«Amor» contra natura

Resulta disparatado que me dedique a pontificar apoyado en lo que siento sin saber «de la misa la media». Pero es que casi nadie enseña y confiesa lo que le sale de dentro, cuando a mi alma, ya de vuelta, le encanta soltar lo que piensa.

Así que insisto sobre el desnudo de cuyo destape ya prediqué. Está claro que el deseo erótico invade al hombre si le gusta lo que ve; que la sugerencia atisbada de un torso femenino anima a la imaginación, y, con ella, a la acción; que el descaro impúdico puede, en vez, constreñir, incluso apagar, la pasión; que la alegría facial, respuesta de ella al piropo, al halago, a la súbita admiración encandila más, mucho más, que la palabra; y que el pudor real es un tesoro memorable que tristemente ha pasado a la historia.

La salida al mercado del cuerpo femenino publicitado en pasarelas, revistas de moda y pornografía televisual ha devaluado el respeto milenario al misterio carnal.

Parece absurdo que en un período en el que la mujer occidental ha conquistado el poder en la política, el voto democrático en igualdad representativa al hombre y el aprecio a su talento y a su cerebro pensante, tenga que competir en abierto con aquellas que, en tropel, exhiben su piel, incluso la más inmediata a su recóndita intimidad.

Hombre y mujer son distintos. Tan distintos en su soñar, sentir y ser como lo son sus cuerpos, fisonomías y funciones orgánicas.

La naturaleza, plena de sugerencias (pasiva en sus ritmos minerales, viva y paradisiaca en su reino vegetal, activa y positiva en su reino animal) es el escenario en el que El Creador implanta al ser humano para su orientación hacia la «normalidad».

Ellas responden atraídas por la voz y la autoridad melodiosa que emerge de la hondura viril, por lo que significa lo que él dice, y la intención que transmite más que por la imagen. Los obsesos de la gimnasia, del «adonismo» esculpido por la desmesura del esfuerzo egolátrico, les parecen cuasi ridículos. Ellos, los que triunfan si piensan y comunican, sólo impresionan a sus competidores masculinos que, inseguros, no consiguen significarse más que por sus músculos y su vientre tableteado; cinco mil abdominales.

El amor y su expresión activa (si ambos sexos obedecen a su naturaleza y ponen en juego sus distintas y bien diferenciadas facultades) engendra, inspira y fertiliza a la mujer, dando sentido a la Vida.

En la autoría histórica de las artes plásticas ella aparece esporádicamente. Claro es que no se educaron profesionalmente en la materia; Sofonisba Anguissola, Artemisia Gentileschi, entonces, Carmen Laffon, Isabel Quintanilla…, hoy, vivían familiarmente rodeadas de su abono creativo. Cada día son más las que estudian Arquitectura –hoy superan en número de matriculadas a sus compañeros de Escuela– pero muy pocas son las elegidas para protagonizar futuros estrellatos.

En evidente contraste, multitudes militaron siempre en la literatura triunfante con su particular sensibilidad poética y relatora. El 70% de la publicación novelística norteamericana contemporánea tiene firma femenina.

En la interpretación de la música y del baile brillaron supremas. Pocas, sin embargo, compiten como compositoras generativas. Si ellas son figuras indiscutibles en la realización, parecen reservados al hombre los proyectos y la inseminación musical.

Pero el medio político, ávido de vender la igualdad entre los sexos, ha situado indiscriminadamente, a modo de comodín, a la mujer en distintos ministerios, independientes de su currículo y formación. Como si sirviera para todo. Y no.

Donde la mujer reinó desde siempre es en el hogar; al principio criando y educando a sus niños y, terminada su función civil o política, admirablemente interpretada en estos tiempos, cuidando a su anciano. Desde mucho antes de la egipcia Cleopatra, las tres Isabeles, una española y dos inglesas, la francoitaliana Catalina de Médicis, madre y suegra de reyes y reinas, se las supo superiores políticamente al patrón; hoy gobiernan. Cuando recuperan su función maternal para atender con dedicación preciosa a quien en el ocaso físico sigue soñando horizontes ya inalcanzables, ejercen como soberanas. Son varios mis amigos cuyos hijos llaman «santas» a sus parejas.

Los franceses han presentado recientemente una película, «Amor», profusamente premiada. En ella se contradice de modo absoluto a la historia. No sé si oculta una intención clandestina. El hecho es que el viejo –Trintignant– es el que atiende sacrificadamente, obsesivamente, a su mujer –Emmanuelle Riva– con exclusividad enfermiza; llega a lavarle el pelo desgreñado, a bañarla indigna y desnuda y a ejercitarla gimnásticamente ante la cámara. Cuando es bien sabido que, si el hombre, una vez resignado a su decrepitud, pierde su orgullo púdico ante su compañera «de toda la vida», esta jamás dimite de su reserva física, remedo soberbio de su coqueta feminidad. La tesis de semejante despropósito fílmico se remata con el crimen –él la asesina «cariñosamente»– y él ¿se suicida? Fracaso evidente de la tergiversación contra natura muy bien interpretada.

También necesito comentar la extendida pretensión de mantener una eterna, falsa y sobreadmirada juventud. Todas y cada una de las edades tienen su valor, sus más y sus menos. Cualquier cirujano estético por profesional y habilidoso que sea, es incapaz de ocultar su artificio. Produce alipori la anciana que, tras la operación, se disfraza de veinteañera, cuando la digna vejez es, por sus méritos naturales, venerable; premio máximo a una vida cuya experiencia, labrada día a día en sus rasgos, queda borrada por la taxidermia en este caso humana. Desde la ley mosaica, el Consejo de ancianos y el derecho romano que otorga al pater familiae autoridad sin límites, nunca, hasta ahora, se ha concedido al joven tolerancia permisiva sin la correspondiente aportación de esfuerzo. Claro es que para nuestras democracias interesadas son muchos los jóvenes que tienen voto (conviene avisar de que el número de viejos crece exponencialmente). La ignorancia juvenil regalada les permite una osadía desmedida, desordenada y crítica contra los criterios ejemplares que guiaron la historia. Gracias a Dios, se ve contraprestada por una mayoría cumplidora y virtuosa que, tecnológicamente apta y constructiva, aspira y lucha por un futuro mejor. Es la que pretende procrear una sociedad sincera, natural, normativa, transparente y auténtica, en la que vuelva a tener sitio la elegancia física y espiritual. Independiente de la edad y vocacional, se entrega seducida por la altura de sus miras.

Al hombre, siempre atraído por la mujer, le interesan más las que miran con veterana e inquisitiva sabiduría que las que, casquivanas, sólo quieren ser vistas, para lo que no velan ni siquiera lo que deben.

Suman quienes quieren tomar, con absoluta verdad y dedicación, el testigo fiel del sentido de La Vida. Restan los que mienten. Pero, ¿quién se habrá creído que es este charlatán que, subido al podio –las Terceras de ABC– nos predica sus batallitas?

Y contesto: «Un viejo –cercano a los ochenta– que no quiere desaparecer sin dejar constancia de lo que muchos –los enamorados del silencio, los eternamente callados– piensan». Ellos son los que rezan.

Miguel de Oriol e Ybarra, doctor arquitecto de la Real Academia de Bellas Artes.

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