Amores de verano

El verano es el tiempo del amor. Empezando por el sexo, un componente clave de la exaltación amorosa. La conexión entre sexo y verano depende de una reacción hormonal científicamente establecida. La testosterona reacciona a la luz solar y aumenta con el alargamiento del día. Su producción crece con los efluvios primaverales y llega al nivel máximo en agosto.

Además, las feromonas, sustancias químicas presentes en la piel y que estimulan el apetito sexual, se activan con el calor. Y el transporte de serotonina, un neurotransmisor estimulante de actividad, se incrementa en todas las áreas cerebrales en verano y se va apagando en otoño. Conforme avanza la oscuridad ambiente se van apagando los fuegos hormonales. De modo que la biología explica en buena medida la estacionalidad del impulso sexual. Tanto más cuanto más jóvenes son las personas, sin excluir a los de mayor edad.

Ahora bien, no sólo de sexo vive el amor. La mitología romántica anida en las mentes iluminadas por la luna, liberadas a ritmo de discoteca, bañadas en alcohol y estimuladas por tocamientos erógenos. Y todo eso suele ocurrir en ese paréntesis de libertad que son las vacaciones. En esas noches de verano que no interrumpirá el despertador todo parece posible, incluso el amor, ese bien supremo que todos buscan a lo largo de la vida, mentando su nombre en vano para sublimar las emociones más diversas.

De repente se acaba la soledad, surge la alegría desmesurada, canta la vida y se alcanza el sentido del encuentro con el otro. Claro que poco a poco se acortan los días y se van acabando las vacaciones. Hay que volver al redil. Al trabajo, al hogar, a la disciplina que hace funcionar a la sociedad. Con una cierta resignación, conforme los estímulos hormonales se van apagando y surgen otros procesos, también hormonales que valoran la compañía estable. Es un ciclo estacional. Es funcionalmente necesario para la colectividad el ritual de liberar el deseo y abrir las puertas de la vida para, por un breve momento, sentirse vivo y poder continuar. Con la esperanza de que el verano llegará de nuevo, con su cortejo de juegos, desnudeces, pasiones, ilusiones y sensualidad.

El otoño pone las cosas, y las personas, en su sitio. Aunque haya alguna que otra actitud rebelde que pronto se encarga alguien de poner en cintura.

Pero el verano no sólo es la estación del amor, sino del desamor. Y no sólo por el inevitable final de las pasiones pasajeras, sino por la frecuente disolución de aquellas convivencias en las que se estabilizan las relaciones afectivas. O sea los matrimonios. Porque resulta que, en España, el 33% de los divorcios y separaciones tienen lugar en los tres meses de verano. Sin contar las numerosas rupturas extrainstitucionales.

Y es que los mecanismos que hacen del verano un entorno mágico para el amor se vuelven en contra de quienes ya están conviviendo a duras penas y se topan con la dura realidad de su relación cuando tienen que vivirla a tiempo completo en época vacacional. Con el agravante de que los estímulos del entorno, empezando por la visión de los cuerpos que desvela el verano, se producen desde fuera de la pareja. Porque los amantes tristes que fueron y ya no son aún albergan la esperanza de que con las vacaciones tal vez podrían retornar a alguna forma de amor.

Superados el estrés cotidiano, la falta de tiempo y la responsabilidad de la gestión de hogar y niños, el verano sería el momento de reencontrarse, de rememorar otras noches de luna en donde también para ellos todo parecía posible. Hasta que llegaron las hipotecas de la vida.

Pero la cruel paradoja es que cuanta más esperanza hay en reencontrar el amor (algo que nadie pierde nunca), más disponibilidad hay para sacrificar la seguridad rutinaria y poder volver a otro verano en donde un nuevo amor sea posible. Es decir, el contraste entre un entorno sexualizado y el aburrimiento con el otro se hace insoportable.La cotidianidad pautada por trabajo y obligaciones familiares apaga las pasiones para todos, induciendo a la resignación sin la cual el día a día sería invivible. Cuando la disciplina se relaja y aparece la cruda realidad de una relación vacía de magia, el camino hacia la aceptación del fin del amor se hace mas duro. Aunque no es un sino fatal. Cada pareja es un mundo. Y mucho depende de por dónde andan los churumbeles.

Mientras hay vida familiar algo se mueve por dentro. Por eso uno de los factores que predisponen a la separación de matrimonios en edad avanzada es el fin del nido familiar. Con los jóvenes volando por su cuenta (aunque vuelvan en Navidad) las tensiones de toda una vida son a veces más fuertes que la costumbre y el apego de consortes. Todavía más en una sociedad en la que la idea de la libertad individual se ha afirmado con vigor, en particular en las generaciones rebeldes que ahora llegan a la sesentena.

La nueva capacidad de las mujeres para ser ellas mismas introduce una dinámica que disuelve la desigualdad en las relaciones a cualquier edad y obliga a negociar la continuidad de la pareja en cada momento. Negociación que es frecuentemente conflictiva. Sobre todo, en situaciones en donde, como en verano, el calor sube a la cabeza y se activa otra hormona (la epinefrina) asociada al nerviosismo.

De ahí que la estación del amor y del deseo es también, para muchos, el tiempo del desamor y de la frustración sexual. Hasta que llega el otoño con su manto de paz y aceptación, serenando las emociones y dejando la búsqueda del amor para el próximo verano.

Manuel Castells

1 comentario


  1. Enhorabuena al profesor Castells por un artículo tan interesante y tan bien escrito. Este tipo de artículos son una rareza en los medios de comunicación actuales.

    Responder

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *