Allí donde medran los depredadores

La crisis económica explicita un hecho incuestionable: en nuestra sociedad coexisten dos concepciones diferentes de democracia. Aquellos que creen que la democracia es solo el respeto riguroso de unas reglas del juego formales (como mecanismo legitimador de élites) tienen la visión conservadora. Aquellos que propugnan una visión de la democracia como proceso significan la concepción progresista, en la que el factor clave es la eliminación gradual de los privilegios. En situaciones de recesión económica los privilegiados maniobran para que los costes mayoritarios de la crisis recaigan en los sectores más desfavorecidos a partir de la implantación de políticas socialmente regresivas como la reforma laboral (disminuir las rentas del trabajo para mantener las del capital).

Por poner sangrante ejemplo, en muchos países europeos se están reduciendo las prestaciones sociales de forma paralela al aumento de las ventas de productos de lujo como coches de las más altas gamas. Detrás de los mercados, aparentemente anónimos, hay especuladores con nombres y apellidos. Si enfocamos políticamente el acuciante tema de cómo superar la recesión desde la opción progresista, nos podríamos plantear algunas sencillas preguntas: ¿tiene sentido cerrar quirófanos sin acabar antes con el fraude fiscal, uno de los más altos de Europa? ¿Existe algún tipo de racionalidad en las dietas de algunos profesionales de la política por su evanescente presencia en múltiples organismos? ¿No habría que reducir los costes de la seguridad del poco ejemplar duque de Palma y su familia en EEUU (400.000 euros al año, pagados por todos)? ¿Nadie responderá jurídica o políticamente por los AVE sin pasajeros o los aeropuertos sin aviones?

Las respuestas progresistas comportarían una sociedad más transparente, más participativa y menos oligárquica y elitista, en la que los listillos tuvieran muy difícil ejercer su corrupta vocación de anteponer sus intereses a los de la sociedad. Lo peor que le puede pasar a una sociedad es la degradación moral, y por eso los Millet/Correa/Urdangarin del mundo deben ser controlados, reprimidos y vistos como una vergüenza social y no un ejemplo a imitar. La mansión con auditorio privado de L’Ametlla o el palacete de Pedralbes (seis millones de euros) son las pirámides faraónicas de nuestra época, construidas con sudor ajeno. Espurios frutos de una sociedad donde aún tienen demasiado margen de maniobra y medran los depredadores, en detrimento de las virtudes cívicas, los comportamientos solidarios y quienes propugnan una sociedad más justa, cohesionada y sin ningún privilegio indecente.

La segunda guerra mundial fue una guerra civil entre europeos. La derrota del fascismo supuso la demonización de una concepción del mundo característica de la derecha radical que propugna que, para que la civilización avance, una minoría selecta debe ejercer el mando, sin control, sobre las mayorías no selectas, llegando incluso a su esclavización. Ese tipo de ideas llevaron al mundo a un paroxismo de brutalización, genocidios y destrucciones nunca vistos y, por eso, las sociedades europeas posteriores a 1945 se construyeron con la argamasa de los valores democráticos antifascistas. Valores que ahora, en plena recesión, debemos tener más presentes, ya que, si no lo hacemos, sus oponentes edulcorados, adaptados a una época de hegemonía de los criterios democráticos, irán ganado terreno: la insolidaridad, el racismo diferencialista, la xenofobia, el elitismo exacerbado, las desigualdades extremas. Recordemos: ¿qué países presentan unos niveles educativos más altos, unos menores vectores de conflictividad social y unos niveles de cohesión social y económica más elevados? Son los países más democráticos y en los que los criterios sociales de los estados del bienestar han podido desarrollarse con mayor intensidad.

Esto es, los países nórdicos, donde no se atan los perros con longanizas pero donde la transparencia y la existencia de férreos controles democráticos hacen muy difícil la corrupción. Países donde está muy mal vista y penada la evasión fiscal y donde la redistribución fiscal garantiza una calidad de vida envidiable. A esos ciudadanos sí se les puede pedir austeridad y mayores sacrificios en épocas de crisis, ya que saben que las cargas serán justa y proporcionalmente repartidas entre todos los miembros de la sociedad. Mientras, aquí ¿se nos ha explicado a qué se debe la situación que tenemos? ¿Hemos asistido a algún debate serio en el que se planteen diferentes opciones de políticas económicas para superar la recesión y así poder opinar y participar en la toma de decisiones? ¿Por qué hay todo el dinero del mundo para sanear la banca y se reduce el dinero para la investigación? El camino está en más democracia política, democracia económica, conocimiento y participación y menos elitismos y privilegios. También está claro que la alternativa conservadora que se está imponiendo es la sustitución de los estados del bienestar por los del malestar.

Por Joan Antón Mellón, catedrático de Ciencia Política, UB.

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