América olvidada

La retórica oficial, cada vez con menos énfasis, camina por un lado; las inversiones y negocios, por otro, aunque en ocasiones resulten fallidas por falta de solidez en la base de las relaciones: el fiasco de Repsol en Argentina fue modélico; el seguidismo tras los anglosajones en todos los ámbitos, propio de paletos provincianos, imposibilita asumir sin complejos quiénes somos realmente, también respecto a nuestra América; los medios de comunicación, vertiginosos y que deberían facilitar el conocimiento, sólo coadyuvan a reforzar los estereotipos en ambas orillas. Lo estamos haciendo mal: «Nuestra América» se aleja.

Valen las experiencias personales: reconociendo olores de la infancia, perdidos muchos años antes, en una talabartería de Salta o en las calles de Tepozotlán. En mi primer viaje al Paraguay –hace mucho tiempo– descubrí en el centro de Asunción la calle de Azara y lo imaginé algún prócer de la independencia del país o similar; poco después encontré en Madrid una obra de Félix de Azara y a través de su lectura –amén de entonar el mea culpa por tamaña ignorancia– supe que se trataba de un militar, cartógrafo y naturalista aragonés que trabajó durante veinte años en el Chaco a fines del XVIII y cuyos estudios sirvieron de base a Darwin para elaborar su teoría de la evolución de las especies. Es inútil preguntar en España por Azara porque, fuera de Huesca, no lo conoce casi nadie y mis esfuerzos (y de la Real Academia de la Historia) porque se le dedique una calle en Madrid han sido infructuosos y sólo merecedores de un escapismo cortés. Y mejor omito los detalles para no ahondar más en melancolías. Como se desconocen numerosos casos semejantes de los llamados «españoles de América» (Mejía Lequerica, Pablo de Olavide, Juan Ruiz de Alarcón, el Inca Garcilaso enterrado en la catedral de Córdoba), o se ha perdido la noción de hechos que en su momento revistieron gran importancia (el Santísima Trinidad, el mayor navío en la escuadra del XVIII, construido en el astillero de La Habana; o el primer ferrocarril español, de La Habana a Güines en 1838/BarcelonaMataró, 1848). Pequeños datos de la intrahistoria que hablan con más veracidad de la vida y la imagen de una sociedad que las batallas, los discursos políticos o las biografías de los grandes personajes.

Al cruzar el Atlántico en vuelos que duran nueve, diez, hasta catorce o quince horas, ¿se le ocurre a alguien pensar en cómo eran los viajes en los siglos XVI-XVIII en barco, de dos meses a las Antillas, o de tres al Río de la Plata, o hasta de seis si el destino eran El Callao o Chile? El historiador mexicano J.L. Martínez en Pasajeros de Indias recoge el testimonio jocoso de uno de aquellos viajeros, E. de Salazar (Cartas): «Todo lo más que se come es corrompido y hediondo. Y aun con el agua es menester perder los sentidos del gusto y olfato y vista por beberla y no sentirla. Pues si en el comer y el beber hay este regalo, en lo demás, ¿cuál será? Hombres, mujeres, mozos y viejos, sucios y limpios, todos van hechos una mololoa y mazamorra, pegados unos con otros, y así junto a uno, uno regüelda, otro vomita, otro suelta los vientos, otro descarga las tripas, vos almorzáis, y no se puede decir a ninguno que usa de mala crianza». O sea que la insípida comidita del avión casi sabe bien; la aeromoza más o menos fingidora casi cae simpática y la inmovilidad resulta como una carrera de maratón.

El trasvase de gentes en los dos sentidos fue notable, a tenor de los medios de la época. En el siglo XVI pasaron a Indias unos 200.000 españoles (Boyd-Bowman). Aparte de los arquitectos que levantaron catedrales, fortificaciones u obras civiles diversas, allá marcharon escritores entre los funcionarios, los eclesiásticos o entre los mismos conquistadores y pobladores: Tirso de Molina vivió en Santo Domingo; Gutierre de Cetina murió en México, al parecer víctima de un marido celoso; J. Ruiz de Alarcón nació en Taxco y estudió en México; Mateo Alemán también emigró al Nuevo Mundo y Quevedo termina el Buscón anunciando que su antihéroe se muda para allá. Pero América ocupa mucho menos espacio en la literatura española de lo esperable, dada la inmensidad de aquellas tierras y la trascendencia histórica y cultural de lo que se estaba haciendo. Por supuesto que en la gran obra de los cronistas de Indias sí se destaca, pormenoriza y detalla la labor que se realizaba o los acontecimientos bélicos previos: había un acuerdo general en los cronistas (F. de Oviedo, Gómara, Cieza, Díaz del Castillo) en el sentido providencial del descubrimiento y conquista de América y sobre la misión evangelizadora de España. Y a esta línea sigue una nueva tendencia apologética (Zárate, Sarmiento de Gamboa) de todas las facetas de la conquista, eliminando los elementos críticos anteriores que aparecían en Cieza, Oviedo, Las Casas.

¿Pero qué pensaban los españoles sobre América? Debemos guiarnos por la literatura del tiempo. Las Cortes de la Muerte, auto sacramental impreso en Toledo en 1557, en cuya escena XIX asoma un discurso digno de la Brevísima relación de la destrucción de las Indias de Las Casas. La pieza trata el asunto de la danza de la muerte, de la vanidad del mundo y del hombre ante la justicia divina. Dice el Mundo: «¡Gran cosa es la libertad// y estar libres de mujeres// y de hijos, en verdad!// La India [Indias] gran calidad// tiene para los placeres». Dos aspectos a resaltar: el enfrentamiento entre criollos y recién llegados (Lizárraga, ya en 1600) y la libertad, entendida como libertinaje de costumbres, que no podía dejar de aparecer reflejada en los escritos de los frailes, vicarios y párrocos de indios («…traje más lascivo que el de las moriscas de Granada, que pintan hasta la media pierna […] y estotras andan desnudas con unas carnes como un alabastro», Ocaña). Preocupación continua que coexistía y contrastaba con la realidad concreta, a veces, de las autoridades civiles y eclesiásticas, incluidas las de la Inquisición, encargadas del cumplimiento de las disposiciones legales, así Gonzalo de Torres, comisario del Santo Oficio en Popayán «daba mal ejemplo de su persona, no sólo con la mala vida que hacía, sino en muchas partes escandalizando al pueblo, acuchillándose de noche y bendiciendo la bragueta, diciendo que le sustentaba y le daba de comer» (Una descripción anónima del Perú. 1600-1615).

Pero la época virreinal pasó y también la bella Lima neorromántica de José Antonio y las casas señoriales, de las canciones de Chabuca Granda y las evocaciones de Ricardo Palma, aplastada por el cemento, la inevitable inmigración y la macrocefalia capitalina, aunque las limeñas, jóvenes o no tanto, todavía se conmuevan por las letras y melodías del vals criollo –ése al que Vargas Llosa motejó de «huevón»–, las marineras continúen descolgando su cadencia alegre desde los aparatos de radio y el Señor de los Milagros congregue en sus procesiones a cientos de miles de fieles junto a vendedores de sahumerios y turrones de Doña Pepa. Todo muy hermoso, muy nuestro, pero ¿a quién importa todo esto en España?

Serafín Fanjul, miembro de la Real Academia de la Historia.

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