Alteridad y alegría

Cuando Hölderlin, definiendo al hombre, escribe «un signo somos los humanos, cuya interpretación se nos escapa», nos acerca al borde del abismo, porque el hombre necesita tener certeza sobre su existencia en el mundo, no avanzar con los ojos cerrados sino otear el horizonte y mirar al suelo. Mirar para no confundir con Don Quijote los gigantes con los molinos, no ver soldados cuando son carneros, ni alancear batallones cuando solo hay pellejos de vino.

Lo primero es el reconocimiento y la aceptación de sí mismo, del origen, de las situaciones reales a partir de las cuales el hacer y pensar, proyectar y rechazar tienen fundamento. No se trata de un pasivo resignarse a los límites originarios determinados por la naturaleza o la sociedad sino de asumirlos y, si posible, superarlos. La aceptación de sí mismo es el punto de partida para existir con gozo y libertad en el mundo. Junto a la admiración por las cosas ha de ir el asombro ante el hecho de que existimos, de que la nada no nos domina sino que estamos puestos en la luz de la realidad. Sin tal aceptación la verdad de la vida carece de fundamento y de aquellas piedras sillares sobre las que se apoya el edificio de nuestra existencia.

Desde ahí tenemos que llegar al reconocimiento y consentimiento al otro. No hay un yo primero sin un tú y un nosotros. El cierre del hombre en sí por el egoísmo, la enfermedad o las circunstancias violentas del exterior, entenebrecen y ciegan la luz de su vida. De la aceptación primero de sí y luego de la aceptación del prójimo nace ese contento radical junto con el sosiego sereno y distendido que llamamos alegría. Alegría de ser, de existir en la luz y de contar con el futuro en la esperanza. La aceptación de sí y del prójimo lleva a una segunda actitud: portarse, y soportarse, cuando los cierzos azotan y nos quedamos aplastados como juncos bajo el vendaval.

La alegría supone la aceptación de uno mismo y del prójimo pero no es posesión autocentrada. La apertura y gozo de que el otro y de que los otros existan, contando con ellos no como ladrillos para edificar nuestra casa, sino como sujetos de conocimiento, libertad y decisión: tales son las condiciones de la alegría. Al hombre le es esencial el conocimiento de sí y por sí, a la vez que el reconocimiento-aceptación del otro y por el otro. Situado sobre ese confín u horizonte último el hombre consiente o rechaza a Dios, se alegra de que exista o niega su existencia, intentando borrar las huellas de su posible realidad y los signos de su real revelación.

Hay dos implantaciones de nuestro ser y hacer. La alegría de que Dios exista va unida en el hombre al gozo fundamental: existir él mismo y existir con los demás son gracia y tarea que se desbordarán en agradecimiento a Dios y agraciamiento al prójimo. Aquí retenerse es vaciarse y absolutizarse es relativizarse. A esta alegría de Dios y en Dios se contrapone la tristeza respecto de Dios y frente a Dios. Una y otra a veces están condicionadas por los contextos de origen, de esa urdimbre emocional de los meses de gestación, los tres primeros de vida y los tres años iniciales. El cariño o el rechazo, la ternura o la violencia de las manos humanas para el viniente, naciente y creciente determinan su posibilidad de abrirse a un absoluto de amor y libertad, con el que el hombre pueda existir: nos enseñó el maestro J. Rof Carballo.

Esa gestación de la naturaleza es también la que abre o cierra, dificulta o facilita la abertura a la fe en Dios. ¿No están en ese origen muchos de los rechazos de Dios, la tristeza de que exista, una negra envidia de su poder, queriendo arrebatárselo? Cada vez nos es más evidente que la cuestión de Dios y la cuestión del hombre, la crisis de aquel y la alegría o tristeza de éste, son inseparables.

La alegría del origen puede tener sus perversiones. En unos casos lo ocultamos avergonzados mientras que en otros es absolutizado, sin reconocer sus límites, aborreciendo otras formas de vida: el chauvinismo, el nacionalismo, la concentración en lo propio que no nos permite ver más allá de nuestras bardas y zarzas. La consecuencia son la negación del prójimo y la xenofobia. Este rechazo del diferente se puede proyectar sobre Dios, negándole o considerándole culpable de los propios desaciertos o sufrimientos, haciendo del mal argumento contra él y de los dolores concretos piedras para tirárselas a la cara.

En España encontramos hoy una tristeza derivada del cierre de muchos sobre sí mismos, del rechazo de sí, amén de los fracasos vitales. Además de esos hechos sociales, económicos y políticos hay algo que me parecería solo enfermizo y adolescente si no fuera por sus efectos devastadores: el malestar, tristeza y rechazo de la Iglesia, también entre ciertos católicos. Hay razones para la crítica pero lo que no tiene fundamento es esa distancia altanera de quienes desde su torre de marfil otorgan o niegan carnés de modernidad, progresía, santidad y fidelidad evangélicas. Todo lo que viene de otros o no concuerda con su lectura del Concilio Vaticano II les parece abominable.

Es hora de volver a reclamar tiempo para hablar de Dios después de haber hablado tanto del hombre, de alegrarse en Dios a la vez que en el hombre, sabiendo agradecidos que él se hizo hombre, compartió nuestros límites, sufrió, gozó y superó nuestra historia. Es hora de alegrarse de la Iglesia en el mundo y de sus instituciones en España, de compartir su destino, de dejar de utilizarla como peana para ostentar nuestras grandezas o realizar nuestros deseos. Hora de no mirarla desde fuera en espectadores sino de serla dentro en protagonistas, compartiendo riesgos, rechazos y alabanzas. Cada creyente está llamado a ser una microiglesia. Ella no es una empresa, ni un sindicato, ni una sociedad anónima: es una familia, la de Cristo y la de quienes quieren ser como él. ¡Ya solo este querer merecería todo aprecio y elogio!

Si antes se la utilizó haciendo de ella escudo de vanagloria propia, ahora hay que ser solidarios con ella cuando los vientos vienen del frío norte. Hay que atreverse a decir que ella es columna de la verdad que Dios nos ha dejado y a repetir con Pascal, que su historia es la historia de esa verdad necesaria que, superándonos, nos está destinada. Una verdad a veces mezclada con sangre y violencia. Pero, ¿qué realidad hermosa no ha sido degradada por los hombres? En medio de nuestra pobreza de mortales pecadores, ¿donde han brillado tanto amor, santidad, servicio, poesía, misericordia y esperanza como en ella?

La alegría de Dios y el gozo de ser iglesia son dos carencias a la vez que dos urgencias en España. Ellas también pertenecen a las causas de la crisis y a las posibles salidas de ella.

Olegario González de Cardedal, teólogo.

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