Anclados en la realidad

Todo lo que han encontrado de bueno en mi trabajo, en mi obra, viene de este lugar. Todo lo que ustedes han encontrado de bueno en mis canciones y en mi poesía está inspirado por esta tierra (Leonard Cohen, Oviedo, Teatro Campoamor, 2011).

Todo empezó con las palabras que un poeta, José Hierro, alzó con voz grave y bien modulada, en el Teatro Campoamor aquel año 1981 para proclamar que los tiempos estaban cambiando. Desde entonces sabemos que el acto de entrega de los Premios es –afirmó Hierro– «significativo porque supone un reconocimiento de algo que no siempre los gobiernos toman en cuenta: los valores de la cultura. Las dictaduras ponen la cultura –una sola, la suya– a su servicio, al servicio de su política. Las democracias se ponen al servicio de la cultura, la aceptan como es».

Desde que en 1978 se aprobara la Constitución, España vivía una época de continuos cambios y de transformaciones definitivas. Vivía también, es cierto, inmersa en una compleja crisis económica. Pero los cambios sociales, económicos, culturales, políticos, eran profundos y definitivos. El consenso impregnaba las actuaciones políticas y España encaraba el futuro y lo hacía desde una firme posición de reconciliación y esperanza. A todo ello contribuyó de manera muy especial y definitiva el texto constitucional, que en su artículo 57.2 reza: «El Príncipe heredero, desde su nacimiento o desde que se produzca el hecho que origine el llamamiento, tendrá la dignidad de Príncipe de Asturias y los demás títulos vinculados tradicionalmente al sucesor de la Corona de España». Aquello interesaba, obviamente, a Asturias y a los asturianos. Y es el origen de la creación de nuestra institución. También interesó de inmediato a la Corona. Por eso desde los orígenes, desde aquel 1981 que había sido convulso en la política nacional, la Fundación y sus Premios se convirtieron en una excepción, en un modelo de lo que los poderes públicos y los ciudadanos podíamos hacer por fortalecer la democracia, acrecentar y cultivar la cultura y el conocimiento y potenciar lo mejor del espíritu humano.

Uno de los pilares del éxito de nuestra institución radica ahí: en el hecho de haber contado con el aliento de la Corona desde el primer momento, en el hecho de que, como proclamó José Hierro, la Monarquía constitucional apoyaba y ha seguido apoyando el mundo de la cultura y el mundo de la creación en libertad.

Pero, además de estos principios, de los que nuestra institución no se ha alejado nunca en estos años, hemos ido también acompasando nuestros pasos al ritmo de las dos últimas décadas del siglo XX. Hemos fijado nuestro rumbo teniendo como horizonte todos aquellos temas y problemas que de manera más profunda y definitiva han cambiado nuestra vida o han delimitado nuestra actuación de forma inapelable: la globalización y su imparable proceso, las relaciones con Iberoamérica, la Unión Europea, el cambio climático y la necesaria concienciación de su existencia y sus soluciones, la condición femenina y el reto de la igualdad, la salud global, el gran cambio tecnológico, los avances científicos en campos como la física, la genética, la bioquímica o la neurociencia, el nacimiento del euro y sus consecuencias, el final del apartheid, la aventura espacial, algunas de las más impresionantes gestas deportivas, los desastres de la guerra, los dramas étnicos, los refugiados…, pero también la literatura más brillante, el esplendor de la música, el ballet, la ópera, la arquitectura, el cine o las artes plásticas. Por citar solo alguno de los acontecimientos protagonizados por nuestros galardones.

Anclados en la realidad, creo que esa es la expresión que mejor define la trayectoria de estos premios. Anclados en la realidad y queriendo destacar de ella todo lo mejor, lo sobresaliente. Lo definió de forma brillante Octavio Paz en el año 1993, cuando recogió el premio destinado a la revista Vuelta, creada por él: «En fin, si se interpretasen correctamente los Premios concedidos por la Fundación durante los últimos años y, sobre todo, si se les pusiese en relación unos con otros, se advertiría inmediatamente que dibujan una suerte de mapa moral e intelectual de nuestra cultura». Para Paz, los Premios eran, además, «un signo de reunión, una llamada que nos reconcilia con nuestro pasado y una invitación a ser lo que somos» y con inteligencia expresó la imposibilidad de nuestros galardones de mantenerse encerrados en el ámbito hispanoamericano, que los definía al principio: «Es imposible encerrarlos en las fronteras de la comunidad hispánica, pues las obras y las actividades premiadas son universales y transcienden las fronteras nacionales y los límites de las culturas. Las ciencias no tienen patria o, más exactamente, su patria es el entendimiento humano, que está en todas partes y no pertenece a ningún lugar: brota ahí donde sopla el espíritu. Las leyes científicas carecen de color local y las ecuaciones no tienen papeles de identidad».

Esa visión universal de lo mejor de los seres humanos y la expresión de todo ello a través de nuestros galardones y de su entrega es un rasgo distintivo de nuestros Premios. Quienes los vivimos desde dentro sabemos que la Fundación nunca ha claudicado, ni se ha dejado llevar por las presiones. Al contrario, hemos trabajado siempre con criterios bien asentados, con objetivos precisos y con la confianza de saber que nuestra labor es reconocida y apreciada por la sociedad. Así debe ser cuando las personalidades y las instituciones más sobresalientes de nuestro mundo aceptan con gratitud viajar a Asturias, recoger el galardón y mostrarnos la grandeza de su trabajo. Y cuando, en tantas ocasiones, nos declaran su admiración por nuestra tierra y por el éxito de un proceso histórico que nos ha situado en el siglo XXI. S. M. el Rey lo expresó con claridad el pasado año, en su intervención en el acto de entrega de los Premios: «Debo decir, con humildad pero con satisfacción, que a lo largo de los años los Premios han superado nuestros objetivos, que nunca nos han defraudado… Nuestros premiados habéis sido la representación más alta y brillante de ese afán por hacernos mejores personas, de ese anhelo por hacer un mundo mejor donde prevalezcan la concordia, el respeto y la solidaridad. (…) Y nos habéis recordado que no hay ninguna gran obra, ninguna gran creación, que no haya surgido, asimismo, desde los más auténticos sentimientos». Que la Fundación Princesa de Asturias haya aportado algo en ese camino, por discreta que sea esa aportación, es algo de lo que me siento, como su presidente, especialmente orgulloso.

Por Matías Rodríguez Inciarte, presidente de la Fundación Princesa de Asturias.

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