Amos Oz en su tienda de palabras

Por Gustavo Martín Garzo, escritor (EL PAÍS, 25/10/07):

Un pueblo vive aislado en un valle. Es un valle silencioso, de noches oscuras y temibles, del que han desaparecido los animales. Fue hace tanto tiempo que ya nadie se acuerda de ellos, ni siquiera si fueron reales alguna vez. Los niños han crecido en ese silencio y no saben lo que es tener un gato en las manos, acariciar un caballo o sorprender en un árbol el nido de un pájaro. Y una noche un niño y una niña se internan en el bosque tratando de resolver el enigma de esa paz tan parecida a la muerte. (De repente en lo profundo del bosque).

Un escritor cuenta la historia de su familia. La historia de sus padres y abuelos, de sus vicisitudes por la Europa de antes de la guerra, y de su llegada a Israel, donde se conocen y finalmente nace él. Es hijo único y se pasa los días rodeado de mayores. Y nos cuenta cómo son, y toma nota de sus palabras y sus gestos. Nos habla del amor al estudio de su padre, al que siempre recuerda rodeado de libros; y, sobre todo, de su madre, que le rodea de historias cálidas llenas de fantasía. Y cómo un día, sucede algo inesperado y terrible que acaba con ese mundo y cambia su vida para siempre. (Una historia de amor y de oscuridad).

Una pareja se casa y pronto surgen problemas entre ellos. Él es geólogo, un hombre práctico y amable, y ella ama su nobleza y su cálido cuerpo, pero a la vez echa de menos a su lado algo que no sabe lo que es, ni si pertenece a este mundo, y se pregunta por qué el amor no puede ser de otra manera, un mundo de fantasías, de apuestas extrañas, ni por qué las lágrimas, como le pasó a Miguel Strogoff, no tienen el poder de salvarnos. (Mi querido Mijael).

Un niño israelí se hace amigo de un sargento de policía inglés. Son los tiempos de la ocupación, y los otros niños le acusan de estar traicionando su pueblo. Pero a él le gusta estar con ese sargento, que es apacible y bondadoso, y aprende que la traición tiene que ver con el amor, pues “si no amamos ¿cómo podemos traicionar?”, pero también que el que ofrece piedad termina encontrando piedad. (Una pantera en el sótano).

A Amos Oz le complace compararse con un tendero. Su oficio, nos dice, consiste en acudir a su tienda todos los días y levantar sus postigos. Eso es ser escritor para él, tener una tienda humilde, y atender a los que entran en ella. Una tienda llena de palabras que cualquiera puede tomar y llevarse consigo, de la misma forma que nos llevamos las legumbres, el azúcar o el té de los puestos del mercado. Una tienda donde satisfacer esa necesidad tan humana de ponernos en el lugar de los otros y aprender a mirar por sus ojos. Y aquí encontrará hermosas historias que le permitirán hacerlo y se quedarán en su corazón. Historias donde hombres y mujeres buscan lo bueno y llegan a hacerse daño porque no es posible conocer a nadie, ni siquiera a los que están más cerca de nosotros; y hermosas parábolas que hablan de la vida como misterio y placer, y de la necesidad de brillar. De cómo las cosas y los seres brillan, aunque no sepamos por qué lo hacen ni para qué sirve ese brillo.

Por ejemplo, las historias del río que devolvía las cosas y la del niño que había aprendido a pedir. Proceden de dos de sus libros más hermosos: Una historia de amor y de oscuridad y Una pantera en el sótano. En la primera, una madre le cuenta a su hijo cómo de pequeña había vivi-do con la idea de que todo era posible y que la persiana que arrojabas al río podía regresar días después a tus manos. Lo había creído de niña y ahora se preguntaba por qué no podía ser. Las leyes de la naturaleza lo negaban, pero ¿por qué esas leyes no podían cambiar? Los hombres habían creído a lo largo del tiempo que la tierra era plana, que no había continentes, que los astros giraban alrededor en esferas de cristal, y que todas las criaturas estaban compuestas de cuatro humores, cuyas mezclas diversas daban lugar a los distintos modos de ser. Pero estas ideas habían sido sustituidas por otras. ¿Por qué entonces las cosas que perdíamos no podían regresar de nuevo a nuestras manos?

Y es verdad que nada está escrito, y que las leyes del mundo cambian a cada instante. Cuando amamos a un animal, ¿no estamos a su lado en el bosque? Al perder a un ser querido, ¿no le hablamos más allá de la muerte? ¿Un recién nacido no desmiente las teorías de Copérnico haciendo que estrellas, constelaciones y palabras giren a su alrededor? ¿El cuerpo amado no contiene el mundo con todos sus frutos, sus fuentes y sus pájaros? ¿No vemos en las llamas de las velas la imagen de nuestra alma, en el agua que corre la de nuestros pensamientos, en la oscuridad la de nuestros deseos? Todo vuelve, todo vive eternamente en nuestro corazón. La persiana puede regresar a las manos que la han arrojado al agua de la misma forma que basta con empezar a contar algo para que al momento vuelva con nuestras palabras todo lo que creíamos perdido. Las cosas no desaparecen, sólo necesitan el hechizo que las haga regresar. Y ese hechizo casi siempre tiene que ver con las palabras.

En Una pantera en el sótano una muchacha va a cuidar a un niño. El niño la ha visto desnudarse desde la terraza, lo que le avergüenza y hace temer que le haya podido descubrir. Ella se queda a su lado esa noche porque sus padres han tenido que viajar a otra ciudad y le han pedido que lo cuide mientras están fuera. La muchacha le prepara una sabrosa cena y, cuando se ponen a hablar, el chico descubre que sí sabe que la ha estado espiando, pero que no le importa que lo haya hecho y le parece normal que quiera verla desnuda, por lo que a partir de ahora se limitará a bajar la persiana de su cuarto cuando se vaya a acostar. Y le dice que lo que más le gusta de él es que “en un mundo donde casi todos son generales o espías él es un niño de palabras”, y que le den lo que le den, “siempre se comporta como si le hubieran dado un regalo, como si le hubiese ocurrido un milagro”. Y aún añade otra cosa: que todos los problemas que tenemos en la vida surgen porque no sabemos pedir. “En la vida real, la mayoría de la gente pide to-da clase de favores pero los pide mal. Luego dejan de pedir, pero se ofenden y te ofenden. Empiezan a acostumbrarse, y una vez que se han acostumbrado ya no hay tiempo. La vida se acaba”.

Los libros de Amos Oz están llenos de niños y muchachas que no dejan de pedir. Piden palabras a las cosas; a los seres que quieren que nunca les abandonen; a los animales que regresen del bosque. Piden a los vestidos que vuelen a su alrededor, a los helados que iluminen sus labios, al agua que dé a su piel el aroma de la hierba. Es lo que hacía Orfeo. Iba por los caminos y, al tocar su lira, los árboles inclinaban sus ramas para ofrecerle sus frutos, las aves dejaban de volar y las ovejas levantaban sus cabezas para mirarle. Todo porque él les había pedido que estuvieran atentos.

También escribir es pedir. La escritura es una máquina de pedir deseos. Cada palabra, cada frase, una pequeña súplica. Con ellas viajamos por el mundo real, pero también por el tiempo buscando trasformar la arena del pasado en un puñado de piedras preciosas. Ese es el poder de las verdaderas historias, crear un lugar donde puedan escucharse las voces del mundo. Las voces de las fuentes y los ríos, de los bosques y los animales. Las voces de los viajeros y de los que viven a nuestro lado. Y para hacerlo es preciso olvidarse de uno mismo, disponerse a recibir no lo que tenemos y es nuestro sino lo que nunca lo fue. Y así todo florece porque, como dice el poeta israelí Yehuda Amijai, “donde tenemos razón no crecen las flores”. Eso es una tienda (un libro), un lugar donde aprendemos a pedir. Amos Oz ha creado con los suyos un lugar así. Sería una pena que pasaran de largo.