean, al dogmatismo de las identidades religiosas, nacionales o étnicas que hoy como ayer proliferan en nuestro minúsculo y sobreexplotado planeta.