Amar, donar, vender

La historia de Paola y Luisa Favaretti merece un comentario, pero como el azar carga los artículos de significados que tienen muy poco que ver con las intenciones del autor, hay que contarlo todo desde el principio. Cuando yo era niño, la cena de Nochebuena tenía algo de ensoñación. Alejada de la magia, porque todo era real, incluso tangible, se podía comer y disfrutar, y aunque no hubiera una recomendación expresa, a ninguno se le ocurría enfadarse. Lo recuerdo como el único momento en que nadie osaba negarse a responder a una pregunta, o a contar una historia olvidada, o a cantar la canción más pedestre.

Eso me ha limitado siempre a la hora de narrar determinadas historias durante las Navidades, por una especie de sentido de la responsabilidad familiar, según la cual nadie tiene derecho a fastidiarle a uno las fiestas por el prurito de que está cabreado o deprimido, o como en este caso, se te cruza de vísperas una historia como la de Paola y Luisa Favaretti. Y además, ya puestos, habría que confesarlo todo. La única mota triste en aquel insólito panal de felicidad, en el que nos sentíamos como abejas reinas por una noche, se reducía a unas frases, siempre las mismas, que mi madre nos dirigía precisamente a nosotros, los niños. Lo hacía apenas mi padre había bendecido la mesa – era la única noche del año en que se cenaba en el comedor, un comedor donde jamás se comía, y era también la única en que mi padre cumplía el expediente de “bendecir la mesa”-.En ese preciso momento, en que ya habíamos echado mano de las servilletas para enlazarlas al cuello – el primer plato, irremisiblemente, consistía en sopa de pescado-,ahí llegaba una admonición, la única de la noche: “Acordaros de los niños pobres, que no tienen qué comer y que pasan frío en Nochebuena”.

Estoy seguro de que el asunto no alcanza para una paginita de Freud, pero nos quedábamos por un momento en suspenso, casi diría que con la cuchara en el aire, para en seguida recuperar nuestro estado de ansiedad habitual, que se diría hoy, y ni había niño, por sufriente que fuera, que nos limitara el gozo de aquella cena suculenta. Ahora bien, nunca se me olvidó ni el momento ni la intención. De haber sido niños sensibles y posmodernos, aún hoy estaríamos pagando a los psicólogos, psiquiatras y expertos en autoayuda. Debió de ser entonces cuando decidí que si alguna vez llegaba a ser mayor – fíjense en lo que los pedantes llamamos el cambio de paradigma: nosotros detestábamos ser niños-no haría nada que pudiera molestar a los que disfrutan con la Navidad.

Esa es la razón por la que dejé pasar en Nochebuena la historia de Paola y Luisa Favaretti, por una querencia de infancia, por un impulso de raíz freudiana o un acto fallido fermentado quizá en la evocación de un pasado que no volverá. Y hete aquí que creyendo cumplir con un atavismo íntimo me veo ahora coincidiendo con una campaña institucional sobre trasplantes de órganos, en la que para paliar la reducción de donantes, se reivindica la figura del buen samaritano,que sería aquel que dona sus órganos gratuitamente y por adelantado.

A mí la sanidad, como a casi todo el mundo, me impone respeto, pero la estadística sanitaria me aterra. Sirve para todo. ¿Por qué razones ha bajado la donación de órganos en España durante el 2010? Según los expertos gubernamentales, porque se han reducido los muertos en accidentes de tráfico. Un argumento de Estado de dudosa verosimilitud, pero yo no quería hoy hablar de esto, por más que se me haya metido una campaña oficial por el medio. Ya habrá tiempo de escribir sobre esa metáfora del siglo XXI que son los trasplantes. Tan simbólicos y tan reales como para que un juez de EE. UU. sea capaz de poner en libertad a una condenada porque su riñón es rentable al estado de Misisipi. O que el primer ministro electo de Kosovo, un país que nació de la mafia, por la mafia y para la mafia, se haya dedicado a cultivar los órganos de sus presos para luego venderlos en el mercado.

Se agradecen las fotos en las historias humanas. Estos chicos del periodismo postdigital no se dan cuenta de que tienen la pelea perdida frente a la televisión. Mientras en la pantalla aparecen imágenes, en los diarios no salen más que siglas; informaciones que nacen muertas. Tengo delante de mí el retrato de Paola Favaretti que publicó Corriere della Sera.Exhibe una sonrisa grande, casi insultante para un rostro tan pequeño, enmarcado por un pañuelo en la cabeza, que disimula con toda probabilidad el cráneo mondo que le dejó la quimio, y unos ojos vivos, algo estrábico el derecho. Pero inspira entusiasmo, gracia. Nuestros periódicos no hubieran publicado la foto y su nombre se reduciría a unas mayúsculas.

Paola Favaretti, de 55 años, médico anestesista, nacida en Padua, residente en Nueva Zelanda, casada y con un hijo, tiene leucemia. Conoce la materia y lo ha intentado todo. Con toda seguridad se podría decir que ha tratado de evitar la última parte, ese reto que pone la conciencia a los pies de los caballos, y que consiste en decirle a alguien que comparte contigo la sangre, los padres, la historia, el pasado, las confidencias, la vida… que dependes de él y que no hay nadie más que él para sacarte del pozo.

Y lo hizo, no tuvo más remedio. Lo había intentado con un alemán que resultaba compatible en una proporción discreta, pero no salió, y allí siguió con su pañuelo a la cabeza y su ojo estrábico. Había que llamar a Padua y decirle a su hermana Luisa que nadie, salvo ella, podía sacarla del corredor de la muerte. Y era verdad, Luisa resultaba compatible al cien por cien, y ahí empezó la historia que no se podía contar en Navidad sin hacer incordio.

Paola Favaretti ya no tenía otra opción que su hermana Luisa. Un trasplante de médula no es la ruleta rusa, por más que cierto atavismo cultural sugiera algo intimidante. En el fondo se reduce a una cuestión de corazón: quieres o no quieres, te arriesgas o te arrugas. No me cuesta imaginarme a Luisa Favaretti dándole vueltas al asunto, consultando a los suyos, inquieta ante la duda. Es profesora en un colegio de primaria, está casada. Tiene su criterio y su inseguridad. Frente a lo que la gente cree, la reflexión genera dudas, siempre. Y dijo que no. Luisa no aceptó esa complicidad cariñosa en la que arriesgas algo para salvar mucho, y le respondió a su hermana, en la distancia que media entre Padua y Auckland, Nueva Zelanda: “No me atrevo a correr ese riesgo”. Fue la última comunicación, desesperante, que recibió una mujer que  lo ha intentado todo y que no tiene otra salida que el trasplante. Lo explicó ella misma antes de morir: “Venció el miedo y la ignorancia”. Y quizá más, añado yo, porque cuando el ser humano frágil se enfrenta a retos superiores a su inmarcesible mediocridad, empieza a sacar de su armario íntimo todas aquellas cosas que se había guardado. La familia es un armario ropero donde cabe todo, pero nunca sabes cómo lo vas a encontrar el día que tengas que abrirlo.

Por eso envió un último mensaje a Luisa, en el intento de vencer esa resistencia que la llevaba a la muerte: “Piénsatelo, porque sin el trasplante no llegaré a Navidad”. Confirmó el veredicto. Era, de seguro, una buena médico. Murió el 22 de diciembre, de vísperas. La red de internautas animó a algún vecino para que instalara una pancarta en Padua, frente a la casa de la improbable donante: “Luisa matará a su hermana si no dona la médula”. Los nuevos inquisidores del siglo XXI, anónimos y despreciables, conforman la misma peste de denunciadores que vivimos en el anterior. Al fin y a la postre, donar es un acto de amor, probablemente el acto de amor más sentido de nuestra época, el de dar a alguien una parte de nosotros mismos que le permita seguir viviendo.

En un mundo de canallas, donde los jueces imitan al mercader de Venecia y los gobernantes conspiran con Macbeth, ¿quién, que no sea un internauta anónimo y desvergonzado, puede reprocharle a alguien que no ame? Que no ame lo suficiente.

Gregorio Morán

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