American presidential beauty

¿Cuál es el objetivo de un debate presidencial? En el contexto de las elecciones presidenciales norteamericanas, “debate” es un término poco apropiado. Cuando el ex presidente francés Nicolas Sarkozy enfrentó a su oponente socialista, François Hollande, ese sí fue un debate -allí se abordaron cuestiones sustanciales y duró más de dos horas-. Por el contrario, los debates presidenciales en Estados Unidos son más bien representaciones montadas, donde las respuestas a cada posible interrogante se han ensayado infinitamente con equipos de entrenadores y asesores.

Los candidatos en los debates estadounidenses hablan con periodistas cuidadosamente seleccionados que rara vez hacen repreguntas. Y las actuaciones de los candidatos son escudriñadas no tanto por la sustancia de sus argumentos como por su presentación, lenguaje corporal, tics faciales, suspiros descuidados, sonrisas, comentarios despectivos y ojos que se ponen en blanco involuntariamente. ¿El candidato da la impresión de ser un esnob o un tipo amigable en quien uno puede confiar? ¿Las sonrisas parecen reales o falsas?

Estas “ópticas” pueden ser de gran importancia. Después de todo, se dice que la carrera de Richard Nixon contra John Kennedy en 1960 se perdió en la televisión: Kennedy parecía sereno y apuesto, a la vez que Nixon miraba la cámara con el ceño fruncido, mientras le corría el sudor por el rostro con barba de un día. En sus debates con Ronald Reagan en 1980, Jimmy Carter dio la impresión de ser una persona petulante y sin humor, mientras que a Reagan se lo vio como un viejo tío amigable. Carter perdió.

En 2000, Al Gore no logró decidirse sobre qué tipo de papel quería desempeñar en sus debates con George W. Bush, y así lució furtivo y poco auténtico, con una actitud que pasaba de la arrogancia a la condescendencia. Tenía los mejores argumentos, pero aun así perdió los “debates” (y las elecciones).

Nos dicen que los debates este mes entre el presidente Barack Obama y el candidato republicano Mitt Romney pueden definir la elección. Según los analistas, esta es la última oportunidad de Romney. Si Obama da la impresión de ser un profesor elitista, podría perder. Si Romney se enoja, o hace un mal chiste, podría echar por la borda sus posibilidades. Nuevamente, no es una cuestión de quién tiene las mejores políticas, o las ideas más sólidas; todo gira alrededor de la presentación.

Más de 67 millones de norteamericanos miraron el primero de los tres debates de este año por televisión. Según las encuestas de opinión pública, sólo alrededor del 17% de las personas con derecho a voto todavía no se han decidido sobre qué candidato apoyar. Esto resulta sorprendente, dada la creciente brecha política entre los dos principales partidos políticos de Estados Unidos. En privado, Obama y Romney pueden llegar a ponerse de acuerdo sobre muchas cosas. Pero el Partido Republicano se ha desplazado muy a la derecha del liberalismo moderado de Obama, arrastrando consigo a Romney.

Luego está el gran factor tácito del prejuicio racial, algo que hasta los republicanos recalcitrantes de derecha intentan no expresar abiertamente. Un cierto porcentaje de votantes estadounidenses no votarán por un hombre negro, no importa lo que diga, o lo bien que luzca en un debate.

Si las políticas o los prejuicios no han persuadido al 17% de votantes indecisos, deben de estar buscando algo más. Quieren ver si les gusta un hombre más que el otro. Para ellos -son sólo especulaciones-, los debates no son más que un concurso de personalidades.

En las elecciones pasadas, cuando por momentos realmente no había mucha diferencia política entre demócratas y republicanos, esto tenía cierto sentido. En términos generales, en materia de economía y política exterior, los candidatos muchas veces coincidían -los republicanos más inclinados a favorecer los intereses de las grandes empresas y los demócratas, a defender los intereses de los trabajadores-. De manera que no siempre se podía culpar a los votantes de que les costara decidirse. Como no podían votar en base a una elección racional, siguieron sus instintos y votaron por el candidato que les parecía más comprensivo.

Esta vez, parece haber muchos menos justificativos para elecciones tan arbitrarias. Las diferencias políticas son demasiado evidentes. Y, sin embargo, existen motivos para no descartar por completo el concurso de personalidades. Después de todo, la presidencia de Estados Unidos es una institución cuasi monárquica, así como política. El presidente y la Primera Dama son el rey y la reina de la república norteamericana -los rostros oficiales que Estados Unidos presenta al mundo exterior.

Por lo tanto, no resulta para nada absurdo que los votantes quieran que les guste el aspecto de sus presidentes, más allá del mérito de sus políticas. Elegir al político más poderoso del país en base a cómo se lo ve por televisión podría parecer arbitrario, incluso frívolo. Pero no es más arbitrario que el accidente de nacer, que determina el derecho de los reyes y reinas a reinar en sus países.

La diferencia, por supuesto, es que la mayoría de los reyes y reinas modernos son monarcas constitucionales sin ningún poder político. Y el hombre a quienes los votantes estadounidenses eligen para liderar al país afectará las vidas de todos, no sólo de los norteamericanos. Como quienes no son norteamericanos no pueden votar por él en las elecciones estadounidenses, (una lástima para Obama, que probablemente ganaría una elección global por mayoría aplastante), tenemos que depender del criterio de ese 17% de votantes indecisos que miran televisión este mes.

No es muy tranquilizador que digamos. Pero la república estadounidense tiene una ventaja que las monarquías no tienen. Bueno o malo, al cuasi-rey se lo puede destituir cada cuatro años. Entonces la competencia -en parte ideológica, en parte concurso de belleza- puede volver a empezar otra vez.

Ian Buruma, profesor de Democracia y Derechos Humanos en el Bard College.

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