América

EL antiamericanismo constituye un extraño y ruidoso sentimiento en un país donde todos los chicos, al menos en mi generación, queríamos ser vaqueros de mayores, mientras las chicas soñaban con echarse un novio parecido a Gregory Peck. Luego, bailábamos juntos el « rock and roll » . Hace poco, en unas declaraciones a un periódico, el nuevo embajador de los Estados Unidos en España, John Costos, señalaba que el presidente Obama, al escogerle para el cargo, le había dicho: «No quiero estar pendiente del sentimiento antiamericano. Quiero seguir construyendo y mejorando una relación que tiene más de doscientos años. Ve y diles a los españoles cuánto les apreciamos…».

Obama precisa bien las fechas, porque la amistad entre los dos países se inició, precisamente, cuando EE.UU. emergía como nación, en la Guerra de la Independencia contra Inglaterra de 1775-1783, a la que los estadounidenses suelen conocer como la «Revolución Americana » , una guerra que dio lugar a la primera Constitución democrática moderna, en el año 1787, basada en la teoría de la división de poderes de Montesquieu.

Obama señaló los siglos de nuestra mutua relación porque, cuando los colonos americanos se alzaron en rebeldía contra la metrópoli inglesa, fueron de inmediato apoyados por España, en la estela de lo que había hecho Francia, y sobre todo a partir de la batalla de Saratoga de 1777. Esto es: hace más de doscientos años. Si bien Madrid, al contrario que París, no envió tropas a la guerra, sí que apoyó a los rebeldes despachando armas y suministros, al tiempo que abría un frente a los ingleses con el cerco de Gibraltar, lo que obligó a Londres a distraer cuerpos de ejército de la guerra americana para defender la Roca.

Los americanos siempre han sido un pueblo agradecido y generoso con quienes les tienden la mano. Es una de las razones por las que tanto aman París, esa ciudad que para Hemingway «era una fiesta que te persigue siempre». Y aunque hoy son los mejores aliados de sus primos ingleses –antaño sus grandes enemigos– se burlan de ellos a menudo: de su empaque, de su gazmoñería, de su manera algo envarada de comportarse. Y aman a España por lo que supuso como apoyo en su lucha por la independencia. También Hemingway solía decir que le hubiera gustado nacer español, pero que no era culpa suya haber venido al mundo en América.

Y ahora cabe preguntarse: ¿quién detenta y dónde reside el antiamericanismo español? Creo, sinceramente, que en los extremos: la más ultramontana derecha española no ha olvidado el « Maine » y la izquierda española más sectaria no ha sido capaz todavía de pasar la página de la «Guerra Fría».

Un día de enero de 1962, en esta misma página tercera de ABC, el ultraderechista Blas Piñar escribió un artículo que tituló «Hipócritas». Acusó a los Estados Unidos de lanzar la bomba de Hiroshima, de organizar los juicios de Nuremberg, de entregar media Europa a los comunistas, de establecer bases militares fuera de sus territorios, de volar buques parta declarar guerras (el famoso «Maine»), de asfixiar económicamente a los países subdesarrollados y de muchas más cosas. Y concluyó su alegato con una tremebunda advertencia de tonos bíblicos: « ¡ Guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía!». Todo el falangismo aplaudió. Y Franco, que en 1953 ya había pactado un acuerdo con los Estados Unidos bajo la presidencia de Eisenhower, le destituyó fulminantemente de su puesto de director del Instituto de Cultura Hispánica.

En la izquierda, las campanas llamaron a luchar cuando se inició la « Guerra Fría » y Washington se convirtió en la encarnación del mal. Claro está que los Estados Unidos dieron motivos para desatar la fobia: Vietnam, por ejemplo.

Pero en los asuntos históricos siempre hay que andarse con pies de plomo. Pocos años antes del Vietnam, Stalin había matado a millones de opositores con su programa del Gulag. Y recordemos los campos de concentración abiertos por el general español Weyler en 1898 en Cuba, un antecedente del Holocausto nazi. O las torturas del ejército francés en Argelia en 1962. O la represión inglesa en Kenia en 1958. Nadie puede tirar primeras piedras en la historia humana.

Cuando Franco firmó los acuerdos con USA que suponían el establecimiento de bases militares americanas en territorio español, entre los chicos falangistas hizo furor una canción que decía: « Con el pacto americano, no tenemos que temer, tomaremos coca- cola, en vez de tomar café. ¡ Menos huevos, menos leche; menos carne, menos té. La juventud española tomará siempre café » ( la palabra café era un guiño falangista: pues sus siglas se interpretaban como Camaradas Arriba Falange Española). La música correspondía a una marcha militar americana.

En el lado contrario, los chicos de la izquierda impulsaron su propia canción: «España con tanta base, España con tanto avión, España casa de p… de Washington. Yanqui, go home!; yanqui, go home!: estamos hasta las narices de american boys». La música estaba tomada de una balada de Peter, Paul and Mary.

El antiamericanismo de la izquierda española cobró su nivel más alto hace pocos años, cuando el expresidente Zapatero no se levantó, en un desfile militar, a saludar a la bandera americana. La estulticia se le suponía; pero no la grosería. No me gustó aquello, como tampoco la cara de caniche mimado que compuso Aznar cuando Bush le acariciaba el hombro en plena guerra de Irak:

Tiene razón Obama: somos amigos. Además, muchos admiramos bastantes gestas de la historia estadounidense, a comenzar por su Constitución. Admiramos, por ejemplo, a los chicos americanos, voluntarios todos ellos, que desembarcaron en Normandía para librarnos del nazismo. Y aplaudimos la decisión de Clinton de acabar con las matanzas de Bosnia mientras los gobiernos europeos dudaban.

Y amamos el jazz y el blues; a Melville, Poe, Bob Dylan, la «beat generation», los «jeans»; y a Thomas Edison, la lavadora, la televisión, la industria del cine, la aviación… ¿Quién da más?

Por cierto, que he oído decir que la mayoría de los falangistas e izquierdistas han compartido siempre, junto con el antiamericanismo, otra pasión: los «westerns».

Javier Reverte, periodista y escritor.

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