Amor constitucional que mata

Por Reyes Mate, profesor de Investigación del Instituto de Filosofía del CSIC (EL PERIÓDICO, 06/12/05):

La Constitución Española, como todas las democráticas, es un invento humano para organizar civilizadamente la convivencia, por eso se basa en algo tan de tejas abajo como la voluntad popular. Nada pues más extraño a una constitución democrática que revestirla de lo sagrado, esto es, que considerarla dotada de una autoridad inapelable o de ser intocable. No les ha ido tan mal a los españoles los últimos 27 años con esta Constitución, por eso quieren movilizar algunas de sus posibilidades para ajustar la convivencia, de ahí la reforma del Estatut. El Partido Popular se ha echado a la calle a defenderla. Es una noble motivación, sobre todo si tenemos en cuenta que el fundador, Fraga, la votó a medias; el presidente honorífico, Aznar, la combatió; y del que está en ejercicio, Rajoy, a la sazón miembro de Alianza Popular, no se sabe. Es una noble motivación, pero difícilmente comprensible si es que ha querido ser un gesto desinteresado. Tantos esfuerzos económicos y organizativos como los empleados por el PP para traer esos miles de militantes a Madrid el pasado sábado no se explican sólo por amor al arte. Vinieron a defenderla, que no es lo mismo que homenajearla. La ven amenazada por el proyecto de Estatut que pondría en jaque la «indisoluble unidad» de España. Como dice Piqué, verbalizando lo que es evidente a pesar del disimulo de sus jefes, el acto de Madrid «tiene el origen» en el Estatut. Ahora bien, a estas alturas del partido un par de cosas parecen indiscutibles: que el procedimiento seguido hasta ahora ha sido rigurosamente constitucional y que el texto está en las Cortes para su debate, de suerte que están dadas todas las condiciones para expresar los desacuerdos, proponer mejoras, aprobarlo o rechazarlo. Hay que concluir entonces que el problema no es la amenaza a la Constitución, ya que el procedimiento ha sido escrupulosamente respetado y, si hay que juzgar las intenciones, domina la voluntad de diálogo. Entonces, ¿por qué sale el PP a la calle a propósito de la Constitución? Naturalmente que es su santo derecho, como lo era el de los manifestantes contra la guerra de Irak. Pero hay un punto extraparlamentario en la convocatoria del sábado pasado que llama la atención. Pareciera que el PP ni cree ni espera nada de los mecanismos ofrecidos por la propia Constitución para estos casos y apostara a lo grande por la presión popular. Sería más convincente su preocupación constitucionalista si pusiera el mismo empeño en debatir dentro como en combatir fuera. Pero en lugar de atenerse al tempo constitucional, han decretado ya que se han roto las reglas del juego, que Catalunya ha vuelto la espalda a la unidad nacional, que el PSOE se ha vendido a los nacionalismos y que ahí están ellos salvando las esencias patrias de Isabel y Fernando.

POR ESO, si tomamos en serio la última manifestación, hay que buscar las causas fuera de la amenaza constitucional. Se ha apuntado hasta la saciedad la frustración a última hora de una victoria electoral con la que ya contaban y una estrategia de afirmación partidaria habida cuenta de la desagregación que trae consigo el cambio del líder, como ocurrió al PSOE con la retirada de Felipe González. Pero más allá de estas indiscutibles razones para movilizar y mantener alta la moral de un colectivo tan variopinto como el del PP, hay que tener en cuenta un nuevo aspecto que no cesa de crecer. Me refiero al cambio que están sufriendo las posiciones políticas en Europa. Se están apuntando dos modos de hacer política que de alguna manera reproducen la diferencia u oposición entre derecha e izquierda. Por un lado estaría el modesto talante del trapero, para decirlo benjaminianamente: es propio del político que no sabe muy bien dónde va, ni qué quiere, pero es consciente de los problemas que causa la globalización y va como un trapero recogiendo los problemas o desechos, no para reciclarlos y volverlos al sistema de consumo y producción, sino para ver si salvando lo desechado hay modo de imaginar un mundo sin desechos. Quiere hacer con los problemas lo mismo que hacían los surrealistas con los desperdicios: transformarlos en obras de arte (en este caso, en puntos de partida para propuestas políticas innovadoras). Este modelo de político acepta que ya no se puede saber en qué consiste la justicia, pero sí dónde está la injusticia, y se deja guiar por ella para mejorar incesantemente la suerte del hombre.

ENFRENTE ESTÁ el nuevo político conservador del que tanto se ha hecho eco la prensa internacional en estas últimas fechas, tras el estudio monográfico que les ha dedicado la revista francesa Le Nouvel Observateur, a raíz de los recientes disturbios. No le mueve el código clásico de los neoliberales, dispuestos a metabolizar en libertad individual todos los valores solidarios que ha imaginado la sociedad a lo largo de los siglos, sino la conservación de una amalgama de conductas que enlaza con una visión tradicionalista de la historia europea: hacen del terrorismo una guerra santa en defensa de los valores occidentales; transforman el creciente y repugnante antisemitismo en islamofobia; oponen al evidente multiculturalismo de nuestra sociedad la pureza de sangre; se apropian partidariamente del sufrimiento de las víctimas y administran el pasado en provecho propio. Habría que leer juntas las últimas manifestaciones del PP: contra el matrimonio gay, contra una educación pensada en términos de justicia y, ahora, contra las amenazas a la Constitución. Lo que hay detrás de esas protestas son unos valores que lo emparentan con esa derecha neoconservadora que repite viejos argumentos pero que también, hay que decirlo, ha sabido detectar nuevos problemas.