Amor sin fronteras

¡Pues sí que está el mundo como para alegrías! Con motivo de la campaña misional de todos los años –el Domund de toda la vida– se anuncia, a bombo y platillo, que está llegando un tiempo nuevo en el que renace la alegría. Lo cual suena, cuando menos, a una frivolidad y sarcasmo casi ofensivo. Y la Iglesia misionera, erre que erre, con lo de la alegría y la esperanza. ¡Con la que está cayendo!

Los informes que periódicamente se nos ofrecen acerca de la acción misionera pueden sorprender. En esto conocerán que sois discípulos míos, en el amor que haya en vuestro corazón y en vuestras manos para ayudar a los necesitados. Así que ya no hay sorpresa alguna: son cristianos y esta es su forma de cumplir el mandamiento nuevo del Señor.

Así que 13.000 misioneros y misioneras españoles repartidos por 130 países curan a los enfermos, educan a los jóvenes y a los niños, se ocupan de los pobres, favorecen el diálogo intercultural y religioso, favorecen la promoción humana, trabajan para que se reconozcan los derechos de las personas, son incansables luchadores en la causa de la paz… Y si alguien se acerca a ellos y les pregunta por las razones que les llevaron a dejar su patria y su familia y a dedicarse, con generosa y ejemplar disponibilidad al servicio y ayuda de los demás, responden: ¡porque somos cristianos!

Si muestran felicidad y gozo, no es alegría de sentimiento y evasión, ni reflejo de un optimismo vacuo lejos de un mundo real. Ni un simple aval que les reporte tranquilidad y sosiego y hasta el reconocimiento social. La causa de su alegría no es otra que el encuentro con Jesucristo y con aquellos que más necesitados están de eficaces gestos de amor cristiano. Un amor universal, sin fronteras ni murallas. A todos hay que servir y de todos aprender. No hay distinción de ideas ni de colores, de amigos y de contrarios, de creencias y modos de vida. El amor es así de generoso. Sin límite alguno y hasta dar la propia vida. Que ejemplos de todo ello tenemos muy cerca.

No se trata de altruismo y simple beneficencia, sino de reconocer en el desvalido la carne viva y sufriente de Jesucristo, como nos dice el Papa. Por tanto acercarse a los pobres como lo más querido de Jesús. No son «los marginados», ni «la infancia desvalida «, ni los «enfermos de ébola»… No son un colectivo en situación de máxima necesidad, sino unos hombres y mujeres concretos a los que ayudar con eficacia, sin menoscabar en lo más mínimo su propia dignidad humana.

Lejos de cualquier proselitismo, la Iglesia no impone ni su mensaje ni su forma de vivir, pero tiene la obligación de ofrecer lo que tiene. Ni la fe ni el amor se contentan con guardar para uno mismo aquello que consideran la razón de su propia vida y que motiva el gozo que llena su existencia. La fe se fortalece dándola. El amor sin amar y servir a los demás es pura fantasía. La Iglesia está presente y activa en sus misioneros y misioneras. En ellos no cabe la desesperanza. El pesimismo, como dice el Papa Francisco, es un pan ofrecido por el diablo, que llena de nostalgias del pasado y miedos al futuro. En cambio, la esperanza es combativa, comprende las dificultades del presente y pone manos a la obra para conseguir que mejoren los caminos de la justicia para todos.

Habrá que tener una gran sensibilidad para captar la verdadera necesidad de los hombres. No consiste en hacer lo que a nosotros nos guste, sino lo que ellos necesitan. Estar atentos a las nuevas formas de insolidaridad, a la evasión o el adormecimiento de la conciencia, buscando coartadas y equívocos razonamientos sobre quién ha de recaer la responsabilidad. Es dejar de ayudar al que está lejos, porque hay mucha necesidad cerca. Cerrar la puerta al extranjero, porque hay poco sitio para los que ya estamos aquí. Buscar culpables, más que acudir con remedios…

La acción misionera de la Iglesia no es una estrategia táctica para un programa de expansionismo católico, sino responder al derecho de cada hombre a conocer la verdad y a vivir con la dignidad que le corresponde. Ayudar al hombre a ser lo que debe ser y a vivir como tal, es obligación de todos. Y donde pueda terminar la justicia que siga avanzando la caridad. Una caridad sin justicia sería un amor falso, paternalista, evasivo. La justicia sin amor fraterno tiene un campo de acción muy limitado.

Los misioneros y misioneras pertenecen a un grupo con márgenes de riesgo muy altos. Lo que se conoce, entre los misioneros y misioneras que han vivido en esos países lejanos, como «el mal de África, de América, de Asia, de Oceanía», es enfermedad que se mete en el corazón y que no deja vivir de las ansias por volver y estar con aquello que es la razón de su vida: hablar de Jesucristo, con obras llenas de amor, en ayuda de los más desfavorecidos. Quieren curar las heridas que abriera el hambre, la falta de educación, de salud, de reconocimiento de sus derechos… Porque lo peor de las heridas no es que sangren, sino que se infecten por el odio y la desesperanza. Los misioneros y misioneras ponen siempre bálsamos de amor fraterno, de esperanza en el convencimiento de que un mundo más del agrado de Dios es siempre posible.

El Papa Francisco lo ha dicho de una forma muy explícita: «La actividad misionera representa el mayor desafío para la Iglesia». Lo ha escrito en una exhortación que se titula «El gozo del Evangelio». La Iglesia no es indiferente a lo que ocurre en el mundo, con todas sus tragedias y malestares, pero no puede dejar de ser coherente con el mensaje de Jesús, que es buena noticia cuajada de razones para la esperanza. La adaptación a la realidad nunca vendrá de la incoherencia sino de la fidelidad y el afán de cada día por cumplir el mandato que de Jesucristo recibido: el amor no tiene fronteras, hasta dar la vida por los demás, que en esto se reconocerá que sois verdaderos cristianos.

Una abierta y decidida opción por el amor cristiano arranca de la fe, que en ella tiene su fundamento. Los misioneros y misioneras no necesitan ocultar su identidad cristiana para ser eficaces y servir a los pobres. Lo hacen con una constante referencia al Evangelio y a los comportamientos de Jesucristo. El amor fraterno tiene en Jesucristo su razón de ser. Han recibido la llamada y el envío de Cristo para anunciar el mensaje de amor más allá de cualquier frontera.

De todo esto quiere hablar la Iglesia en el día del Domund, que es ese cartel grande lleno de imágenes ejemplares, que son las que realizan los misioneros y misioneras, y que hacen cosquillas en la conciencia e invita a la responsabilidad de hablar de Jesucristo a las gentes que todavía no lo conocen. Amor, y del bueno, es este, que elimina todas las fronteras y nos hace hermanos de una misma familia, la de Dios. Las misiones tienen una función educadora, pues hacen comprender la coherencia de la fe, la dignidad de la persona y la urgencia de poner en práctica el ejemplo de Jesús.

Carlos Amigo Vallejo es cardenal arzobispo emérito de Sevilla.

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