Amenaza de tormenta

Por Juan Luis Cebrián (EL PAÍS, 04/03/03):

En su libro Amenaza de Tormenta (The Threatening Storm), el ex agente de la CIA y experto en Oriente Próximo Kennet M. Pollack describe los efectos probables de la inminente invasión de Irak. En el mejor de los casos, si la gran parte de su ejército no apoya a Sadam Husein y la resistencia en las ciudades es pequeña, habrá “sólo unos pocos cientos de americanos muertos en combate” y apenas unas semanas de operaciones; en el peor, si los soldados iraquíes mantienen su solidaridad con el régimen y se enquista la resistencia en Bagdad, los ejércitos de Bush y de sus aliados podrían contabilizar hasta diez mil cadáveres y la guerra prolongarse durante medio año. Como la virtud suele residir en el término medio, el clarividente analista cree que apenas un tercio de las fuerzas armadas mantendrán su apoyo al dictador y que los marines tendrán que librar algunas batallas urbanas, por lo que lo más probable es que mueran entre quinientos y mil invasores y que el conflicto acabe a los dos meses de empezar. Del número de bajas iraquíes, militares o civiles, ni una sola palabra.

La obra de Pollack ha sido un best-seller en Estados Unidos y parece el guión de lo que el Pentágono debe hacer o no en esta crisis. Como trabajó para la Administración demócrata y es un universitario laureado por Yale y el Instituto Tecnológico de Massachussets (MIT), sus argumentos a favor de la intervención militar han sido extremadamente útiles al equipo de halcones de la Casa Blanca que defienden la teoría del ataque preventivo frente a la amenaza que Husein representa para la paz mundial. Y ahí reside precisamente el meollo del problema, porque después de tantas argumentaciones a favor de la ofensiva, tratando de ligar al Gobierno iraquí con las actividades de Al Qaeda, describiendo los horrores indudables del régimen de Bagdad y husmeando la improbable existencia de armamento nuclear en sus bodegas, lo que permanece es la decisión irreversible de eliminar cuanto antes al sátrapa y de implantar una Administración favorable a los intereses occidentales en la zona. Por eso es irrelevante para el comienzo o no de las operaciones militares que Husein destruya sus misiles o que los inspectores encuentren un arsenal químico (de improbable efectividad si no está almacenado en condiciones estables que garanticen su potencia mortífera). No se trata únicamente de desarmar al monstruo, sino de eliminarlo, primero, y sustituirlo, después, por un gobernante amigo que goce de la protección de un ejército de ocupación yanqui capaz de avalar el nuevo orden mundial en el área. Eso permitiría retirar gran parte de las tropas estacionadas en Arabia Saudí, cuya monarquía ha financiado generosamente los movimientos fundamentalistas islámicos, controlar las fuentes del petróleo y mantener una gendarmería fuertemente armada en el vestíbulo del Asia Central cara al nuevo milenio: el del despertar de China como único poder alternativo al imperio americano, el más benigno de cuantos ha conocido la historia, en palabras de Hugh Thomas, pero no por eso menos imperial.

Cualquier visitante ocasional de Estados Unidos puede comprobar hoy dos cosas. La primera, que el país se encuentra aterrorizado, no sólo por los efectos devastadores de los ataques del 11-S, sino debido a la constante alarma creada entre la población por sus propios gobernantes. Hace unas semanas las gentes se abalanzaron sobre los supermercados y acabaron con las existencias de alimentos y agua, siguiendo las instrucciones dadas por las autoridades a través de la televisión: se trataba de acumular pertrechos frente a la eventualidad de un gigantesco nuevo ataque terrorista. Y hace apenas cinco días decidieron pasar del estado de alarma naranja nacional a la alarma amarilla: la naranja representaba la última gradación antes del indicativo rojo, avisador del máximo peligro. La segunda observación es que la opinión pública americana se halla cada vez más dividida respecto a esta guerra, pese a que la política del presidente Bush recibe todavía un 57 por ciento de apoyo según las encuestas. La comunidad intelectual y el mundo de los negocios comienzan a preocuparse seriamente por el distanciamiento de los tradicionales aliados europeos y la creciente oleada de protestas internacionales. Pese a haber sido Nueva York el escenario preferente del 11-S, y pese a que la ciudad se mantiene en un estado de depresión colectiva dieciocho meses después del derrumbe de las Torres Gemelas, no es en la costa oriental, sino en el Medio Oeste, la llamada América americana, donde la estrategia del Pentágono parece contar con más adeptos. Sin embargo, los líderes del Partido Demócrata, los hombres de negocios y los escritores y artistas muestran todavía enormes cautelas a la hora de pronunciarse públicamente contra la política oficial, temerosos de que les traten de traidores o antipatriotas, mientras numerosos columnistas de prensa tienden a confundir las masivas manifestaciones antibelicistas registradas en Europa con un primario sentimiento de antiamericanismo. De modo que en determinados sectores populares crece la incomprensión frente al extranjero, considerado antes que nada como un sospechoso en los controles de seguridad de los aeropuertos y de los grandes edificios de oficinas.

El ataque contra Irak era algo predecible desde los acontecimientos del 11-S y tras la definición del eje del mal por el inquilino de la Casa Blanca, pero el paso del tiempo conspira contra esa decisión. La existencia, quizá por primera vez en la historia, de una opinión pública global contraria a la intervención armada, las dificultades interpuestas por los aliados, la oposición creciente de muchos parlamentos a las directrices de sus gobiernos y la soledad en la que se debaten los adalides de la guerra hacen suponer que el presidente americano no ha de perder mucho más el tiempo. Algunos ponen de relieve que si la intervención hubiera tenido lugar, aun unilateralmente, en el marco de las operaciones de represalia contra el terrorismo de Al Qaeda, la protesta internacional habría sido mínima y, a estas alturas, cuando sólo queda año y medio para las elecciones, podría haberse terminado con todo el asunto y estar inmerso el equipo gobernante en la tarea de recuperar la economía, condición cada vez más indispensable para renovar el mandato presidencial. Un revés en la guerra que, en el escenario pesimista previsto por Pollack, prolongue las operaciones y multiplique las bajas americanas, sería también letal para los deseos de reelección del presidente, sin tiempo ya para reaccionar. Por eso es previsible que este mes marque el comienzo de los bombardeos y la subsiguiente invasión. Eso permite suponer que aunque la guerra siga siendo evitable, cada vez lo será menos, habida cuenta de la creciente concentración de tropas y la exigente radicalidad de las demandas sobre la inmediata desaparición del mapa de Sadam Husein. Las próximas votaciones en el Consejo de Seguridad han de adquirir más que nada un contenido moral, y de ellas no ha de depender tanto la decisión que tome el Pentágono como el reparto del previsible botín cuando comience la reconstrucción de Irak por aquellos que se aprestan ahora a destruirlo. Quiero decir con esto que una más que improbable retirada del sumiso apoyo que el Gobierno español está prestando al norteamericano no serviría de hecho para evitar el desastre, pero desde luego valdría para devolver un poco de dignidad a nuestra política.

Es precisamente sobre el contenido moral de nuestras opciones sobre lo que ha versado recientemente el discurso de los líderes del Partido Popular, que acusan de oportunistas o ingenuos a quienes se pronuncian contra la invasión, incluso si es la Santa Madre Iglesia quien lo hace, y obvian cualquier debate sobre la responsabilidad ética de quienes desean enviar las tropas a matar y a morir, a destruir hogares y patrimonios y a devastar por completo un país cuyos odiosos dirigentes han gobernado durante años como una finca particular gracias al favor y la complicidad de sus actuales enemigos. Las decenas de miles de previsibles víctimas civiles, ciudadanos indefensos, ancianos y niños, que han de morir en la conflagración, las que resulten de la balbuciente capacidad de defensa iraquí, la repetida violación del derecho internacional por ambos bandos y la utilización de inmensos recursos de los contribuyentes -también, en su debida proporción, de los españoles- resultan argumentos pequeños a la hora de torcer el rumbo de quienes, con desvergüenza memorable, tratan de ligar la lucha contra el terrorismo etarra al bombardeo y ocupación de Irak. Pero el más inmoral de los razonamientos es el que señala que nuestro Gobierno se ve obligado a ejercer sus responsabilidades al margen de los deseos e indicaciones de la opinión pública, como si al cabo no fuera el representante de ésta o como si hubiéramos recuperado el estribillo, tantas veces entonado por los viejos franquistas, de que los españoles no están preparados para la democracia.

El profesor John H. Hallowell recuerda que si la política real deja de conformarse a la idea de la democracia, no es el concepto de ésta lo que falla, sino la práctica misma de la política, “que debe ser entonces calificada de no-democrática”. Comentando estas palabras, José Luis López Aranguren señaló en su día que la realidad política está constituida ante todo por la estructura y el funcionamiento del poder. Por eso puede suceder que un poder elegido democráticamente se conduzca como no-democrático: a ello se refieren los teóricos cuando hablan de la legitimidad de ejercicio, al margen la de origen, y eso es lo que ponen de relieve los recientes comportamientos de los diputados del Partido Popular en su posición ante la guerra. La inmensa mayoría de ciudadanos y líderes sociales españoles que se oponen a ella no sólo están haciendo uso de su libertad de expresión, sino que aspiran a condicionar efectivamente las decisiones del poder al que, en ningún caso, consideran haber dado un cheque en blanco para que haga lo que le pete. De modo que, lejos de ser admirable la entereza de un político que asegura hacer lo que tiene que hacer aunque eso le cueste muchos votos, a mí me parece detestable la idea de que quienes tomen las decisiones en el Parlamento y en el Gobierno se sientan llamados a hacerlo guiados por su sola conciencia, de espaldas a la de los votantes que les han elegido.

Ante la formidable amenaza de tormenta que se cierne sobre el mundo, la recuperación de la dignidad, oponiéndose al aventurerismo bélico del presidente Bush, permitiría al señor Aznar y su Gabinete ejercer la defensa de nuestras posiciones comerciales y políticas respecto a los dos primeros clientes de nuestro país, Francia y Alemania; potenciar la solidaridad de París en su lucha contra el terrorismo vasco; descubrir nuestro papel mediador en el Mediterráneo; contribuir a la construcción de la Europa unida y abrir un debate sobre los verdaderos intereses -después de establecer los principios- que han de guiar la política exterior española, lejos de la facundia y el ánimo belicista que hoy la inspiran. Pero nuestros gobernantes han elegido ya el arrogante papel de señores de la guerra, mostrándose del todo indiferentes ante la sangre que haya de verterse y ante los daños físicos y morales que puedan derivarse. Al fin y al cabo, sólo hablamos de unos pocos de cientos o miles de soldados americanos muertos, y de una pequeña o grande multitud de iraquíes a los que es preciso liberar de los grilletes del dictador, aun si al hacerlo provocamos que paguen nuestro triunfo con sus vidas.

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