Amigo, ¿me regala un Hirst?

Allá en octubre, cuando los titulares de la prensa británica eran todo pesimismo y fatalidad en relación con los recortes en el gasto público, un destacado marchante de Nueva York que atendía a un expositor en la feria de arte Frieze en Londres refunfuñaba sobre el negocio.

Parecía raro, si se piensa que ante él se extendía un mar de cuerpos: una multitud en movimiento de jóvenes veinteañeros modernillos y paseantes de mediana edad (no pocos de ellos tratando de parecer veinteañeros modernillos). Los marchantes charlaban con asesores en arte que recogían información y fotografías para enviarlas a los clientes que pudieran estar interesados en comprar algo (“posiblemente, quizá, ya nos pondremos en contacto con usted, me encanta su material, ¡chao!”).

Sin embargo, no se materializaban muchas transacciones, según explicaba el destacado marchante neoyorquino. Entre tanto, la tropa de Larry Gagosian se jactaba de que algún coleccionista había desembolsado 5,6 millones de dólares por un Damien Hirst, pretensión que suscitó gran escepticismo entre los comerciantes rivales. Los agentes de relaciones públicas del mercado de arte, así como los promotores de ferias, siempre están haciendo afirmaciones sobre sus proezas comerciales que deben aceptarse a ciegas. A pesar de la recesión, el mundo del arte insiste en que la gente inteligente sigue pagando buen dinero por el buen arte. (¿De veras? ¿Inteligente? ¿Hirst?) Y, además, de vez en cuando, se descubre que los marchantes o incluso los propios artistas – de modo discreto-apuntalan precios en las subastas para mantener este optimista escenario.

¿Quién puede saber la verdad? Ese escéptico marchante neoyorquino no era el único disidente. Y luego estaban todos esos mirones, solamente echando una ojeada. El mundo del arte actual, en ferias de arte como Frieze, así como las bienales y otros festivales que brotan por todas partes, sin duda alguna está hoy logrando algo…

Está logrando ofrecer formas relativamente baratas de una amable distracción a masas cada vez mayores de gente pendiente de la moda, cuyo presupuesto cubre una cena en Pizza Express, pero no obras de arte.

En otras palabras, escapismo. No desempeña una función de secundaria importancia de la cultura en tiempo de estrecheces o de desahogo. Gran Bretaña acabó ahorrándole a las artes un recorte tan notable como el que sufrieron otros sectores, alrededor de un 15% a lo largo de cuatro años en el caso de importantes instituciones nacionales. Responsables del mundo del arte, como Nick Serota, de la Tate, profirieron las quejas acostumbradas por el desafortunado profundo cambio que la situación provocaría, pero el Gobierno, en el fondo, había tragado su argumento de antemano: el de que, a diferencia de la atención social o el cuidado de la infancia, la cultura genera ingresos. Atrae divisas del turismo. Proporciona buenas relaciones públicas para el país, decisivas para la economía en el futuro, aunque no se sabe a ciencia cierta por qué valor. Los directores de museos y publicistas, como los propios marchantes, son también verdaderos maestros en contabilidad creativa.

Pero, sean cuales fueren las cifras reales, el argumento del dinero vence los alegatos sentimentaloides a favor de la preservación de la civilización y la salvación del alma del pueblo cuando se regatea con políticos acosados y mezquinos.

Especialmente en tiempos de austeridad, el argumento victorioso es que, a semejanza de los negocios y de la publicidad, es menester que siga la función.

¿Existe una cultura propia de esta recesión, como la hubo en la gran depresión, al menos en Europa y en Estados Unidos? ¿Algo realmente memorable y característico susceptible de definir esta era? No es por minimizar el actual malestar, pero, y para empezar, ¿una recesión puede estimular ante todo tal cosa?

Las depresiones, desde luego. Las guerras, indudablemente. Pero, ¿una recesión? Cabe dar por sentado que el declive actual y los altos índices de paro son asunto grave para muchas instituciones de arte, sobre todo las pequeñas que no cuentan con recursos privados. Y es negativo para quién sabe cuántos aspirantes a Jonathan Franzen, Sasha Waltz y Tacita Dean que deciden decir adiós a una carrera en las artes porque, por lo pronto, han de ganar dinero y los empleos son escasos.

Además, aunque la gente de Wall Street sigue acumulando beneficios, sólo una mínima fracción llegará a las artes en forma de adquisiciones para colecciones y donativos. Así que una recesión es tan pésima para los artistas como para los demás.

Los recesivos años setenta, por mucho tiempo ridiculizados culturalmente, en visión retrospectiva aportaron turbias riquezas en toda una gama: en el cine, el teatro, la música, la televisión, la moda, la danza, la literatura y la pintura. Pero observándolo bien, además de la crisis petrolera y la inflación desbocada, también hubo la guerra de Vietnam, el Watergate, la guerra fría y un montón de otros acontecimientos estremecedores que complicaron el clima de ese periodo de desencanto y descontento, lo cual, a su vez, propició inteligentes y originales reacciones.

En cuanto al presente, aún es demasiado pronto para decir algo. Y quizá la pregunta, para empezar, esté mal planteada. Dejemos que la historia disponga qué definirá esta era.

Lo que sí puede decirse ahora es únicamente que algunas cosas nunca cambian. En los años 30 y 40, los estadounidenses olvidaban sus cuitas por unas horas viendo a William Powell preparar martinis como The Thin Man,a Cary Grant cortejar a Katherine Hepburn en Historias de Filadelfia,al Tarzán de Johnny Weissmuller columpiarse en las ramas de los árboles y a Esther Williams remar en el Aquacade (ballet acuático). La gente se perdía por el parque de atracciones de Palisades o de Coney Island. Se reía con Fibber McGee y Jack Benny y seguía las aventuras del Llanero Solitario por la radio. Una sociedad atribulada se recreaba en fantasías de riqueza ajena y extravagancias absurdas.

¿Tal es básicamente el menú cultural actual, no? Dejando a un lado el cine y la serie Mad Men,el mundo del arte ofrece su propia versión de las estrafalarias riquezas y la descabellada diversión que ofrecía Hollywood en el pasado. En lugar de Esther Williams, es Jeff Koons. En lugar de Tarzán,ahí tenemos a Olafur Eliasson. Al mismo tiempo, un universo de juegos de ordenador, artilugios de teléfonos inteligentes y programas de telerrealidad han venido a reemplazar al Aquacade y los parques de atracciones.

Como he dicho: escapismo. Si tal fuera todo el arte creado, el legado de esta era tendría una pinta nefasta. Pero también sería desalentador contemplar unas artes permanentemente serias e importantes. Necesitamos a Pierre Boulez y también Tokio Hotel, a Richard Serra y también las telenovelas turcas. Puede ser que unos modernos Waugh, Daumier o Tati estén sacando partido ahora a la forma tan exquisita en que británicos y franceses interpretaron su papel al reaccionar a la crisis financiera este otoño. Los británicos, impasibles al principio al oír que se perderían medio millón de empleos y el gasto público sufriría un recorte de 130.000 millones de dólares. Los franceses, prestos a levantar barricadas, bloquear aeropuertos y refinerías, cerrar gasolineras y escuelas, sólo para desafiar la iniciativa del presidente Nicolas Sarkozy de elevar la edad de jubilación de 60 a 62 años. Como dijo Ann Applebaum en Slate,”y así, de modo asombroso, todo el mundo actuó conforme al estereotipo nacional”. “En una era de supuesta globalización, cuando presuntamente todos nos estamos volviendo más parecidos – escuchando la misma música estadounidense, comprando los mismos productos chinos-,resulta pasmoso comprobar cuán rotundamente británicos siguen siendo los británicos y lo concienzudamente franceses que son los franceses”.

Bien. Tal es la gran verdad sobre la cultura de ahora: que no ha hecho más que tornarse más atomizada y resulta imposible generalizar al respecto debido a las mismas fuerzas globalizadoras que, según se nos dice, nos están homogeneizando. Reaccionamos contra esas fuerzas para afirmar nuestra propia identidad. Y la cultura es la forma en que, conscientemente ode otro modo, expresamos tales identidades. Recesión, dos dígitos de inflación, lo que sea: es lo que caracteriza al arte en la actualidad y acaso para siempre. No hay escapatoria.

Michael Kimmelman. Distribuido por The New York Times Syndicate

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