Amar a Estados Unidos y marchar por la paz

Por Umberto Eco, escritor y semiólogo italiano. © La Repubblica, 2003 (EL PAÍS, 23/02/03):

El mal hace daño. No digo nada nuevo si recuerdo que la finalidad principal de cualquier acción y movimiento terrorista es desestabilizar el campo de aquellos a quienes ataca. Desestabilizar quiere decir poner nerviosos a los demás, hacer que sean incapaces de reaccionar con calma, que sospechen unos de otros. Ni el terrorismo de derechas ni el de izquierdas han conseguido, a fin de cuentas, desestabilizar, por ejemplo, a Italia. Por eso han sido derrotados, por lo menos en su primera y más temible ofensiva. Pero en el fondo, se trataba de fenómenos provincianos.

El terrorismo de Bin Laden (y en cualquier caso, de la amplia franja fundamentalista que representa) es evidentemente mucho más hábil, difuso y eficiente. Ha conseguido desestabilizar al mundo occidental, después del 11 de septiembre, evocando antiguos fantasmas de lucha entre civilizaciones, guerras de religión y choque de continentes. Pero ahora está consiguiendo un resultado mucho más satisfactorio: después de haber hecho más profunda la fractura entre el mundo occidental y el tercer mundo, ahora está fomentando profundas fracturas en el interior del propio mundo occidental.

Es inútil hacerse ilusiones: se están perfilando conflictos (no bélicos, pero, desde luego, morales y psicológicos) entre Estados Unidos y Europa, y una serie de fracturas en el interior de la propia Europa. Cierto antiamericanismo francés latente empieza a dejarse oír en voz más alta y (¿lo habríamos imaginado alguna vez?) en Estados Unidos vuelve a estar de moda el apodo de comedores de ranas con el que antaño se designaba a los franceses.

Para mantener los nervios a raya habrá que recordar ante todo que estas fracturas no enfrentan a los estadounidenses con los alemanes, a los ingleses con los franceses. Al asistir a las protestas contra la guerra que están surgiendo en ambas orillas del Atlántico, intentamos recordar que no es cierto que “todos los estadounidenses quieren la guerra” y tampoco que “todos los italianos quieren la paz”. La lógica formal nos enseña que basta con que un solo habitante del globo odie a su madre para no poder decir “todos los hombres quieren a su madre”. Sólo se puede decir “algunos hombres quieren a su madre” y “algunos” no quiere decir necesariamente “pocos”, también puede querer decir el 99%.

Pero tampoco el 99% se traduce como “todos”, sino como “algunos”, que precisamente quiere decir no todos. Hay pocos casos en los que se puede usar el llamado cuantificador universal “todos”: con seguridad, sólo para la afirmación “todos los hombres son mortales”, porque hasta hoy, incluso los dos de los que se piensa que resucitaron, Jesús y Lázaro, en un determinado momento dejaron de vivir y pasaron por el embudo de la muerte. Por lo tanto, las fracturas no son entre los todos de una parte y los todos de otra: son siempre entre algunas de las dos (o tres, o cuatro) partes. Parece una minucia, pero sin este tipo de premisas se cae en el racismo.

En lo más vivo, y sangriento aunque todavía no sangrante, de estas fracturas, se oyen cada día afirmaciones que se vuelven fatalmente racistas, del tipo de “todos los que temen la guerra son aliados de Sadam”, pero también “todos los que consideran indispensable el uso de la fuerza son nazis”. ¿Intentamos razonar?

Hace unas semanas un crítico inglés hablaba, por otra parte en un tono en general favorable, de mi librito Cinco escritos morales, traducido hace poco en su país. Pero cuando llegó a la página en que escribo que la guerra debería convertirse en un tabú universal, comentaba sarcásticamente: “Que vaya a decírselo a los supervivientes de Auschwitz”. Quería decir que si todos hubieran sentido horror por la guerra no se habría producido ni siquiera la derrota de Hitler y la salvación (desgraciadamente, sólo de “algunos”) de los judíos encerrados en los campos de exterminio.

Ahora bien, esto me parece un razonamiento como mínimo injusto. Yo puedo sostener (y de hecho sostengo) que el homicidio es un crimen inadmisible y no me gustaría matar a nadie en mi vida, pero si un tipo armado con un cuchillo entrara en mi casa y quisiera matarnos a mí o a alguno de mis seres queridos, haría lo posible por detenerlo rompiéndole una silla en la cabeza, y si se quedara en el sitio no sentiría el más mínimo remordimiento. De igual forma, la guerra es un crimen y el culpable que desencadenó la guerra mundial se llamaba Hitler: si luego, una vez que la desencadenó, los aliados se movilizaron y opusieron violencia a violencia, hicieron naturalmente bien, porque se trataba de salvar al mundo de la barbarie. Eso no quita que la Segunda Guerra Mundial haya sido algo atroz, que haya costado 55 millones de víctimas, y que habría sido mejor que Hitler no la hubiera desencadenado.

Una forma menos paradójica de objeción es ésta: “¿Por lo tanto, admites que estuvo bien que Estados Unidos interviniera militarmente para salvar a Europa e impedir que el nazismo erigiera campos de exterminio también en Liverpool o Marsella?”. Desde luego, respondo, hicieron bien, y para mí permanece como un recuerdo imborrable la emoción con la que a los trece años fui al encuentro del primer regimiento de liberadores estadounidenses (entre otras cosas, un regimiento de negros) que llegaba a la pequeña ciudad adonde me habían evacuado. El cabo Joseph, que me dio los primeros chicles y los primeros tebeos de Dick Tracy, se hizo pronto amigo mío. Pero a esta objeción, después de mi respuesta, sigue otra: “¡Por lo tanto, los estadounidenses hicieron bien en arrancar de raíz la naciente dictadura nazifascista!”.

La verdad es que no sólo los estadounidenses, sino tampoco los ingleses y los franceses, acabaron con las dos dictaduras cuando estaban naciendo. Al fascismo intentaron contenerlo, amansarlo e incluso aceptarlo como intermediario hasta principios de 1940 (con algún acto demostrativo, como las sanciones, pero poco más), y al nazismo le dejaron expandirse durante algunos años. Estados Unidos intervino después de que los japoneses atacaran Pearl Harbor y, entre otras cosas, corremos el riesgo de olvidar que fueron Alemania e Italia, después de Japón, quienes declararon la guerra a Estados Unidos, y no al contrario (sé que a los más jóvenes esto les puede parecer una historia grotesca, pero ocurrió precisamente así).

Estados Unidos esperó para entrar en el conflicto, a pesar de la tensión moral que le empujaba a hacerlo, por razones de prudencia, porque no se sentía bastante preparado, e incluso porque en su seno había simpatizantes (famosos) del nazismo, y Roosevelt tuvo que hilar muy fino para arrastrar a su pueblo a ese acontecimiento.

¿Hicieron mal Francia e Inglaterra en aguardar -esperando frenar el expansionismo alemán- a que Hitler invadiera Checoslovaquia? Quizá, y se ha ironizado mucho sobre las maniobras desesperadas de Chamberlain para salvar la paz. Esto nos dice que a veces se puede pecar de prudencia, pero que se intenta todo lo posible con tal de salvar la paz, y por lo menos al final quedó claro que fue Hitler quien empezó la guerra y que, en consecuencia, tenía toda la responsabilidad.

Por lo tanto, me parece injusta la primera página de ese diario estadounidense que publicó una foto del cementerio de los valientes yanquis muertos por salvar a Francia (y es verdad) advirtiendo que ahora Francia está olvidando esa deuda. Francia, Alemania y todos aquellos que encuentran prematura una guerra preventiva hecha ahora y sólo en Irak no están negando solidaridad a Estados Unidos en un momento en el que está, por así decirlo, rodeado por el terrorismo internacional.

Sólo sostenemos, como piensan muchas personas con sentido común, que un ataque a Irak no derrotaría el terrorismo, sino que probablemente (y en mi opinión seguramente) lo potenciaría, y llevaría a las filas terroristas a muchos que ahora se encuentran en condiciones de perplejidad y prudencia. Piensan que el terrorismo capta adeptos que viven en Estados Unidos y en Europa, y su dinero no está depositado en bancos de Bagdad, pero pueden recibir armas, químicas o no, también de otros países.

Intentemos imaginar que, antes del desembarco de Normandía, De Gaulle se hubiese empeñado, en vista de que tenía sus tropas en los territorios de ultramar, en exigir un desembarco en la Costa Azul. Los estadounidenses y los ingleses probablemente se habrían opuesto, alegando numerosas razones: que en el Tirreno había todavía, al este, tropas alemanas que controlaban las costas italianas al menos en el golfo de Génova, o que desembarcando al norte tenían a sus espaldas a Inglaterra y era más seguro hacer que las tropas de desembarco transitaran por la Mancha en vez de navegar por todo el Mediterráneo. ¿Habríamos dicho que Estados Unidos apuñalaba a Francia por la espalda? No, habrían expresado un desacuerdo estratégico y, en efecto, considero que era más razonable desembarcar en Normandía. Habrían usado todo su peso para inducir a De Gaulle a no realizar una operación estéril y peligrosa. Nada más.

Otra objeción que circula es ésta, y me la planteó hace poco un señor muy importante y digno de alabanza por los esfuerzos realizados desde hace años en misiones de paz: “Pero Sadam es un dictador feroz, y su pueblo sufre bajo su sangriento dominio. ¿Es que no vamos a pensar en los pobres iraquíes?”. Pensamos en ellos, desde luego, pero, ¿estamos pensando en los pobres coreanos del norte, en quienes viven bajo el yugo de tantos dictadores africanos o asiáticos, en quienes se han visto dominados por dictadorzuelos de derechas apoyados y alimentados para impedir revoluciones de izquierdas en América del Sur?

¿Se ha pensado alguna vez en liberar con una guerra preventiva a los pobres ciudadanos rusos, ucranios, estonios y uzbecos que Stalin mandaba a los gulag? No, porque si hubiera que declarar la guerra a todos los dictadores, el precio, en términos de sangre y de riesgo atómico, sería enorme. Y por lo tanto, como se hace siempre en política, que es realista incluso cuando se inspira en valores ideales, se han dado largas, intentando obtener el máximo con medios no cruentos: la opción ganadora, entre otras cosas, en vista de que las democracias occidentales al final han conseguido eliminar la dictadura soviética sin lanzar bombas atómicas. Se ha necesitado algo de tiempo; alguno, mientras tanto, se ha dejado la piel, y lo sentimos, pero nos hemos ahorrado algunos cientos de millones de muertos.

Son pocas observaciones, pero suficientes, espero, para dar a entender que la situación en la que nos encontramos no consiente, y precisamente debido a su gravedad, estos cortes tajantes, divisiones de campo, condenas del tipo “si piensas así eres nuestro enemigo”. También esto sería fundamentalismo. Se puede amar a Estados Unidos, como tradición, como pueblo, como cultura y con el respeto que se debe a quien ha ganado a pulso los galones de país poderoso del mundo, se puede haber estado golpeado en lo más íntimo por la herida que sufrió hace más de un año, sin por ello eximirnos de advertirle que su Gobierno está tomando una decisión equivocada y debe sentir no nuestra traición, sino nuestro franco desacuerdo. De otro modo, lo que se habría conculcado sería el derecho al desacuerdo. Y eso sería precisamente lo contrario de lo que nos enseñaron a nosotros, jóvenes de entonces, después de años de dictadura, los libertadores de 1945.

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