Ambigua cultura

Por Félix de Azúa, escritor (EL PAIS, 10/06/05):

Durante las fiestas de la apacible población catalana de Berga se produjo, a finales de mayo, un asesinato. Cierto grupo de muchachos conocidos como “los Catoños” se liaron a golpes con otro grupo del que no conocemos las señas. Acertó a pasar por allí una inspectora de policía y gracias a ella sabemos que “un chico de aspecto suramericano, que portaba en su mano izquierda una navaja”, asestó un golpe mortal a otro joven cuya vida será ya eternamente incompleta. Ese mismo día en una radio catalana oí decir a un emocionado vecino de Berga que los agresores eran españoles “porque la navaja no forma parte de la cultura catalana”.

La semana anterior se había producido otro asesinato en L’Hospitalet, tras un enfrentamiento entre bandas del Instituto Margarida Xirgu. El director del centro, un hombre joven a quien luego pude ver por televisión y me pareció tan responsable como concernido, lo explicaba así: “Les han buscado las cosquillas y ellos han reaccionado, creemos, de la única manera que en su cultura saben reaccionar, que es, si la pelea va a más, sacar las navajas” (La Vanguardia, 2 de junio).

La palabra “cultura” se está empleando mucho últimamente en Cataluña. Los políticos nacionalistas (Convergencia y Esquerra) decidieron que a la Feria de Frankfurt sólo irían los catalanes que escriben en catalán. Los socialistas arguyeron que los que escriben en castellano también tenían derecho a ir porque “forman parte de la cultura catalana”. Ya se ve que esto de la cultura vale tanto para un roto como para un descosido.

Sin duda los asesinatos juveniles les deben de parecer cosa extraña a los nacionalistas, algo así como Puerto Urraco, o el Bronx, un asunto tan ajeno a la “cultura catalana” como escribir en castellano. Paradójicamente, el esfuerzo físico de los inmigrantes y extranjeros, su fuerza de trabajo y sus impuestos, eso sí que es “cultura catalana”, por no hablar de los beneficios que reportan a cientos de empresarios catalanes. Si estos extranjeros se marcharan a otro lugar, los empresarios catalanes se pelearían a navajazos por una subvención. Yo diría que para los nacionalistas es “cultura catalana” lo que beneficia a los poderosos, y es “extranjero” lo que les estropea la siesta, como las navajas o la lengua castellana.

Por eso los nacionalistas son esencialmente conservadores, porque se niegan a admitir que su cultura es la que hay, y no la que sueñan. Son conservadores porque no pueden aceptar que los navajazos de Berga y de L’Hospitalet son tan “cultura catalana” como la Virgen de Montserrat, las rumbas de Peret y las novelas de Eduardo Mendoza, por citar tan sólo productos de la gama alta.

Hay nacionalistas de dos tipos, ultraconservadores y conservadores, pero jamás se han visto nacionalistas socialistas. Mejor dicho, cuando se vieron, daban pánico. Un socialista reconoce que aquello que tiene lugar en su sociedad es propio de su sociedad y no el “fruto de la injerencia extranjera”, como decía Franco. En consecuencia, trata de ponerle remedio. En cambio, el nacionalista considera que esos problemas no son “suyos”, sino de “los otros”, y que bastaría con que los ecuatorianos, guineanos, murcianos, filipinos, magrebíes, andaluces y demás extraños rompieran a hablar en catalán para que de inmediato Cataluña fuera como Suiza o como Finlandia. A los inmigrantes no les integrará la explotación laboral y los bajos salarios, les integrará la lengua. Eso dicen creer los nacionalistas.

Esta vileza ideológica ha conducido a los socialistas catalanes a un callejón sin salida, y a los de Iniciativa (la Izquierda Unida de Cataluña, para entendernos), a convertirse en un patético partido testimonial. Y no va a ser fácil que enmienden. Los intereses económicos que manejan los políticos actuales son tan colosales que les ponen con toda naturalidad del lado de los poderosos. El nacionalismo es la coartada perfecta para ocultarlo todo. El pasado 2 de junio los parlamentarios catalanes han enterrado el desastre del barrio del Carmelo y los daños colaterales del 3%. Aquí no ha pasado nada, señores. Respiran aliviados los concesionarios, respiran las empresas subcontratadas, respiran los subvencionados y los sobornados, respiran los políticos. El resto, paga.

La realidad, no obstante, suele ser poco comprensiva con la ideología. “El Govern ve con inquietud el aumento de la violencia juvenil y la mala imagen de los Mossos”, titulaba el 1 de junio La Vanguardia. El presidente de Convergencia, el ufano Artur Mas, aseguraba que estamos asistiendo al nacimiento de la kale borroka catalana. Apresuradamente, el Primer Consejero, el independentista Josep Bargalló, lo desmentía con esta frase inolvidable: “No tiene ninguna base en la realidad, ya que la kale borroka ha sido un proceso de violencia social motivada por cuestiones de ideología política”, en tanto que los sucesos de Berga “son delincuencia estricta” (La Vanguardia, 1 de junio). ¡Qué sutil! La kale borroka vasca forma parte de la “cultura vasca”, los sucesos de Berga son “delincuencia”. La violencia nacionalista es “cultura”, la de la inmigración es crimen. Los nacionalistas no han leído a Brecht.

He aquí, una vez más, el profundo conservadurismo de los independentistas y su modo habitual de disimular los problemas. Un socialista no debería colaborar en este fraude. Lo lógico, lo natural, lo que Dios ha ordenado, es que los independentistas formen gobierno con Convergencia. Eso es lo justo y necesario. Los socialistas no deben sacrificar su conciencia sólo por un ansia estéril de poder. Eso no forma parte de la “cultura socialista”. Y les va a conducir al fracaso.

La magnánima comprensión que muestran los independentistas hacia “su” violencia hace imposible cualquier solución de la violencia “extranjera”. Que mantengan una larga y fructífera amistad con Otegi, que animen a sus juventudes a reventar actos universitarios, a apedrear a los Mossos, a manifestarse violentamente, que azucen el odio a los “españoles”, no son actitudes que permitan suponer que la violencia va a menguar en Cataluña. El odio a los españoles no es de especie distinta al odio al ecuatoriano, al nigeriano, al filipino o al judío. Se diría, más bien, que la “cultura de la violencia catalana” tiene un futuro prometedor.