Anatomía del suicidio de Ciudadanos

Fue el 21 de diciembre de 2017. La gente coreaba a voz en grito, en el Hotel Catalonia de Barcelona, “somos ciudadanos”, “libertad, libertad” y “mejor, unidos”.

Cada vez que recordábamos aquellos días de vino y rosas, las elecciones catalanas de los 36 diputados y la subida de Ciudadanos al altar del constitucionalismo triunfante, ella no podía evitar decirlo: “Yo estuve allí”.

Y, efectivamente, estuvo. Bailando y brincando con sus compañeros de partido. Celebrando ser la primera fuerza en Cataluña con más de un millón de votos. Con la esperanza de sacar a los catalanes del pudridero moral y el manicomio político a los que habían sido arrastrados por una mafia disfrazada de iglesia redentora.

Todo había empezado hace quince años, cuando una panda de locos emprendió en Barcelona una aventura extraordinaria. Fueron tiempos duros porque estaban solos y eran pocos. Pero ellos nunca se pararon a contarse.

Tres solitarios diputados tenían el respaldo de un gran ejército de ideas, que reivindicaban sin descanso: regeneración democrática, libertad, igualdad.

Para entender a Ciudadanos no eran necesarios concienzudos análisis políticos. Su funcionamiento era muy básico. En la Cataluña enferma, histérica y fanatizada de la época, Ciudadanos siempre estaba al lado de los buenos. De lo que era correcto. De lo que era valiente.

Y lo estaba cualquiera que fuese el precio personal a pagar.

Eran una extraña y novedosa clase de políticos. Les gustaba ganar, pero tampoco les traumatizaba perder porque, al final, cuando volvían a sus casas, sentían que los números no importaban si conservaban el respeto de sus votantes. E incluso de los que no les votarían jamás.

Hoy, Ciudadanos ya no despierta ilusión en casi nadie y ha perdido el respeto de casi todos.

¿Cómo hemos llegado a hasta aquí?

Muchos dicen que es porque Albert Rivera no apoyó a Pedro Sánchez cuando debió hacerlo y porque Inés Arrimadas le apoya ahora, cuando no debe hacerlo.

Pero no es verdad. Al menos, la primera parte.

Apostaría a que cualquier votante de Ciudadanos que hoy se hace esta pregunta no está pensando en la pérdida de los 47 diputados de las pasadas elecciones generales.

Y es que, por encima de los resultados electorales, a los votantes de Ciudadanos siempre les importó más que su partido aprobase la asignatura del programa naranja de regeneración y libertad. También esa otra que ha de venir aprendida de casa. La de la vergüenza: no hagas nada que no puedas explicar con un par de sintagmas.

El camino al Gólgota empezó con Ignacio Aguado oficiando de flautista de Hamelin. Concretamente, cuando, en vez de ejercer de vicepresidente, decidió jugar a los políticos, instalando dentro del Gobierno de la Comunidad de Madrid su particular casa de muñecas.

El resultado es el sabido. La desconfianza de Isabel Díaz Ayuso y, probablemente, el hartazgo de aquellos de sus votantes que, acostumbrados a la grandeza, darán la espalda a un vodevil cansino de deslealtad y ocurrencias.

Pero, además, algo ya empezaba a hacer sospechar que el norte no sólo se había perdido en Sol. Porque pronto comenzaron a oírse mantras preocupantes, lanzados día tras día desde Ventas.

Uno de los primeros fue el clásico “hay que saber elegir las batallas”. Probablemente, esto lo tuvo que escuchar Marta Martín cuando le sugirieron que levantase el pie del acelerador en la lucha contra la ley Celaá.

Error lamentable. Porque en política, como en la vida, lo que hay que saber elegir no son las batallas, sino los principios. Pocos, pero esenciales. Y, una vez elegidos esos principios, estar dispuesto a librar todas, absolutamente todas, las batallas que sean necesarias para su defensa.

Pronto le siguió otro, que ha sido recuperado como banda sonora de estos días. “Esto sirve para ver la diferencia entre el verbo ser y estar en la lengua española. Porque hay personas que estaban y están en Ciudadanos, pero quizá no son de Ciudadanos”.

El mensaje es muy preocupante porque revela un sorprendente desconocimiento por parte de la cúpula de Ciudadanos acerca de quiénes son sus votantes. Porque sus votantes, precisamente, no son de Ciudadanos, sino que están en Ciudadanos.

A diferencia de otros partidos, el votante de Ciudadanos no funciona como el agregado orgulloso de una masa fanatizada de discípulos que no sólo votan a su partido, sino que son de su partido.

Y ello se debe a la elemental razón de que el votante de Ciudadanos no ve a su partido como una secta, sino como lo que debe ser. Un instrumento para cambiar las cosas y al que se vota mientras demuestra ser útil. Y cuando no, se queda uno en casa.

El problema añadido es, ya se sabe, que empiezas jugueteando con las diferencias entre el ser y el estar, y terminas denunciando como quintacolumnistas y traidores a quienes se limitan a expresar una opinión crítica con la doctrina oficial.

En todo caso, quizá la etapa cumbre en la decidida marcha de Ciudadanos al abismo fue el día en que se aprobó en las Cortes una prórroga del estado de alarma por seis meses en flagrante incumplimiento de la exigencia constitucional de la autorización del Congreso cada quince días.

El Parlamento se dio un autogolpe, votando a favor de amordazarse y de castrar su función esencial de control al Gobierno. Y Ciudadanos apoyó esa avanzadilla totalitaria.

Ciudadanos, ¿partido constitucionalista? A partir de este momento, la pregunta ya era legítima.

Ese cambio de bando en la batalla por la defensa del Estado de derecho, en un aspecto tan esencial como el del control parlamentario del Poder Ejecutivo, supuso un antes y un después para muchos de sus votantes. Votantes dispuestos a perdonar cualquier error táctico. Pero no el abandono de su esencia ideológica: el constitucionalismo, seña de identidad fundacional.

Y todo esto cuando Ciudadanos es más necesario que nunca. Con un PSOE pasado al enemigo y un PP en el que no se puede confiar, con su rendición en el Consejo de RTVE ya consumada y su traición a Montesquieu en el CGPJ a punto de consumarse. Algo que ha mandado a todos los que sueñan con la regeneración democrática de España un inequívoco recordatorio de por qué el PP no merece su voto.

A partir de aquí, Ciudadanos dejó definitivamente de ser el partido al que se le entendía todo.

La última, el circo de Murcia, con la presentación de una moción de censura contra el propio gobierno del que se es parte. Desde el partido se grita “corrupción” y “robo de vacunas” como si esas razones de fondo (perfectamente predicables, por otro lado, de su socio de aventura) pudiesen prevalecer sobre la asfixiante fealdad estética de incumplir el manual de decencia política básica: abandonar el gobierno, irse a la oposición y, desde allí, presentar la moción.

Se arguye que el presidente murciano lo hubiese impedido, disolviendo la Asamblea. O sea, la fullería justificada por la utilidad. Pura vieja política en estado puro. La misma que hace no tanto se denunciaba apasionadamente.

Pero todo esto son sólo los síntomas. ¿Cuáles son las causas?

Probablemente, no entender nada de lo que estaba pasando y el hecho de que el líder no se haya sabido rodear de las personas adecuadas.

Salvo Inés Arrimadas, todos los que han hecho grande a Ciudadanos se han ido o no se les escucha.

El resultado ha sido la adopción de una estrategia suicida, pero que (por más que pueda sorprender a algunos) no ha sido dictada por la maldad, ni por la mala fe, ni por intereses personales.

Ha sido fruto de una lamentable y absoluta desconexión con la realidad, acompañada de una inexpugnable y cerril obstinación en no escuchar ni abrir los ojos.

Durante estos últimos meses, la cúpula de Ciudadanos ha sido la viva imagen de un boxeador sonado, instalado en una realidad paralela.

La estrategia elegida ha sido la de recuperar el papel de partido bisagra, capaz de pactar a derecha e izquierda. Y, así, pacto a pacto, poder ir imponiendo la agenda política.

Obviamente, la estrategia no ha sido suicida por su contenido, impecable en sí mismo, sino por su oportunidad. O, más bien, por su falta de ella. La razón es simple. Hoy no puede aplicarse esta estrategia porque el partido de Sánchez no lo permite.

Y no se puede pactar con el sanchismo porque no es una izquierda al uso. Es un partido que se sostiene sobre los herederos de ETA y los cómplices orgullosos de un golpe de Estado, y que tiene como socio a quien ha declarado expresamente tener como meta la destrucción del régimen de concordia y libertad que nació de la Transición.

Leer la realidad de la España de hoy en clave de derecha e izquierda es no entender absolutamente nada de lo que está pasando. Esta interpretación, propia de una situación de normalidad democrática, hoy no es posible.

La realidad actual de España no va de subida o bajada de impuestos, de gestión pública o privada, de flexibilidad o intervencionismo laboral. Va de que el presidente del Gobierno de España está dispuesto, si así fuese necesario para conservar el poder, a sustituir la monarquía parlamentaria que los españoles elegimos para garantizar nuestra libertad por un régimen populista y clientelar de vocación totalitaria.

No se trata de izquierda o derecha. Se trata de democracia o involución.

En una muestra de insuperable ceguera política, los dirigentes de Ciudadanos no lo han visto así y se han entregado entusiásticamente al ejercicio de lo que ellos llaman centralidad y moderación, pero que mañana la historia registrará como un ejemplo trágico, por inconsciente y bienintencionado, de colaboracionismo e irresponsabilidad.

En las dos elecciones de 2019 me ofrecieron el honor de cerrar la lista de Ciudadanos al Congreso por mi tierra. En abril, ganamos. En noviembre, no. Pero las dos papeletas las conservo hoy enmarcadas, juntas, en el mismo cuadro. Porque las dos me enorgullecieron por igual.

Confieso que ese orgullo no ha sobrevivido. Pese a ello, sigo siendo un afiliado de Ciudadanos y, aunque no sé muy bien por qué, lo seguiré siendo hasta el final. Me quedaré, junto con otros muchos, a apagar las luces y cerrar la puerta cuando el último de los capitanes que nos han llevado hasta aquí abandone el barco.

Tal vez porque, en el fondo, aún conserve la lejana esperanza de una resurrección que, alumbrada desde Bruselas, se haga carne en Cibeles.

O, simplemente, porque quiero evitar que quien no lo merece amortaje el cadáver de una ilusión, que fue tan grande y tan compartida por tantos.

Marcial Martelo de la Maza es abogado y doctor en Derecho.

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