Anatomía de un brazo

La historia del brazo izquierdo de Franns Rilles Melgar Vargas no figura en la historia de la literatura porque en la época de Valle-Inclán, por ejemplo, una historia así hubiera supuesto una conmoción social de esas que contaba Zola, o algún tipo de su especie, y los empresarios-sanguijuela hubieran tenido que salir del pueblo escoltados por la Guardia Civil. Y en verdad es difícil contarlo a lo bruto, así de corrido y sin incluir en cada párrafo un salpimentado de supuestamente. ¿Se han fijado que ahora, los que escribimos, estamos tan acogotados por el miedo que incluimos la coletilla del supuestamente hasta a los muertos, que supuestamente no se levantarán nunca?

La historia del brazo izquierdo del boliviano Franns Rilles tampoco figurará en nuestra historia social, aunque debería. Y no entrará porque a estas alturas de la película no sabemos muy bien qué constituye la historia social, que hay muchas dudas al respecto, y supuestamente un accidente laboral – que eso es en el fondo y en la forma-no tiene por qué formar parte de lo colectivo.

Tratemos pues de ser objetivos y hagamos la anatomía del brazo izquierdo que perdió Franns Rilles supuestamente en la máquina de amasar de la panificadora Rovira Sociedad Limitada, sita en Real de Gandia, Valencia.

Antiguamente, en el pleistoceno del periodismo escrito, cuando los diarios estaban pensados para que los lectores fueran a tiro hecho a las secciones que saciaban sus inclinaciones más personales – había a la sazón quien sólo leía los sucesos, o los tribunales, o la política, o los pasatiempos-y todo era un tanto primario y directo, había que explicar lo obvio, es decir, aquello que excluía el supuestamente.Lo hecho en falta, lo confieso, porque soy antiguo lector de periódicos, y por eso no he logrado saber a qué hora sucedió la amputación del brazo izquierdo del trabajador boliviano Franns Rilles. Eso sí, estoy al tanto de que ocurrió el 28 de mayo, jueves. Pero resulta que no supimos nada de asunto tan principal hasta quince días después, gracias a una denuncia sindical contra los empresarios de la panadería.

El trabajador sin papeles Franns Rilles estaba trabajando en la fábrica de pan de los Rovira; antaño hubiéramos tenido que decir horno de pan pero como el pan en España, país de trigo abundante, es literalmente una basura salvo escasas excepciones, sirva la expresión de fábrica de pan.Como nadie nos ha contado en qué momento del día o de la noche sucedió el accidente desconocemos cuántas horas llevaba trabajando el sin papeles,que supuestamente hacía jornadas de trece horas. Pero en fin, lo que sí sabemos es que le cayó en la amasadora el envoltorio de la levadura y que se dispuso a sacarlo con la mano izquierda y que en ese instante se quedó sin brazo hasta más arriba del codo.

Debió de echarse hacia atrás y retirar lo que quedaba del brazo, y la masa tinta en sangre. Los gritos y el escándalo debieron de ser para no verlo. ¿Estaba solo? No, había supuestamente otros siete trabajadores sin papeles,de los que no sabemos nada. Lo único que sí sabemos es que uno de los dueños, un Rovira, conocidos en el pueblo como los Veneno,supuestamente por razones no ligadas a la calidad de la harina, ante la perspectiva de que se desangrara allí mismo – no es difícil imaginar la amputación de un brazo convertida en una manguera de sangre caliente-,lo saca de la fábrica y lo suelta en el pueblo con la indicación expresa de que no diga dónde trabajaba, porque es un sin papeles.

Un tipo sin brazo, que no sabe dónde está el centro sanitario del pueblo y al que ha de orientar un transeúnte, con absoluta seguridad, perplejo. Se trata de un centro de primeros auxilios que le hace las primeras curas y lo traslada de urgencia al hospital privado – por qué a un hospital privado, nadie nos lo explica-Virgen del Consuelo, de Valencia.

Al principio el sin papeles Franns Rilles, acojonado, aún cree que debe cubrir a su patrón, pero cuando los médicos le piden el brazo para tratar de reimplantárselo se descubre el bollo, nunca mejor dicho. Es la Guardia Civil, a lo que parece, la que ha de ejecutar la recuperación y se encuentran que la fábrica de pan está impoluta, imagino que igual que el coche, sin mota de sangre, y el brazo del boliviano en la basura, en la misma bolsa de los restos de la panificadora.

Al fin y al cabo, el brazo del sin papeles es un resto de fábrica ya inutilizable, al menos para ellos. Cuando el miembro llega al hospital también para los cirujanos es irrecuperable. Pero pasan dos semanas yno sucede nada. ¿Es posible que en catorce días no nos hayamos enterado? ¿Por qué? Nadie lo explica. A partir de la denuncia sindical sabemos que la Guardia Civil hace una inspección en la fábrica de pan y la cierra: por las escasas condiciones higiénicas y «el pésimo estado de la instalación eléctrica». Una reciente información aparecida en El País,desde Gandia, y que parece redactada por los Veneno aunque va firmada por una tal Eva Batalla, asegura que la policía judicial confirma las sorprendentes alegaciones de los empresarios. Hasta tal punto que el manco boliviano y sus compinches serían los responsables de la amputación y hasta de detener la producción de los exquisitos panes de tan probos industriales del pan y de la harina. Ya verán como al final resulta que multan a Franns Rilles por atentado a la salud pública y fabricar clandestinamente panes sin los preceptivos papeles.

Pero hasta que llega ese momento definitivo podemos asegurar que Franns Rilles trabajaba ilegalmente, aunque sería mejor decir presuntamente,en la panificadora trece horas al día, y ganaba 23 euros por jornada, y que llevaba años en esa situación hasta el fatal accidente. Y que su cuñado Mario Azogue, también boliviano de Santa Cruz, había pedido empleo en la misma fábrica y le habían puesto como condición trabajar a prueba y gratis cinco noches, y que cuando terminaron las cinco noches,le insistieron en que la prueba no había sido suficiente – fabricar pan debe de requerir mucha pericia-y que convenía que hiciera otras veinte noches gratuitas; momento en el que asumió que debía ganarse el pan en otro sitio. Pero de toda esta sordidez del trabajo esclavo – llamarlo precario sería un eufemismo-lo que más me llama la atención es la actitud de los empresarios de la fábrica de pan. ¿Tan impunes se consideran como para pensar que llega un emigrante a un hospital sin un brazo y con un boquete de sangre, y se van a creer los médicos que se lo hizo abriendo una lata de anchoas? ¿O es que valoran el grado de esclavitud de los empleados como garantía de que mantendrán la engañifa hasta morir? Todo, antes que declarar dónde estaba la plantación y el negrero. Por supuesto que el relato es estrictamente literario y que la relación con los hechos, como demostraría la policía judicial quince días después del incidente, apenas un suceso, es improbable y casual.

El Consejo de Ministros, en un gesto digno de la Ilustración que nos gobierna, ha concedido al boliviano Franns Rilles, un manco de 33 años, los papeles que le convierten en un emigrante legal. Un gesto que hubiera hecho el anciano emperador Francisco José, del imperio austrohúngaro, conmovido por los sufrimientos de algún Franns Rilles dálmata o ruteno. El ministro de Trabajo, Celestino Corbacho, ha exigido «que caiga todo el peso de la ley» sobre esos empresarios de la harina y la mohína. Pero yo no tengo muy claro cuánto pesa la ley, porque la historia y la vida nos han enseñado que la ley tiene tantos pesos y medidas como jueces y juzgados, como víctimas y delincuentes.

No quiero hacer un paralelismo, sino poner un ejemplo. Siempre que se habla del carácter implacable de la justicia en defensa de los débiles y avasallados, en los países de larga tradición democrática, como Estados Unidos, yo siempre recuerdo la ilustrativa historia del mafioso Al Capone.

Le cayeron un montón de años porque no pagaba todos los impuestos. Imagínense la escena de Al Capone en la prisión conversando en un vis a vis con su sucesor en la organización criminal: «No te inquietes si has de matar o extorsionar, pero preocúpate de tener al día los pagos al Estado».

Gregorio Morán