Anatomía de un Nobel

El premio Nobel concedido a Mario Vargas Llosa resume y completa un siglo de literatura en español. Del pensamiento y de la literatura en español. Los nombres están en la memoria de cualquier lector, también las ausencias. Y hay dos notables: Borges y Ortega y Gasset. Dos nombres a los que Mario Vargas Llosa se siente íntimamente ligado como expresión poética de una realidad polémica, rara y caótica. Octavio Paz, otro digno premiado, en Los hijos del limo(1974), fijó la turbulenta aura del arte moderno, y con ello, del resto de la vida social. A ese anhelo romántico de romper con el orden y con las herencias, que recorre indeleble los siglos XVIII, XIX y buena parte del XX, lo denominó «la tradición de la ruptura»; es decir, la actitud que define al arte y a la literatura —y a la política, añadiría uno— europea y americana de esos siglos.

Una radical voluntad de ruptura frente a lo más inmediato; anhelo y voluntad que, a través de los siglos, configura una propia tradición. Lo que define a la vida contemporánea es su obsesiva necesidad de romper con lo establecido, de dar otra vuelta de tuerca a lo heredado. Venga ya a cuento o no venga. La voluntad se convirtió en tic; la teoría, en mueca; el sueño, en monstruo. Y el autor literario, en una sombra de sus personajes. Vargas Llosa ha poblado su obra de transgresores. De excéntricos de sus propias vidas, de apasionados y trágicos protagonistas de los siglos XIX y XX, de utópicos y de utopistas que buscaron el paraíso como huida de sí mismos, que crearon el infierno en medio de sus propias vidas. De figurantes en el espectral escenario de la Historia, que trataron de encontrar la salida a través de la pasión, de la oposición de la vida frente al resto de normas, órdenes y costumbres. De entrañables y patéticas sombras de un mundo sin geografía. De visionarios, de milenaristas, de vividores en el delirio de sus sueños, de místicos sin consuelo.

Cuentan las novelas de Vargas Llosa el profundo anhelo por gozar de la vida que estos seres desasosegadores y desamparados muestran. En el desánimo inocente de Zavalita en Conversación en la Catedral (1969), en la aventura disparatada y épica de Antonio, el conselheiro en La guerra del fin del mundo (1981), en el tirano sin límites de Leónidas Trujillo en La fiesta del chivo (2000), en el último año de Flora Tristán y en la década final de Paul Gauguin, en El paraíso, en la otra esquina (2003), en los diversos hombres que fue Roger Casement en El sueño del celta (2010). Todos cuajados del líquido antiguo y moderno del bien y del mal, o solo del mal, como es la magistral y demoladora imagen del dictador Trujillo en toda su plenitud de tenebrosas complejidades. Todos, piezas anónimas de lo que Balzac sentenció —y Vargas Llosa suele recordar— como la «historia privada», o lo que alguien reduce a microhistoria. La historia desde dentro, o mejor, la intrahistoria unamuniana, la vida desde los márgenes, el curso lateral de los acontecimientos políticos, el curso de la gente. Todos, personajes marcados a fuego por los decorados infernales de Los miserables: presidios, cloacas, violaciones, fábricas, iglesias, chantajes, secuestros, huidas, persecuciones, abandonos, escarnio, penurias, soledades, ejecuciones… La épica de la miseria y el destino de los héroes. Víctor Hugo, y cierto Flaubert, y Tolstoi, y Dickens, y Faulkner, y Thomas Mann y, al fondo, Cervantes y Joannot Martorell.

El agravio es la razón del viaje hacia la utopía en la tierra; la visión, el arranque místico de Roger Casement en El sueño del celta. Y en ese centón de personajes, la necesidad de creer y la consecuencia de su inutilidad; reflejan esa doble cara, esa doble versión, esa imaginaria frontera que separa y complementa al utopismo forzoso y social del utopismo individual y voluntario; que separa el proselitismo hacia afuera y el proselitismo hacia adentro; que separa la utopía como culminación de un proceso histórico de la utopía como búsqueda hacia atrás de lo primitivo, hacia la Arcadia que nunca existió.
Vargas Llosa ha creado con estas novelas, acudo a la inteligente observación de José Miguel Oviedo, un nuevo género literario, la novela-como-ensayo. Es decir, el autor consigue crear un clima, rodear un ambiente, amueblar una época para narrar, con la retórica precisa de la narración de ideas, asuntos de trascendencia ideológica, estética, moral, política y hasta religiosa, como es el fundamento y origen de la utopía. El oficio y la genialidad narrativa de Vargas Llosa le permiten afrontar tales asuntos desde diversas perspectivas, en el más ortodoxo sentido orteguiano del término. Lo que le permite relatar la historia y la antihistoria, la épica y la intrahistoria, pero desde dentro de los protagonistas.

En La fiesta del Chivouna voz cuenta la historia de un retorno. Y son distintos los puntos de vista de un mismo hecho. Porque todo confluye en una apoteosis. En otras, se manifiestan dos puntos de vista, contemplados, narrados en el largo tiempo, y la voz que susurra, como quien evoca futuros días de gloria, las epifanías de un catálogo memorable de personajes. Mario Vargas Llosa es un escritor que maneja de manera soberbia los tiempos. La clave de la gramática narrativa. Son relámpagos en el oceáno de la memoria. Alguien que escribe les cuenta a los protagonistas lo que estos pensaron, les recuerda lo que hicieron. Desdoblarse, dialogar. Sí, «la realidad nunca está a la altura de los sueños». La mayor parte de sus novelas son la metáfora de una derrota personal —la de Zavalita, la de Antonio, la de Flora y Paul, la de Casement— y del triunfo de esa derrota en la historia de todos los demás. El habitual, y no por ello menos genial, uso del modelo del contrapunto permite al lector adentrarse en la interiorización de la experiencia de los personajes, en las reflexiones y los recuerdos. Acción y reflexión. Ensayo narrativo de excepcional valor literario. Porque no hay ninguna complacencia hacia los personajes, pero también no hay caricaturas, ni trazos gruesos o grotescos, hay pulso, vida, tensión, pasión y desasosiego, en medio de un acusado expresionismo de las descripciones, en medio de los enigmas del destino. Nada les para, nada les detiene.

¿Cómo lo cuenta Mario Vargas Llosa? Presentando a unos entrañables cínicos, perdedores que huyen de su pasado y construyen su futuro, y el aluvión de personajes secundarios, vidas cruzadas surgidas del fatal folletín que es la vida. Dejo para el final lo que considero las páginas más ensayísticas escritas por Vargas Llosa, bajo el formato de una novela y que aluden, de manera harto elocuente, a lo señalado por Octavio Paz al comienzo, y tratan de la creación de una obra plena. Son las dedicadas a la descripción del proceso de creación de Paul Gauguin, al ambiente rimbaudiano de esos últimos años de Paul en Teha’amana. Tahití, Papeete, Mataiea, Punaauia, Atuona (Hiva Oa), a la recreación, en la memoria, de una serie de artistas: Van Gogh, Mallarmé, Pisarro, Strindberg y Jarry, como epifanías de un tiempo y de un anhelo hacia el Edén de libertad. En ese proceso formidable de creación de los cuadros cuando las páginas dedicadas adquieren el color, la intensidad, la violencia, la musicalidad mallarmeana de cuanto constituye la búsqueda del Paraíso estético, que es ético. La descripción del refinado y salvaje tiempo de las vanguardias históricas (1909-1925), de una revolución entendida como forma de modernidad, de un antiesteticismo cultural que se complementa en las palabras de Maiakovski: «Lo más hermoso en Bakú: torres y pozos de petróleo. Su perfume es el mejor. Más allá, la estepa. Y el desierto». O Marinetti: «Un autómovil de carreras cuyo capó adorna grandes tubos como serpientes de aliento explosivo, un autómovil rugiente que parece impulsado por detonadores, es más hermoso que la Victoria de Samotracia», junto al primitivismo del origen y el maquinismo del imparable progreso. Es el artista, y el individuo, del siglo XX desgarrado en lo más interior. Un premio Nobel a Vargas Llosa, quien ha fijado en un instante, el instante de lo imposible, el curso de la Historia contemporánea. Porque ya no se trata de descubrir, sino de expresar. Y una conclusión: no es que ahora seamos más sabios, tal vez es que ahora, ya cansados, ya escépticos, ya vencidos, solo seamos modestamente más cobardes. Una obra colosal y atrevida, un premio memorable. Y en español.

Fernando R. Lafuente, subdirector de ABC.