Ambición y destino… y cuajo (1)

Llevaba años imaginando el entierro de Adolfo Suárez; no tiene nada de morboso, soy su primer biógrafo desde el ya lejanísimo 1979. Cuando le llegara la hora del sueño eterno y abandonara la frágil tela de araña en la que se había convertido su vida de enfermo de la desmemoria, ¿quién estaría allí para orientar las exequias, los gestos, los protocolos, todo eso que constituyen las obligaciones del poder?

Se podría hacer una colección de adjetivos a propósito del que fuera Adolfo Suárez. Fue conocido en la vida política de los 80 por el Duque, cual si se tratara, amén de un tahúr del Misisipi –expresión muy usada, al parecer “sin acritud”–, de un pistolero de Montana. “¿Para quién trabaja ahora el Duque?”. Lo escuché con reiteración y no hay tartufo, ahora de luto, capaz de negarlo. Es como lo del Chuletón de Ávila. Ahora resulta que los usufructuarios del legado aseguran que se trataba de un elogio. No hay restaurante español de postín y precio de entonces donde los camareros dudaran cuando el visitante dominguero rodeado de copas, señoras y perdices, gritara bien alta su exigencia: “A mí ponme un Suárez”. No necesitaba más detalles. Y eso significaba un chuletón de ternera de Ávila “poco hecho”.

¿Ocurriría el fin de su vida con un gobierno del PP? ¿De Aznar, de Oreja, de Rato o de Rajoy? No hubiera sido lo mismo. Cada uno hubiera extraído del evento necrófilo algo en su favor, porque sus vidas políticas se habían cruzado con la de Suárez y no para bien. Pero fue a dar con Rajoy, sin similitud alguna con la sangre caliente de Adolfo Suárez –no me refiero al consenso, la concordia y demás apostillas inventadas por el equipo médico habitual de todas las catástrofes; me refiero al entorno de asesores, sumado al descerebrado hijo del insigne fallecido, que se basta solo para demostrar allá donde hable, allá donde vaya, allá donde proponga algo, que los padres no somos responsables, más que en muy escasa medida, de la estupidez fantasiosa de nuestros retoños cuando crecen–. Una cuestión sanguínea. Adolfo Suárez fue el único dirigente de la derecha española que tenía sangre caliente; Fraga sólo se enervaba con los subalternos. La derecha española no se calienta desde Sagasta y Cánovas, pasando por Cambó y los Calvo Sotelo, no digamos ya el Caudillo, y ese paradigma de invertebrado, apellidado Rajoy. El Aznar que conocimos se caldeaba en los mítines.

Cuando vi aparecer ante los medios de comunicación a Adolfo Suárez Illana anunciando la inminente muerte de su padre tuve la convicción de que aquello iba a ir mal o muy mal. Conozco el paño. Fuera del hecho de casarse con señora rica y de buen ver, fundamental cuando lo único que tiene uno es prosapia paterna y escasas luces, y no ha hecho nada que no sea un disparate, cabe temer lo peor. Podría contarles lo de “las cebollas rellenas” de El Entrego en el homenaje a un policía asesinado por ETA, o la respuesta que le dio a Aznar cuando perdió arrolladoramente en las autonómicas de 2003 en Castilla-La Mancha, frente a Bono. “¡La próxima vez quiero manos libres!”. Cuentan que Aznar no quiso ni siquiera recibirle: le había colocado gracias a su padre como número 1 en aquella campaña donde por primera vez se detectó que Adolfo Suárez había perdido los papeles, no sólo avalando al botarate de su hijo sino literalmente en pleno mitin, delante de todos. A este chaval que no terminó de crecer mentalmente y que tendría dificultades manejando una polaroid se le atribuyó la foto histórica con el Rey, de espaldas ambos, sobre la que ya he escrito lo suficiente en Ambición y destino (Debate, 2009).

Y ahora aparecía de nuevo para anunciar la inminente muerte de su padre en un acto que tenía mucho de surrealista y que provocó, como era lógico, la indignación del equipo médico. A este irresponsable no se le ocurrió otra cosa que anunciar que a Adolfo Suárez le quedaba un máximo de 48 horas, temeridad clínica que recordaba la aparatosa muerte del Caudillo, que alcanzó mes y medio, y que en este caso se acortó, aunque sobrepasando el límite del pitoniso. Pero ¿qué consiguió? Que desde aquel momento él fuera el centro de la noticia, el heredero del héroe. Pero hasta para hacer eso se necesita fuste y no puedes dar un anuncio que no te corresponde, por ser asunto médico, y no arrugarte en llantos. O lo haces como corresponde o encargas a alguien más bragado.

Y ahí empezó el espectáculo, a partir de este chaval que creció mal porque su padre no se ocupó de él; bastante tenía con ocuparse de sí mismo. Y lo que hubiera podido convertirse en un sobrio funeral de Estado por el primer presidente de la democracia restaurada se convirtió en una farandulesca fiesta lúgubre. Hay quien ha querido ver como evocaciones de Franco y su muerte, con sus colas de fieles y la parafernalia. Nada que ver. En Franco siempre dominaba lo castrense; todo evocaba cuarteles y estados mayores. Esto de Suárez tenía más bien un aire palermitano. No de la Sicilia popular y provinciana sino del Palermo capitalino. El cuajo que caracteriza a una generación de señores; impertérritos en su cinismo.

Primero los ditirambos mediáticos: “forjador”, “piloto”, “artífice”… Una competencia por la metáfora exagerada. Ni uno solo de los que le liquidaron política y humanamente se abstuvo de ofrecer su óbolo de elogios, sin darse cuenta que la desmemoria ciudadana no avala durante demasiado tiempo el comportamiento de estos judas con despacho. En sus artículos y declaraciones aparecen las historias más inverosímiles. He llegado a ver con mis propios ojos a uno de los Camuñas –eran dos hermanos y ninguno era bueno, Adolfo los detestaba a ambos y probablemente le costaba distinguirlos, como a mí– relatando una historia pedestre que retrata a un Adolfo Suárez en patán castizo durante una cena en el Elíseo rechazando los buenos vinos y solicitando un vaso de leche. Literalmente una imbecilidad típica de aquellos pijos que le odiaban porque reunía todas las condiciones para la inquina de clase: familia humilde, pueblo de Ávila, letrado sin letras, nada viajado, camisa azul desteñida, y además ¡presidente del Gobierno!

Confieso que la diferencia entre mi primera biografía del presidente en 1979, y la segunda y definitiva Ambición y destino (2009) se reduce a la piedad. La primera era la invención de un presidente –y a ello dedicaré mi próxima sabatina–, la segunda es “la verdadera muerte de Adolfo Suárez”, y con ella dejaré para mejor ocasión volver al tema. No he querido participar en ninguno de los festejos necrológicos a los que he sido convocado en estos días y pido disculpas a algunos amigos con lo que me hubiera gustado hablar de Adolfo Suárez. Pero hacer de pepito grillo en un funeral social de Estado, digo bien, social y de Estado, resulta patético. Qué carajo pinto yo diciendo las verdades del barquero, cuando ni hay muelle, ni los barcos admiten persona alguna que no explique tonterías.

Imaginemos Palermo, tarde de domingo en un hospital madrileño, donde el hijo de un viejo político perdido por la ambición, la mala suerte y el alzheimer, va recibiendo a los compañeros de oficio de su padre. Todos gente del bronce, duros y amenazadores como una pistola descargada. Me detengo en uno, Jordi Pujol, expresident de la Generalitat, enemigo acérrimo del finado pero superviviente de “las matanzas” de la transición, que fueron muchas y “sangrientas”. El veterano Pujol se acerca al chaval, el hijo del Duque, tan crecido él, y le apoya la mano en el hombro. Ese gesto que en Sicilia, tan española, tiene el valor de precisar quién manda y quién escucha. Y le va hablando, casi al oído; no sabemos lo que le dice, sólo la mano sobre el hombro en señal de superioridad y la palabra prieta que no da lugar a respuesta.

Cabe pensar si no le habrá dicho en italiano, porque el chico no hubiera entendido la variante siciliana: “Tuo padre e io siamo stati così bravi e tanto felici”.

Gregorio Morán

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