Almodóvar y la decadencia de Occidente

'Extraña forma de vida', el western en inglés de Pedro Almodóvar.
'Extraña forma de vida', el western en inglés de Pedro Almodóvar.

He visto con meses de retraso, en el Festival de Cine de Zagreb, Extraña forma de vida, de Pedro Almodóvar. Una pequeña obra maestra que, como tal, condensa una época y un lugar: Occidente en la tercera década del siglo XXI.

A primera vista, se trata de un western sui generis. Por duración (apenas media hora); por su temática homosexual, con el precedente de Brokeback Mountain; y por sus anacronismos (Almodóvar sólo reconoce explícitamente el fado que da título a la película, Estranha forma de vida, pero hay otros, como la chaqueta verde de Silva, uno de los personajes).

La crítica ha hablado de una obra loca, apasionada y crepuscular. La homosexualidad explícita, sin rebasar límites, es, quizá, lo que más salta a la vista del cortometraje. De hecho, Almodóvar ha confesado en una entrevista que rechazó en su día dirigir Brokeback Mountain por su convencimiento de que Hollywood no aceptaría escenas de sexo explícito.

Pero hay mucho más detrás de este corto. Y quizá la mejor puerta de entrada a lo mucho que esconde sea esa calificación de "crepuscular".

A primera vista, tiene que ver con la edad del director, 73 años cuando dirigió la película, que vuelve la mirada atrás a su juventud, como hacen Silva y el sheriff Jake al reencontrarse después de 25 años y rememorar una relación amorosa de juventud de apenas unos meses, que reactualizan en una noche de pasión.

Cuántos amores truncados, breves o furtivos, no atesora cada persona cuando, en la vejez, hace balance de su vida. Cuántas veces no habrá pensado qué habría sido de él o de ella si les hubiera dado una segunda oportunidad.

La mirada del guionista y director de una película con este argumento tiene por fuerza que encontrarse al final del camino, pues en su inicio todo eran posibilidades ilimitadas, en una vida que parecía desbordarse en cada recodo.

Pero esta mirada del director es, de alguna manera, la de la generación y civilización a la que pertenece. La última generación analógica de Occidente, que vuelve hacia sí una mirada crepuscular, llena de reproches consigo mismo y en un marco general de violencia.

Es significativo que el género escogido sea el western. Para los amantes del cine de la generación de Almodóvar, es el género cinematográfico por excelencia. El cine de acción en estado puro. Aquel en que el nuevo lenguaje artístico se perfeccionó hasta hacerse adulto y competir en calidad y apreciación con las otras artes heredadas.

Es natural que un director consagrado le rinda tributo, pues aprendió a amar el que terminaría siendo su oficio a través de decenas y decenas de películas del oeste que vio, como sus coetáneos, de niño.

Los modelos más clásicos encerraban un mensaje que era fácil de descifrar por su simplicidad. El bien, encarnado en valores como la gallardía, la resistencia, la habilidad, el liderazgo, se terminaba imponiendo al mal, representado en sus contrarios.

Otras películas del género irían complicando los argumentos y los mensajes, y así, fueron apareciendo las dudas, el aislamiento del héroe, las bondades que los villanos ocultaban. Pero, en su forma original, el western es una atrocidad desde la perspectiva imperante en el Occidente actual, en la medida que justifica y exalta la conquista del Oeste americano por los colonos europeos frente a los pobladores indígenas.

La vergüenza colectiva por lo que ocurrió no tiene ya posible reparación, pues los indígenas que sobrevivieron, incluso los que fueron asentados en reservas, quedaron irremediablemente contaminados por los modos de vida occidentales.

Queda, al menos, el arrepentimiento y la eliminación de cualquier símbolo que recordase, o con mayor razón exaltase, el genocidio indígena. Las películas de indios y vaqueros, incluso en una versión modernizada como la de Almodóvar, alterada, vuelta del revés, no dejan de esconder un íntimo y último homenaje a una gesta que, para una gran parte de la opinión pública occidental, a cuya vanguardia se sitúa la ideología woke, merece el repudio absoluto.

Parecería que, Almodóvar, al menos, sí estaba en consonancia con las últimas tendencias occidentales en materia de orientación sexual. Alguien que había sido uno de los símbolos del movimiento gay tiene por fuerza que estar satisfecho de las conquistas de los homosexuales en el mundo occidental actual.

Y, sin embargo, el espectador se queda con la duda después de ver la película. El movimiento LGTBIQ+, con su evolución última en que privilegia el género respecto al sexo en la determinación de la identidad sexual (con el añadido de la '+', que incluye una multiplicidad creciente de situaciones, como asexuales, kink, poliamorosos, agéneros y otras más) no sólo ha cuestionado el paradigma clásico que privilegiaba la heterosexualidad frente a las demás conductas "desviadas", sino también la homosexualidad como la reivindicaron los pioneros del movimiento gay.

Si la transexualidad se justifica más allá de los casos de clara disforia de género, puede llevar a que se consideren las tendencias homosexuales como originarias de un sexo equivocado y que se desea cambiar.

El caso es que, en el corto, los dos protagonistas son de aspecto muy viril y han tenido relaciones heterosexuales. Silva ha tenido un hijo y Jake ha mantenido, al parecer, una relación con su cuñada. En el flashback en que se ve a ambos gozar de sus cuerpos habían estado antes disfrutando de la compañía de tres bellas jóvenes.

El atractivo que sintieron entonces el uno por el otro y que recrean 25 años después es claramente el de un hombre hacia otro hombre, sin que quepa encuadrarlos en categorías intermedias.

Da la sensación de que el director añora una época pretérita de modelos más sólidos y menos líquidos, de una homosexualidad definida frente a la heterosexualidad casi como su contraposición perfecta y binaria, y en la que la bisexualidad, frente a la entidad propia que tiene hoy, era más bien un estado fluido en que la pulsión sentida de manera más intensa terminaba inclinando el fiel de la balanza hacia la heterosexualidad o la homosexualidad.

La escena final resume el espíritu de una época que se abre, llena de incertidumbres. Para lograr esa nueva oportunidad de revivir un amor truncado, de dos hombres maduros queriéndose en la soledad de un rancho, Silva recurre a la violencia. Dispara contra Jake, sin herirlo de gravedad, para poder cuidarlo hasta que sane.

Es la metáfora de la nueva fase violenta que parece ser, de nuevo, el sino de Occidente: polarización creciente en las sociedades, nueva guerra en Europa, guerras en el vecindario inmediato, descrédito creciente de la democracia en cuanto institucionalización del diálogo y la negociación permanente sujeta a reglas aceptadas por todos los actores.

Es como si, con su película, Almodóvar, enfant terrible en su juventud, mirara con nostalgia a un mundo que se fue, y presintiera, de nuevo, la maldición de la decadencia de Occidente.

El autor que hizo famosa tal expresión, Oswald Spengler, publicó su obra homónima en 1918, al poco de iniciarse la Primera Guerra Mundial. Una guerra que marcó el fracaso de Occidente e inauguró la pérdida de la hegemonía europea en el mundo.

Con los anacronismos y anatopismos del cortometraje (el rancho de Silva se encuentra a una mera cabalgada, lo que hace inexplicable que los dos amantes de juventud no hubieran coincidido en 25 años), el espectador sale del cine meditando si nuestra propia civilización, tal y como la hemos conocido, será un espejismo que nunca más podremos volver a habitar o, como el fado que da título a la película, esa extraña forma de vida que se nos escapa entre los dedos sin que nada pueda hacer el corazón.

Juan González-Barba es embajador de España ante la República de Croacia.

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