Amparo de pobres

En 1598, Cristóbal Pérez de Herrera, protomédico de las galeras de España y médico real, publica una recopilación de sus discursos en torno a la mendicidad y la picaresca que la rodea. La obra, finalmente dedicada al Príncipe que pronto sería Felipe III, llevó por título el que resumidamente encabeza este artículo, pero que en su versión completa constituye todo un manifiesto y un programa: Discurso del amparo de los legítimos pobres y reducción de los fingidos; y de la fundación y principio de los albergues destos reinos; y amparo de la milicia dellos. Las páginas del libro no son el mero retrato de un arbitrista utópico fuera de la realidad, o un soñador con ínfulas de reformador social. Muy al contrario, para llegar a sus Discursosel autor antes había acumulado experiencias y conocimientos profesionales nada menos que en «las galeras de España», atendiendo a marinos, soldados o chusma de galeotes —la flor de la sociedad— y participando, entre otras empresas militares de fuste, en la campaña de las Terceiras (Azores) contra la escuadra francesa. Su amistad con Mateo Alemán y Lope de Vega también contribuyó, con su ejercicio de médico en Madrid, a darle una visión de primera mano del hampa, los pícaros y buscones de toda laya. Y propone soluciones y funda albergues y recaba el patrocinio real para llevar adelante su propósito regeneracionista, escandalizado por el daño que «a la república» causaba la proliferación de golfos y golfas, vagabundos y vagabundas, que diría un progre de ahora mismo. Y no digamos una progra. Intenta una ingenua «ingeniería social» —por seguir con el lenguaje de nuestro tiempo— pero sin sindicatos que cobren su fielato de los ERE ni oenegés que no perdonan chica ni patacón sueltos.

Para continuar con los paralelismos, solo recordaremos que Pérez de Herrera calcula en 150.000 los ociosos y mangantes que erraban por España (con la quinta parte de la población actual, lo cual hoy en día significaría unos 750.000: no debemos de andar lejos) originando un sinfín de males: robos, engaños, timos, para cuya comisión simulaban enfermedades, taras, mancaduras; o explotaban a niños en la mendicidad, llegando a tullirlos o cegarlos, por ser esta una fuente de ingresos más segura y pingüe que un capital en el banco. Por desgracia, no exageramos. Los efectos perjudicaban a las personas, a la economía y al poblamiento, por lo que «parece ser necesario mandar V. M. se remedie y ataje la manera de pedir y sacar dineros de unos ciegos, y otros que lo fingen por ventura no lo siendo, teniendo muy buena vista, que se ponen en las plazas y calles…».

Veo un reportaje de TV y oigo que, según estimaciones de la Policía, abogados y organizaciones humanitarias de Inglaterra, un solo niño gitano rumano puede obtener unos diez mil euros mensuales mendigando por las calles de Londres. Desconozco si el dato es fidedigno, pero salgo a pasear a las de Madrid y las encuentro convertidas en un nuevo amparo de pobres, pero al estilo actual: sin orden ni concierto ni respeto para nadie. Una plaga de pedigüeños —en su inmensa mayoría gitanos rumanos: si fueran esquimales canadienses, diríamos esquimales canadienses, pero no lo son— ha tomado mi barrio y los adyacentes, ya no son solo las iglesias (de ordinario cerradas, por miedo a la delincuencia, algo inimaginable en otros tiempos), pequeños supermercados, pastelerías, panaderías, semáforos, las colas de los cines, el chino de la esquina…, todos disfrutan de la guardia perenne de pedigüeños que explotan la credulidad y bondad de viandantes y parroquianos y tampoco faltan niños, la carta comodín en el feísimo juego. Hay pocos indígenas (algunos) y ningún moro ni hispanoamericano: la cohesión familiar y su sentido de la autoestima personal y de grupo les libra de llegar a eso, por fortuna. Tampoco los 5.300.000 parados que nos han legado Rodríguez y Alfredo Pérez están en las calles pidiendo limosna (más bien mantienen la dignidad y acuden a Cáritas y a las Hijas de la Caridad), aunque ese sea un buen subterfugio para inhibirse del problema y achacarlo a «la crisis», «el paro» o —ya desbarrando— «al capitalismo y los ricos», porque —ya se sabe— los limosneros son «víctimas de la sociedad y todos somos culpables».

Ni ahora ni en tiempos de Pérez de Herrera se han inventado la mendicidad y la picaresca, sin connotación de exaltación literaria ninguna, pero sí es la literatura la que nos habla, desde el Satiricón y El asno de orohasta la gran picaresca española, pasando por autores árabes medievales (al-Yahiz, al-Bayhaqi, Abu Dulaf al-Jazrayi, al-Hamadani), de las mañas, estratagemas y añagazas —no siempre chistosas y lúdicas— de que se sirven estos marginales. Es fácil identificar, con escasas variantes, a los personajes de antaño que hemos estudiado, inmortalizados en las obras clásicas, pero ahora sin ninguna gracia, porque estos son de verdad, aunque revestidos con la misma parafernalia, embustes y trucos: vestirse de harapos, simular enfermedades o cojera, intentar entablar conversación los más sofisticados (táctica, por lo general, propia de autóctonos), cortar el paso, provocar la conmiseración mediante quejidos lastimeros, invocaciones a leche para hijos reales o supuestos, pedir para completar el precio de un viaje (ya de Metro, o autobús de línea, o pasaje para Italia, en Barajas, lo que me ha sucedido dos veces), con profusión de imágenes religiosas, de llamadas a unos buenos sentimientos que, al menos, es dudoso que ellos mismos profesen.

Vemos a las mismas personas retratadas en las clasificaciones de los pícaros que, con sus descripciones, nos ofrecen al-Hamadani y al-Yahiz. Abu Dulaf refiere cómo determinados pícaros se especializaban en el puerta a puerta, en tanto otros preferían las mezquitas, los baños o las inmediaciones de los caminos, siempre con el decorado del movimiento y el viaje como señuelo. Pero en todo este negro capítulo no hay nada de jocoso o divertido. Mateo Alemán no está inventando nada cuando refiere que «estropeólo, como lo hacen muchos de todas las naciones en aquellas partes, que de tiernos los tuercen y quiebran (…), ganan de comer para su vejez y después con aquella lesión les dejan buen patrimonio…». Por desgracia no es literatura, y aunque en España esos horrores ya no se perciban, por haber alcanzado, hasta los pícaros, otros niveles económicos, lamentablemente todavía hay países en el mundo —que no mencionaré nominalmente, para que nadie se dé por ofendido—, y de distintas áreas culturales, en que se siguen practicando tales aberraciones.

Y nada que ver con racismo ni xenofobia de ningún género. Una señora rumana, merecedora de todo respeto y consideración y que trabaja diez horas diarias, me aclaró mucho las ideas al respecto: «Mire usted, señor Fanjul, la cosa es muy fácil: quienes trabajábamos en Rumanía trabajamos aquí, y quienes no lo hacían allá tampoco aquí lo hacen». Con la lucidez y clarividencia de las personas sencillas para los temas serios, me fue más útil que mi montaña de lecturas. Y tal rumana existe y tiene nombre y apellidos.

Pérez de Herrera proponía soluciones para integrar en el trabajo, en la radicación domiciliaria y en la participación plena en la sociedad, de los mangantes de su tiempo, por supuesto mediante la coerción, si por las buenas no bastaba, pero podemos preguntarnos qué posibilidades hay de persuadir con urbanidad y palabra culta a las mafias que en Rumanía (y en otros lugares) empaquetan niños para Europa occidental, unas criaturas que, amén de malvivir durante unos cuantos años, habrán aprendido en sus carnes —¡y de qué modo!— que ese es un buen medio de vida, siempre que los explotados sean otros y que no hay razón alguna para someterse a normas, respeto ni moral de ningún género: ¿interesará el asunto a nuestras autoridades gubernativas? En algunos municipios españoles ya se han empezado a insinuar tímidas medidas, ante la avalancha que nos ha caído, si bien con la pacatería habitual en nuestros políticos cuando la cosa no les afecta directamente, pero no es un mero problema económico, de estética urbana u orden público (que lo es); atañe de lleno a los derechos humanos, empezando por los de los niños, los más débiles.

Por Serafín Fanjul, catedrático de Estudios Árabes.

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