Alice Munro: escapadas, amores, adioses

De forma callada y sin la ayuda de especiales impactos tanto en las listas de venta de cada país como en campañas de lanzamiento diseñadas para la ocasión, la escritora canadiense Alice Munro (Wingham, Ontario, 1931) se fue convirtiendo estos últimos años, progresivamente, en una especie de mito literario. En la mejor autora de relatos de nuestros días. Algunas de sus piezas, repartidas en doce brillantísimas colecciones de cuentos hasta el momento, entre las que destacan El amor de un amujer generosa (RBA), Escapada (RBA) o Demasiada felicidad (Lumen), por citar sólo unas cuantas, alcanzan una rara y casi inquietante perfección. Un mito sobre todo para ese tipo de lectores, cada vez más abundantes, nostálgicos de un territorio lejano y originario donde se ponía en juego sobre el papel, cada vez, la verdadera y más genuina literatura. El hecho, práctica meditada y artesanal, sin más accidentes o concesiones que no fuera la creación literaria pura y despojada de toda circunstancia aleatoria. Los relatos de Alice Munro son herederos de la perfección del género lograda por maestros como Henry James, Chéjov o Maupassant, y comparables, como se ha dicho en más de una ocasión, a tragedias clásicas de nuestros días.

Los cuentos, o delicadas piezas de orfebrería de Munro, están ambientados en pequeñas ciudades de provincias canadienses, en urbes como Vancouver o en minúsculos parajes rurales, con casas desperdigadas y calles sin nombre y sin asfaltar, apenas asentamientos que no pueden llegar a llamarse pueblo. Todo es equívoco en el mundo engañosamente sencillo y cotidiano de Munro. Leer a esta autora requiere del ritmo y la atención otorgados a un poema: cualquier pormenor, salto repentino o alusión temporal, la forma pasada de moda de un vestido, el leve gesto de desasosiego o reproche en una conversación, cualquier duda o inflexión inadvertida en un diálogo, puede cambiar radicalmente la concepción del relato en curso, dejando al que lo lee al margen, fuera por completo del centro auténtico y neurálgico de la historia aparentemente banal que se narraba en esos momentos. Siempre hay algo de engañoso en el realismo aparente y literal de esta autora. Siempre se oculta algo excepcional, distinto a la medianía, inesperado, una fisura en esas vidas que «siempre son demasiado complicadas» para desechar detalles, abismos abiertos de repente, traumas quizá imborrables, sin saberlo mientras se está viviendo. En los relatos de Munro los desvíos del camino principal, lo presentido y no dicho, lo ni siquiera mencionado y apartado en la penumbra, adquiere un valor tan esencial como lo descrito y pormenorizado.

Desarrollada como escritora de relatos a la luz de publicaciones como The New Yorker, Alice Munro sería cada vez más apreciada por las jóvenes generaciones. Escritores actuales, como el architriunfador Jonathan Franzen, autor de Las correcciones y Libertad, la han elogiado sin cesar. En su caso, diciendo que su descubrimiento supuso para él «una auténtica conmoción» y que es, probablemente, «quien mejor escribe en América del Norte hoy día». Autora de doce recopilaciones de cuentos y de una novela (Lives of Girls and Women, 1971), que seguía a su primer volumen de relatos titulado Dance of the Happy Shades (1968), Munro, aparte del Premio Nobel tan justamente concedido ahora, ha recibido a lo largo de su carrera numerosos premios, entre ellos el Giller Prize de Canadá y el prestigioso National Book Critics Circle Award de Estados Unidos, en 1998, por una de sus más espléndidas recopilaciones, El amor de una mujer generosa.

El objetivo principal de la literatura de Alice Munro es ahondar en el misterio profundo de la vida y la muerte de los seres humanos; en la tremenda extrañeza que provocan y en la imprevisión y grietas inauditas que albergan sus existencias. Es una especialista en abrir interrupciones abruptas en algo que acaba de nacer. Casi se podría decir que es su «marca de estilo»: algo, un instante de felicidad truncado de repente, en medio de las pequeñas crueldades, insatisfacciones, o en la escasa plenitud de una vida. Por ejemplo, en una historia de amor apenas insinuada, como la que se narra en Pasión (del espléndido volumen titulado Escapada), una chica vive un breve y accidental encuentro con un hombre febril, angustiado, lacerado por algún misterio que lo corroe por dentro. Se trata de alguien recién conocido, que perecerá en un accidente unas horas después, llevándose su enigma y «su falta de esperanza, auténtica, racional, eterna», su insondable oscuridad, ya para siempre.

Nacida en el seno de una familia de granjeros e hija de una maestra, su verdadero nombre es Alice Laidlaw y casi todos sus relatos tienen como escenario la tierra que le vio nacer, el suroeste de Ontario, en los alrededores del lago Huron. En su libro La vista desde Castle Rock (2006, RBA) Munro se lanzaría a explorar por vez primera «lo más parecido a una autobiografía», entre lo imaginario y lo realmente vivido. Así lo expresará en el prólogo: «Explorar mi vida, mi propia vida, pero no de un modo preciso o riguroso. Me situaba en el centro de ella y escribía sobre esa identidad, de forma tan escrutadora como me era posible (…) Investigar. Es lo que hace la gente. Una vez que han empezado, siguen cualquier pista. Gente que apenas ha leído en toda su vida se sumerge en documentos, y algunos que a duras penas habrían sabido decir en qué año empezó y acabó la Primera Guerra Mundial sueltan a diestro y siniestro fechas de siglos pasados. Estamos hechizados. Ocurre sobre todo en la vejez, cuando nuestro futuro individual se cierra». En la primera parte de este libro (Sin ventajas) Alice Munro imaginaba, a través de unas cuantas pistas halladas en bibliotecas y en la obra del famosos escritor escocés James Hogg (1770-1835), las vidas de sus antepasados, los Laidlaw, aquellos pioneros que a comienzos del siglo XIX se embarcaron desde su tierra natal de Escocia, en el valle de Ettrick, al sur de Edimburgo, para instalarse en Canadá. Aficionados todos ellos a la lectura y a disfrutar de la palabra, en cualquiera de sus formas, entre ellos destacaría Margaret Laidlaw Hogg, famosa en toda la región por la cantidad de versos almacenados en su cabeza. Alguien que llevaba tan a gala su legado de transmisión oral que se enfadaría con el mismísimo Sir Walter Scott, que un día había ido a oírla recitar. Mary no soportó ver aquellas canciones y poemas populares publicados. «¡Eran para cantarlas! ¡Ahora nunca más se cantarán!», protestó indignada.

Muy pronto, Alice Munro observaría una línea secreta que los unía a todos ellos: cada generación de su familia produciría un escritor que querría dejar algún tipo de recuerdo –ya fuera a través de largas epístolas o de unas memorias– sobre lo que habían sido sus vidas. Ese sería el caso de su propio padre, Robert Laidlaw, personaje central de la segunda parte del libro (Micasa) que escribiría una novela (The McGregors: A Novel of an Ontario Pioneer Family) publicada póstumamente. Especialista en advertir imperceptibles desvíos o deslizamientos bien en el camino, bien en los comportamientos más comunes seguidos por la mayoría, Munro retrata de forma absolutamente magistral y conmovedora a ese personaje soñador, romántico, unas veces trampero, otras cazador y criador de zorros plateados, o humilde guardián nocturno de una fundición, imbatible tras cada uno de sus fracasos, que fue su padre. Alguien que invirtió toda su vida en escapar como de la peste del destino único que le había sido trazado: ser un granjero y un austero y taciturno presbiteriano como lo habían sido casi todos sus antepasados.

Mercedes Monmany, escritora.

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