Amigo Juan, maestro Velarde

Amigo Juan, maestro Velarde«Yo, como economista…». La voz potente del profesor y académico transmitía siempre sabiduría y rigor intelectual al servicio de sus profundas convicciones. Juan Velarde Fuertes (Salas, Asturias, 1927-Madrid, 2023) falleció el pasado 3 de febrero a sus jóvenes noventa y tantos años, cuando muchos llegamos a pensar que ese luctuoso día no llegaría nunca. Desprendía esa bondad de corte socrático que permite asegurar –por fortuna– que los buenos somos más felices. Su mal genio característico dejaba paso a una reconciliación inmediata para olvidar rápidamente cualquier discrepancia. Fue siempre, eso sí, un pésimo conspirador. Ni una sola batalla ganó en su vida en el terreno donde triunfan los mediocres, de manera que el éxito y reconocimiento general le llegaron por aplastamiento. Era el mejor en lo suyo, y todos han tenido que admitirlo después de hacer todo lo posible por ignorarlo. La ciencia económica en España le debe una parte sustancial de su proceso de institucionalización. Hombre bueno y generoso, admiraba a sus maestros y hablaba de ellos con profundo respeto y veneración. Los orígenes en la posguerra de la Facultad de Políticas y Económicas en la Universidad de Madrid, donde se licenció en la primera promoción, aparecen con frecuencia en su obra multifacética. Por fortuna, sus discípulos –muchos y muy notables– han aprendido la lección que dicta George Steiner: una sociedad que no sabe honrar a los mejores es una sociedad fallida.

Velarde era, ciertamente, un magnífico economista, pero también otras muchas cosas. Entre otras, un gran servidor del interés público, tal vez por ser asturiano de raíz, criado en la admiración a los Argüelles, Flórez Estrada, Toreno, Canga-Argüelles y, sobre todo, a la Universidad de Oviedo en su época dorada. También a Martínez Marina y, en particular, a Jovellanos. Mi última conversación con Juan tuvo lugar el mismo lunes de la semana de su muerte, en la sede de nuestra querida Academia, de la que él era Presidente de Honor. Hablamos mucho de don Gaspar Melchor, el ilustre prócer gijonés, en quien se veía reflejado. También de Azorín, otra de sus referencias literarias. Nos despedimos hasta pocos días después, cuando tuvimos el honor de recibir al Rey Felipe VI en un acto brillante sobre la Corona británica en tiempos de Isabel II. Tenía una enorme ilusión por estar allí, como todos los martes durante su larga trayectoria académica, pues su discurso de ingreso lo pronunció ¡en 1978! No pudo ser, porque la fatalidad se interpuso en sus deseos y esperanzas. Recuerdo muy bien aquel discurso, titulado 'La larga contienda sobre la economía liberal. ¿Preludio del capitalismo o de la socialización?', al que respondió otro gran personaje asturiano, Valentín Andrés Álvarez, y al que asistí como joven estudiante deslumbrado por la sabiduría de los maestros.

Entre libros heredados y aportaciones propias, varios estantes de mi biblioteca personal contienen casi todas las obras de Velarde. No es fácil seleccionar a la hora de hacer algunas calas como tributo al amigo que nos ha dejado. Pero no me resisto a recordar aquella excelente 'Política económica', firmada conjuntamente con su gran amigo Enrique Fuentes Quintana, el otro gran referente para los economistas españoles, también presidente de nuestra corporación académica. Publicado por vez primera en 1964, conservo la undécima edición porque fue mi libro de texto en el entonces sexto de Bachillerato. Era un lujo para jóvenes alumnos, que algunos supieron aprovechar, según me consta. De otros condiscípulos guardo más bien el recuerdo –mezclado con las páginas amables del citado Azorín– sobre las jornadas escolares inacabables en las que el libro quedaba reducido a la cubierta, una hermosa reproducción de 'El cambista y su mujer', de Marinus, que conserva el Museo del Prado, y a la última página con el anagrama de la editorial y una fórmula enigmática que me dio mucho que pensar: «la Polar es lo que importa». Reproduzco un párrafo de la carta preliminar, encabezada por un amistoso «Querido alumno». Dice así: «Pocos (problemas) tan profundamente conmovedores como restañar las heridas causadas por la pobreza en la sociedad presente. Sin embargo, solo la inteligencia puede resolver estos temas: es la ciencia la que debe precisarnos la índole y causas de la pobreza, los medios posibles de acción práctica para evitarla. La Economía está así al servicio del fervor y afecto social». Todo ello, añadían los autores, con el propósito de «chapuzar en el agua fría de la ciencia a delirantes cabezas juveniles españolas». También aparecían allí divertidas caricaturas de los Smith, Ricardo, Malthus, Mill, Marx, Marshall y también de los precursores españoles.

Recupero ahora con gran afecto algunos recuerdos familiares. Mi querido padre guardaba con orgullo un recorte amarillento del viejo diario regional, con fecha indeterminada de los años treinta: «Los alumnos Benigno Pendás Díaz y Juan Velarde Fuertes han obtenido la más alta calificación en los exámenes celebrados en el Colegio Valdés, de Salas. Enhorabuena a los jóvenes escolares». Las dos familias, en efecto, procedemos de aquella hermosa villa del occidente asturiano bañada por el Nonaya, otro aprendiz de río, ignorado por mapas y enciclopedias. Y desde allí se proyectó el aplicado estudiante a las más altas cumbres del mundo intelectual español. Velarde fue un gran presidente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, miembro distinguido del Tribunal de Cuentas y del Consejo de Estado, doctor 'honoris causa' por unas cuantas universidades, premio Príncipe de Asturias en 1992, premio también de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo en 2017, y muchos otros merecidos honores y distinciones. Desplegó sabiduría en todas partes donde se reclamaba su ciencia y su conciencia y mantuvo con firmeza las propias ideas, aceptando con lealtad lo que fuera mejor para España en cada momento.

Termino con una referencia a su obra más querida, comparable al Instituto Asturiano de Náutica y Mineralogía que Jovellanos fundó en Gijón y que le causó tantas alegrías como disgustos. Velarde era consciente de que la élite intelectual debe mostrar cercanía a los ciudadanos interesados, porque el trato personal enriquece la condición humana y el cultivo de la ciencia. Ese ha sido y seguirá siendo el espíritu de los Cursos de La Granda, referencia académica del verano en Asturias, que cumple este año su edición número 45: ¡se dice pronto! Como presidente actual, puedo anunciar que desde ahora van a llevar el nombre de «Juan Velarde Fuertes». Severo Ochoa, Francisco Grande Covián, Santiago Grisolía y tantos otros pasaron por las aulas repletas de gentes dispuestas a aprender los saberes, como decían las Partidas de Alfonso el Sabio respecto de las Universidades. Allí fue feliz durante muchos años, junto con Alicia y sus hijos y nietos, lo más importante de su larga y fecunda vida. Descanse en paz nuestro maestro y amigo.

Benigno Pendás

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