¿Amnistía para el Emérito?

El 2 de junio de 2014, tal día como hoy hace diez años, estaba interviniendo en un dúplex en "Las mañanas de la Cuatro" cuando mi secretaria me pasó un mensaje urgente. "Lo siento, tengo que dejaros para atender una llamada", dije abruptamente. El conductor del programa, Jesús Cintora, bromeó: "A ver si va a ser el Rey…". Era el Rey.

Esa mañana el presidente Rajoy había anunciado la abdicación de Juan Carlos I y el propio monarca tenía previsto dirigirse al país a las 13 horas. Faltaban pocos minutos para el trascendental momento cuando se produjo la extraña llamada.

Todavía hoy sigo sin comprenderla. Al principio pensé que formaba parte de una ronda con los directores de periódicos. Pero hacía ya cuatro meses que yo había sido destituido al frente de El Mundo y entonces sólo era presidente de la revista La Aventura de la Historia. Luego supe que no había llamado a ningún otro colega.

"A ti quería contártelo personalmente y te pido que me apoyes con tu pluma", me dijo. ¿Era una deferencia compensatoria por su papel en las intrigas que tras la entrevista exclusiva con Corinna me habían extirpado del periódico que había fundado un cuarto de siglo antes? Nunca lo sabré.

Juan Carlos I me explicó someramente que se había recuperado de sus operaciones y achaques —"estas cosas hay que hacerlas cuando uno está bien"— y que el príncipe Felipe estaba plenamente preparado para reinar.

¿Amnistía para el Emérito?
Javier Muñoz

El argumento me pareció del género absurdo. Si se sentía bien, si había recuperado su condición física para trabajar y viajar, ¿por qué debía dejar el trono como si fuera un político dimisionario o el patriarca de una empresa familiar que se aparta en favor de uno de sus vástagos?

Por un instante dudé entre decirle lo que probablemente esperaba oír o lo que de verdad pensaba. Opté por lo segundo. "De todas las decisiones importantes que ha tomado, esta es la que menos me gusta. Y por tres razones. Porque si, como dice Su Majestad, ahora se encuentra bien, lo lógico sería continuar como Jefe del Estado. Segundo, porque es un mal final para lo que en conjunto ha sido un buen reinado. Y tercero, porque es un mal precedente para la institución".

Él se quedó muy sorprendido por mis razones y me dijo que me llamaría para comentarlas en profundidad. Nunca lo hizo.

Mi punto de vista era que un rey no podía eludir sus obligaciones como consecuencia del descenso de su popularidad en las encuestas. El principio general era válido. Pero, en este caso, como en algunas otras ocasiones importantes a lo largo de mi vida periodística, estaba equivocado porque me faltaba información.

Sabíamos lo de Botswana, con Corinna y el elefante de por medio y habíamos presenciado el lamentable espectáculo del discurso de la Pascua Militar. Pero aún no habíamos descubierto ni el nido de amor adquirido en los Alpes cuando peor lo pasaban los españoles, ni los cien millones de dólares recibidos de los saudíes, ni el montaje fiscal para eludir impuestos, ni la transferencia de gran parte de ese dinero a una cuenta de Corinna en las Bahamas. Ni, sobre todo, la coherencia entre estas constataciones y tantos rumores y sospechas desechados en el pasado bajo el postulado in dubio pro Rey.

Lo que yo no sabía era que la Justicia suiza le pisaba los talones. Menos mal que se quitó de en medio.

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Diez años después, mi querido amigo Ignacio Amestoy acaba de publicar su obra Un Borbón en el desierto: Juan Carlos I, el camaleón, como última entrega de su tetralogía dinástica Todo por la Corona. Amestoy es nuestro Peter Morgan y lo lógico sería que alguna de las grandes plataformas estuviera encargándole ya la versión española de The Crown, enmarcada en ese siglo y medio de la historia de España que abarca desde el reinado de Alfonso XII al de Felipe VI.

Al explicar el título de la serie —yo me imagino ya su dramaturgia en ese formato—, Amestoy alude al "Todo por la Patria" de la fachada de los cuarteles de la Guardia Civil. En mi adolescencia, un amigo desafecto al franquismo, cuando pasábamos por delante del cuartel de Logroño, me decía: "Mira, todo por la Tapia".

Continuadora de La Corte de los Milagros, en la que Valle Inclán retrató el esperpento de la España isabelina, la serie de Amestoy cruza constantemente esa tenue frontera que separa la pompa de las declaraciones sublimes y la banalidad de los actos ridículos. Como hilo conductor, elemento de distanciación brechtiana en su teatro-documento y antagonista recurrente de sus cuatro Borbones —don Juan incluido— utiliza al bufón de Carlos V, Francesillo de Zúñiga.

En el caso de Un Borbón en el desierto, el autor, conocedor como pocos del teatro del absurdo que dominó la mayor parte del siglo XX, recurre al truco genial de convertir a Juan Carlos I y Francesillo en los Vladimiro y Estragón del Esperando a Godot de Beckett.

En este caso lo que esperan junto al olivo trasplantado a las yermas arenas de Abu Dabi, lo que nunca llega, es la llamada de la Zarzuela o la Moncloa, rehabilitando al Emérito, permitiéndole volver a España en calidad de algo más que regatista de fin de semana o furtivo asistente a discretas celebraciones familiares.

¿Merece Juan Carlos I esa rehabilitación? En el acto de presentación del libro de Amestoy, dije en el Círculo de Bellas Artes que ninguna figura pública me había decepcionado tanto en mi medio siglo de periodismo como Juan Carlos I.

No porque me hubiera caído de la noche a la mañana del guindo de la edad de la inocencia, sino por el efecto acumulativo y esclarecedor de esas nuevas revelaciones posteriores a la abdicación, respecto a todas las noticias, denuncias y advertencias publicadas durante cuatro décadas en Diario 16 y El Mundo.

Se dice con fundamento que lo más importante de una biografía es su final, pues es a la luz de esos últimos acontecimientos como los contemporáneos interpretan todo lo anterior. Por eso una mayoría de españoles de mi generación comparte tal decepción: el portaestandarte de la Transición, esa transformación pacífica de la dictadura en democracia, esa admirable anomalía en la historia cainita de España de la que tan orgullosos estamos, nos ha fallado.

Juan Carlos I no ha sido digno de la confianza en él depositada. La navegación ha sido hermosa, pero llegamos a puerto con el mascarón de proa espachurrado.

De ahí su destierro "en este desierto que se mira en el oro negro del golfo Pérsico, como en un revelador espejo". Son las certeras palabras que Amestoy pone en boca del Emérito en uno de sus arranques de cursilería.

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Pero todo es relativo. La patente de indignidad la extienden legalmente los tribunales y políticamente el Congreso o el Senado. Podrá alegarse que la inmunidad de sus actos como jefe del Estado ofende al sentido de la Justicia y que el aviso de la Fiscalía le permitió una regularización tributaria preventiva que no está al alcance de los demás defraudadores. Pero esas son, imperfectas como todas, nuestras reglas.

Queda la cuestión de la falta de ejemplaridad. Hay cosas que se pueden hacer, pero no se deben hacer. Si medimos por este rasero a la esposa del presidente cuando pide favores a empresas participadas o reguladas por el Gobierno, o al propio presidente cuando compra los votos de su investidura con una Ley de Amnistía que prometió no aprobar, mucho más debemos aplicárselo a quien fue jefe del Estado durante 39 años.

Sobre todo, tratándose de una monarquía hereditaria en la que es imposible desgajar la conducta pública de la privada. De hecho, el mejor elogio práctico que puede hacerse de la Corona como institución es que, en los diez años transcurridos desde la abdicación de Juan Carlos I, la conducta intachable del rey Felipe y la reina Letizia ha reparado los desmanes del final del anterior reinado.

¿Ostracismo perpetuo, pues, para este rey Lear que ejerció con prepotencia el derecho de pernada y ahora vaga como alma en pena, al límite de sus facultades físicas, purgando todos sus pecados capitales en el interior de la más extensa y árida jaula de oro que vieron los tiempos?

Probablemente eso sería lo más útil para su hijo y especialmente para su nieta la princesa Leonor, pues ambos necesitan liberarse de su sombra como Franco le obligó a él —aunque por razones muy distintas— a liberarse de la de su padre, el rey sin Corona.

Si lo que técnicamente aconteció en 1969, fue más una "reinstauración" que una "restauración" de la Monarquía, a mi se me antoja que en términos morales desde 2014 viene ocurriendo lo propio. Felipe, Letizia, Leonor y las dos Sofías —la nieta y la abuela— luchan cada día, junto a un puñado de funcionarios inteligentes y leales, por recuperar para la causa el prestigio dilapidado.

Pero la España actual no es un beatífico edén, no es un acogedor manglar, no es un oasis de convivencia en el que Juan Carlos I sea el único que haya hecho cosas de las que avergonzarse y avergonzarnos. Y menos después de lo sucedido esta semana con la consumación del bochornoso cambalache de la ley de amnistía.

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Aún dando por veraces todas las acusaciones no comprobadas que han circulado sobre el Emérito, aun retirándole a efectos dialécticos la coraza de la inmunidad penal, sus presuntos o imaginarios delitos nunca alcanzarían un ápice de la gravedad de los que cometieron Puigdemont y sus cómplices en el "golpe posmoderno" del año 2017.

Tanto si se tratara de "rebelión", como sostenía entonces Pedro Sánchez; de "sedición", como acreditó el Supremo antes de que se eliminara ese tipo penal; de "terrorismo", como se investiga en Tsunami; o de la "malversación", que los fiscales consideran imposible amnistiar en la UE, no hay punto de comparación.

Lo que ocurrió fue que las autoridades catalanas, encumbradas al frente de una Comunidad Autónoma a través de la legislación vigente, utilizaron su poder para tratar de destruir el orden constitucional que las legitimaba. Nada menos que eso.

Pensar que, por mor de esta Ley de Amnistía, Puigdemont pueda volver gloriosamente a España e incluso intentar mediante nuevos cambalaches recuperar el control de la Generalitat, mientras Juan Carlos I sigue tostándose al sol del extrañamiento en Abu Dabi, genera un ultrajante agravio comparativo.

¿"Amnistía", pues, en sentido figurado, también para el Emérito? De ninguna manera.

En lo único que voy a darle la razón a Sánchez de cuanto ha dicho y escrito esta semana tan aciaga para él, es en que "en política, como en la vida, el perdón es más poderoso que el rencor".

Con dos importantes matices, claro. El primero, que tiene sentido otorgar el perdón cuando el ofensor lo solicita. Juan Carlos lo hizo después de Botswana y supongo que volverá a hacerlo, rebajando su altivez, cuando vea que le va llegando la hora. Puigdemont en cambio pretende que es él quien está perdonando al Estado.

Y el segundo matiz es que la amnistía no se limita al perdón, sino que incluye el olvido, o peor aún, la amnesia. Algo insoportable para quien defienda con coherencia integral la memoria histórica.

Por fortuna, el perdón puede quedar reglado, pero la amnesia no. Sea cual sea su futuro papel en Cataluña, algunos, espero que muchos, siempre nos acordaremos de lo que hizo Puigdemont.

Y estoy seguro de que cuando dentro de dieciocho meses llegue el momento de conmemorar el medio siglo del final de la dictadura y el Emérito reciba la llamada que tanto espera, también nos acordaremos, además de todos sus errores y abusos, de los decisivos servicios que este camaleón egoísta y astuto rindió entonces a los españoles.

Pedro J. Ramírez, director de El Español.

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