Anaïs Nin, lecciones de vida y escritura

Hay dos tipos de escritores: los que escriben como podrían estar haciendo cualquier otra cosa y los que ‘son’ escribiendo, la escritura no es lo que hacen sino algo que les pasa, una especie de secreción corporal. Como les late el corazón o les fluye la sangre, escriben. En este caso el interés no radica en sus habilidades técnicas, la destreza o el grado de perfección en la ejecución de sus obras sino en el hecho de que este tipo de autores no pueden evitar transmitir a través de los textos el lenguaje soterrado que puede que ni ellos mismos conozcan. Son más artistas que generadores de material de entretenimiento para ratos muertos y nos tocan de una manera que no sabemos describir. Hacen lo que mi psiquiatra de cabecera dice que tienen que hacer las obras de arte: comunicar de subconsciente a subconsciente. Lástima que junto a la lista de libros más vendidos no esté la de los que más nos han afectado, tocado en algún rincón profundo y remoto.

Si hay una autora que fue a través de la escritura, en quien vida y literatura son del todo inseparables, es Anaïs Nin. Ayer hacía 40 años de su muerte, una fecha como cualquier otra para leerla. Sus diarios, que crearon una gran expectación mucho antes de ser publicados, son a día de hoy más vigentes que nunca. Decía un artículo del 2015 en ‘The Guardian’ que antes de Lena Dunham hubo Anaïs Nin. Y es cierto que la francoestadounidense plasmó minuciosamente lo que le pasaba a lo largo de toda la vida, que intentó entenderse a través de la escritura, que se esforzaba siempre para llegar a definir algo tan escurridizo como la naturaleza femenina. La obra está llena de afirmaciones sobre el tema, de comparaciones entre hombres y mujeres, de descripciones de elementos que para ella constituyen un hecho diferencial femenino, el más importante de los cuales es quizá el de la intuición, que afila en todas las situaciones vitales.

Algunas teorías feministas niegan completamente la existencia de una naturaleza femenina, nos dicen que todo es una simple construcción cultural para dominar a la mujer, pero el éxito de libros como ‘Mujeres que corren con lobos’ de Pinkola Estés demuestran que la inquietud por descubrir en qué consiste exactamente este hecho diferencial sigue bien vigente.

En la época en que escribía sus dietarios Anaïs Nin había una gran necesidad de conocer la vida interior de las mujeres. El psicoanálisis había tenido un gran impacto en todo el mundo de la cultura, pero no había logrado penetrar la complejidad del mundo interior femenino, que era visto como un misterio a descubrir.

En el minucioso proceso de autoconocimiento de Anaïs Nin, de observación atenta del laberinto interior, el psicoanálisis tuvo sin duda un papel primordial. Ahora son pocos los escritores que hablan de sus terapias (hace unos domingos lo hacía Zadie Smith en la entrevista publicada por Mujer Hoy), pero lo cierto es que las teorías de Freud y sus discípulos fueron una auténtica revolución. Y una revolución humanista porque ponía al individuo y su malestar en el centro e intentaba llegar a la curación mediante la palabra, el relato de los recuerdos más enterrados que podía contener el germen de la neurosis presente. Dar importancia a la historia individual, los traumas personales, la organización escondida del propio ser, no fue poca cosa, aunque ahora no lo valoremos mucho, inundados como estamos de autoayuda barata.

Anaïs Nin no solo se zambulló completamente en la tarea de descubrir el propio mundo subterráneo pasando por el diván de dos conocidos analistas, sino que ella misma ejerció de psicoanalista para tener un sueldo que le permitiera mantenerse, pero pronto se dio cuenta de que los pacientes le consumían las energías y el tiempo y era incapaz de escribir. El eterno dilema del escritor que no puede vivir de lo que escribe, la inmensa mayoría. De las precariedades del oficio también habla mucho, pero no se plantea nunca hacer concesiones artísticas para adaptarse al mercado.

La lectura de los diarios es una lección magistral de cómo se ejerce la libertad de una manera profunda, de cómo se exploran los límites impuestos (practicó el poliamor mucho antes de que alguien inventara esta palabra) y sobre todo es una muestra clara de cómo la vida y la literatura no solo no pueden ir separadas sino que se modifican mutuamente. A lo largo de los años en que va anotando sus vivencias, Anaïs Nin también lo deja leer, lo enseña y observa las reacciones que su tarea despierta en otros. En algún momento dice que todos quieren quitarle el diario. De hecho, Otto Rank se lo prohibió una temporada, lo que provocó en Nin una especie de síndrome de abstinencia. Esta es quizá una de las aportaciones más importantes del texto para los que nos dedicamos a este oficio, entender que vida y literatura es la misma cosa. Bebemos de la vida para escribir, escribir nos cambia la vida.

Najat El Hachmi, escritora.

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