Alternativas al fatalismo tras Barcelona

Una pátina de fatalismo y resignación trasluce tras las justificaciones de la imposibilidad, real por otra parte, de alcanzar la reiterada “seguridad total” que venimos escuchando estos días tanto de boca de expertos como de responsables políticos. Asumir la facilidad con la que se pueden cometer atentados terroristas como el de Barcelona no debe desviar nuestra atención de la complejidad de un fenómeno en el cual Occidente tiene mucho que decir. No sólo porque sea responsable de disparates históricos como armar y financiar a los talibán de Bin Laden en la guerra de Afganistán contra los soviéticos o invadir y desmantelar Irak en 2003 para aupar a un Gobierno sectario incapaz de controlar el territorio. Así se facilitó, con presencia militar estadounidense sobre el terreno, no sólo el resurgimiento de Al Qaeda, sino la polarización y el vacío de poder necesario para que surgiese el Estado Islámico y controlase una extensión tan amplia de territorio.

La visión cortoplacista de los políticos occidentales se vuelve a reproducir estos días cuando se apresuran a dar carpetazo al tema con la próxima “liberación” de Tal Afar, la última ciudad iraquí en manos de las huestes del califa Ibrahim. Nada importa a los mandatarios occidentales que nuestros aliados en Bagdad basen su fortaleza armada en milicias sectarias como Al Hashad al Saabi, denunciadas repetidamente por Naciones Unidas y asociaciones internacionales de derechos humanos por las barbaridades que cometen, incluidas decapitaciones que no llegan a nuestros medios. Es obvio que la pérdida del territorio por parte del IS es una buena noticia, pero sería naif pensar que con ello se soluciona el problema que alimenta la bestia. Entregando el control de estas poblaciones que llevan sufriendo un acoso sistemático desde 2003 a ese mismo Gobierno que lleva 14 años plantando la semilla del sectarismo, seguirá habiendo seguidores frustrados de grupos extremistas como Al Qaeda, IS o el siguiente que surja.

Las decisiones cortoplacistas de los gobiernos occidentales no se limitan sólo a la política internacional, también tienen su reflejo a la hora de abordar internamente el complejo fenómeno que estamos viviendo. Otro de los mantras que se escucha de expertos en terrorismo y políticos es que la mera respuesta securitaria no va a conseguir acabar con esta lacra. El fatalismo del que hablamos al principio parece ir encaminado a adormecer a la población para que no exija una respuesta global y compleja a un problema muy complicado con numerosas aristas. A pesar de esta retórica, desde los atentados de las Torres Gemelas en 2001 hasta los recientes ataques en Europa los gobiernos occidentales han generado una respuesta casi exclusivamente basada en la seguridad. En España, el mismo Plan Estratégico Nacional de Lucha Contra la Radicalización Violenta parece tener dificultades para encajar programas educativos, de sensibilización o formación que no tengan fines de recabar información de seguridad. Atendamos a la teoría de la Escalera de la Radicalización de Fathali M. Moghaddam, de la Universidad de Georgetown, e imaginemos esta escalera en perspectiva con una ancha base desde donde empiezan a subir escalones los individuos que se radicalizan, y en lo más alto un estrecho sexto escalón que es el que alcanzarían sólo unos pocos pero letales terroristas. Cuanto menor sea la base de dicha escalera, menos serán los individuos que trepen todos los escalones hasta llegar al radicalismo violento. La mejor forma de reducir dicha base no pasa sólo por dejar de apoyar a regímenes que fomentan el radicalismo violento como Arabia Saudí o a dictadores como el mariscal Sisi en Egipto que frustran las legítimas aspiraciones de pan, libertad y justicia social que pedían los jóvenes árabes en sus revoluciones, sino también por tomar conciencia de que nuestras sociedades son diversas y, como tal, debemos gestionarlas y disfrutarlas.

El grito de la ciudadanía barcelonesa “no tinc por” ha sido una gran lección y una toma de conciencia de que, efectivamente, no se debe caer en el fatalismo y acostumbrarnos a ser golpeados cíclicamente por el terrorismo. Si como sociedad somos capaces de hacer frente al miedo y al terror que intentan imponer los terroristas no hay que ser menos vigilantes ante otro virus, más sutil, que intentan inocularnos con estos atentados: el odio. Los procesos de radicalización y captación son múltiples y complejos, pero a grandes rasgos orbitan en torno a dos elementos: por una parte, transmitir una sensación de victoria a sus seguidores mediante acciones como los atentados terroristas o la conquista de territorio como hicieron en Siria e Irak. El segundo elemento se basa en el victimismo hacia el islam repitiendo máximas del tipo “el islam está en peligro, estamos siendo atacados”. Aquí es donde parece que los terroristas están teniendo un mayor éxito.

Según datos de la Plataforma Ciudadana Contra la Islamofobia, los incidentes islamófobos han crecido un 1.200% entre 2014 y 2016, alejándonos peligrosamente de la reacción popular tras los atentados de Atocha. En este ámbito, personajes públicos, desde políticos a youtubers, y medios de comunicación tienen un papel fundamental para frenar esta tendencia evitando generalizaciones y discursos estigmatizadores contra el islam basados en la confrontación de un nosotros (blancos, educados y pacíficos) contra ellos (grupo homogéneo, primitivo, radical). Según los datos que en breve hará públicos el Observatorio de la Islamofobia en los Medios, tras analizar cerca de 1.400 artículos de seis periódicos de tirada nacional, cerca del 70% de los publicados durante el primer semestre de 2017 tienen carácter islamófobo, es decir generan fobia contra el islam y los musulmanes. Otro dato estadístico que nos debe hacer reflexionar sobre la información que recibe el ciudadano de a pie de su vecino musulmán es que el 82% de estas 1.400 noticias tratan temas negativos. ¿Se imaginan la percepción social de una comunidad, empresa, institución, club de fútbol… de la cual se hable mal en el 80% de los casos?

Este reto, el del odio, es mucho más sibilino y potencialmente más destructivo para la sociedad, por lo que sería lógico hacerle frente de forma conjunta y coordinada entre instituciones públicas, sociedad civil, medios de comunicación y ciudadanía en general. En este punto es cuando hay que exigir a los políticos que más allá de las fotos y las grandilocuentes palabras huecas bajen a hacer política real entendida como la gestión de los asuntos que afectan a la ciudadanía abandonando las medidas placebo de seguridad para hoy y odio para mañana, asumiendo el reto de afrontar de una forma transparente y global este fenómeno. Una aproximación que, por supuesto, implica una parte importante de seguridad, pero conducida por expertos con los recursos necesarios para poder cumplir de la mejor manera posible con su cometido sin necesidad de revertir las garantías y libertades que son nuestra seña de identidad como sociedad. Lo que no es admisible es pretender convertir al ciudadano en un informador experto en radicalización (cuando hemos visto en Barcelona que ni el círculo más cercano se percató de la radicalización de los terroristas) dispuesto a delatar a cualquier barbudo que ayune más de la cuenta, como parece pretender la web del Ministerio de Interior www.stop-radicalismos.es que invita a “comunicar cualquier incidencia o problemática que, posiblemente, suponga el inicio o desarrollo de un proceso de radicalización”.

Más grave es la adopción por parte de la Generalitat del Procedimiento de Detención de la Radicalización Islamista en las escuelas, que pretende que sean los profesores los que detecten la radicalización de sus alumnos y lo denuncien a los Mossos. Ignorando el fracaso de estas medidas en otros países como es el caso del programa Prevent en el Reino Unido (donde niños han sido enviados a la policía por mostrar simpatía por la causa palestina o por su forma de vestir). El mensaje que se está mandando es que se prioriza el convertir el entorno escolar en un marco de vigilancia y sospecha constante contra los alumnos musulmanes en lugar de pensar en la escuela como un espacio de confianza, refugio donde se transmitan valores de inclusión y respeto que sí pueden ayudar a chavales como los que han perpetrado los atentados de Barcelona a recibir otros puntos de vista. Si por el contrario nos empeñamos en popularizar la vigilancia sobre la comunidad musulmana puede que se sientan estigmatizados y estemos haciendo el trabajo de las redes de radicalización empujando a que individuos concretos se cierren y busquen su sentimiento de pertenencia en otros entornos.

Más allá de estas críticas constructivas debemos citar también iniciativas y experiencias que ya están dando resultados muy positivos, como la política de inclusión y fomento de la participación que lleva años implementando el Ayuntamiento de Fuenlabrada (Madrid), otros proyectos incipientes como el Plan Municipal de Lucha contra la Islamofobia del Ayuntamiento de Barcelona, el Observatorio para la Prevención del Extremismo Violento (OPEV) que, también desde la Ciudad Condal, reúne a organizaciones de la sociedad civil de 22 países del Mediterráneo para plantear acciones concretas desde la ciudadanía para combatir este fenómeno, o el programa que desde la Comisión Europea se ha puesto en marcha para fomentar el papel de la juventud en la lucha contra la radicalización violenta. Pero todos estos esfuerzos puntuales, si no se coordinan y encajan en una política estratégica con visión a largo plazo, serán insuficientes ante la efectividad que los terroristas han demostrado para generar odio y división en nuestras sociedades.

Pedro Rojo es arabista y presidente de la Fundación Al Fanar.

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