Anchieta, el ‘erasmus’ iberoamericano

En los últimos días, los organismos internacionales iberoamericanos responsables de la iniciativa de movilidad e intercambio académico de Iberoamérica el Erasmus iberoamericano han lanzado una campaña titulada “Ponle nombre a tu futuro” con el objeto de involucrar a los jóvenes universitarios iberoamericanos en la elección de un nombre representativo para este programa de movilidad académica. Se trata de bautizar una iniciativa fundamental para impulsar la educación de los jóvenes con la mira puesta en el mejor futuro profesional y económico de nuestros ciudadanos y sociedades. También es clave para afirmar el sentimiento de identidad iberoamericana entre los estudiantes, investigadores y profesores de más de veinte países de lenguas española y portuguesa de América y la Península Ibérica.

No cabe duda de que el bien conocido programa Erasmus, que durante años ha fomentado los intercambios académicos entre los jóvenes universitarios de los diferentes países de Europa, ha hecho crecer el sentimiento de identidad y pertenencia europea más que muchas directivas y otras medidas jurídicas, políticas y económicas de la Unión. Recientemente lo subrayó el Rey de España, Felipe VI, al entregar el Premio Europeo Carlos V a Sofía Corradi, la fundadora de Erasmus, cuando señaló que dicho programa “fomenta no sólo el aprendizaje y la comprensión de la cultura y las costumbres del país anfitrión, sino también el sentido de comunidad entre estudiantes de diferentes naciones”.

Ahora, sobre esas mismas bases, se trata de poner en marcha un programa que contribuya también a afirmar, desde nuestras jóvenes generaciones, el sentimiento de pertenencia a la Comunidad Iberoamericana de Naciones que es, probablemente, el espacio multinacional de base cultural y lingüística más amplio y de mayor proyección del mundo.

Pero, para empezar, hay que ponerle nombre. El programa europeo Erasmus hizo coincidir hábilmente el nombre del gran humanista europeo Erasmo de Róterdam con el acrónimo, en inglés, de la expresión correspondiente a “Plan de Acción de la Comunidad Europea para la Movilidad de Estudiantes Universitarios”. Ahora los jóvenes iberoamericanos tienen la oportunidad de proponer un nombre que, del modo más omnicomprensivo y sintético posible, aúne iberoamericanidad, educación y universidad. Y por iberoamericanidad en su sentido más integral debemos entender, al menos y a un mismo tiempo, las dimensiones americana y europea junto a las dimensiones hispanohablante, lusófona e indoamericana. Y todo ello articulado por un probado sentido de cooperación, solidaridad y concordia sustentado en hechos contrastados y en el factor educativo y cultural.

Pues bien, existe un nombre que es preciso conocer y obligatorio sugerir que compendia de un modo óptimo todos esos elementos. Me refiero al de José de Anchieta.

Anchieta, nacido en las islas atlánticas españolas de Canarias en 1534, realizó sus estudios en la universidad portuguesa de Coímbra en la que destacó académicamente y donde realizó composiciones literarias en español, portugués y latín. En 1553, como miembro de la Compañía de Jesús, viajó a Brasil donde fue reconocido como lingüista, docente, literato, médico, ingeniero, naturalista, humanista y poeta. Y también como diplomático.

Escribió la primera gramática de la lengua tupí, el diccionario y otras obras sobre medicina, flora y fauna sudamericanas, poesía y religión. Fue instructor y docente en Piratininga y rector en otros colegios como los de San Vicente, Santos, San Salvador y Victoria. Fundó la ciudad de São Paulo y cofundó la de Río de Janeiro, dos de las principales urbes latinoamericanas de nuestros días. Desarrolló una frecuente, encomiable y exitosa labor diplomática como pacificador entre los portugueses y los pueblos nativos, llegando incluso a exponer por ello su propia vida; fue siempre un gran sostenedor de los derechos de los pueblos indígenas y mestizos, y sirvió a los pobres desde su espíritu misionero y los más hondos valores por lo que fue considerado, todavía en vida, “apóstol de Brasil”. En suma, construyó un currículum abrumador que nos descubre un perfecto e imbatible perfil renacentista iberoamericano.

Como colofón de sus logros y méritos, José de Anchieta ha sido, casi cinco siglos después de su nacimiento, canonizado precisamente por el primer papa latinoamericano de la historia, el argentino Francisco, y declarado copatrono de Brasil. Sin ningún ánimo de ironizar, cabe decir que la condición de santo de la Iglesia Católica no deberá ser óbice para que este personaje histórico irrepetible, dé nombre, con toda justicia, al Erasmus iberoamericano.

Muy difícil es, ciertamente, encontrar un nombre más idóneo que el de Anchieta para bautizar el programa de movilidad académica iberoamericano, aunque, cuando escribo estas líneas, recibo la triste noticia del fallecimiento de Miguel de la Quadra-Salcedo, el inolvidable periodista-aventurero español que durante décadas llevó el sentimiento iberoamericano a miles de jóvenes de todo el mundo a través del programa educativo y cultural de la Ruta Quetzal, y que bien merecería igualmente nombrar el Erasmus iberoamericano. Pero también estoy seguro de que habría apoyado con entusiasmo y generosidad el nombre de Anchieta para ese mismo propósito.

José de Anchieta falleció en Brasil en 1597 cuando ya habían pasado casi veinte años de la incorporación de Portugal a la Monarquía Hispánica, con la consiguiente unificación política de la Península Ibérica y también, por cierto, del gran espacio intercontinental que hoy corresponde básicamente a la Comunidad Iberoamericana de Naciones. Y al recordar todo esto, pienso que Anchieta vería hoy, sin duda, con beneplácito y orgullo los esfuerzos de los países iberoamericanos por acercar a sus pueblos a través de la educación, la cooperación y la solidaridad. Justamente los ingredientes de la semilla que él sembró entre nosotros, los iberoamericanos, hace casi casi quinientos años.

Frigdiano Álvaro Durántez Prados, Doctor Europeus y Magister en Estudios Superiores Iberoamericanos

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