Andalucía hace virar a España

Hoy se pone en juego la emoción política con la que discurrirá la vida pública española durante los próximos años. Como tantas otras veces desde que determinó la configuración territorial del Estado en 1980, Andalucía anticipará las corrientes profundas de fondo que marcarán el futuro de España. Las últimas encuestas, de cumplirse, nos situarían en el umbral de una intensa oscilación cultural, social y política. Se escucha el timbre del cambio de ciclo. «No hay nada más poderoso que una idea a la que le ha llegado su tiempo», escribió Víctor Hugo.

Atendiendo al contexto y a las circunstancias, lo que los sondeos andaluces adelantan es el regreso rampante de las ideas de la centralidad, la institucionalidad y el moderantismo después de un cuatrienio de polarización estratégica alimentada desde el Gobierno. Y es así porque Juanma Moreno cimentará su triunfo de esta noche, del que solo queda conocer su magnitud, no tanto en el reagrupamiento del voto de la derecha sino principalmente en el trasvase masivo de electores socialistas que lo identifican como garantía de concordia. Y esto, en Andalucía, basamento del poder del PSOE durante casi toda la democracia.

En sólo cuatro años, Moreno y su eficaz estratega Elías Bendodo han dado la vuelta al régimen de resignación, clientelismo y corrupción instalado en la Junta durante 36 años. No hay un milagro económico, pero sí una percepción de sensatez, estabilidad y modernidad que se ha traducido en una bajada de impuestos, un descenso de la burocracia administrativa y un consiguiente incremento del dinamismo y el emprendimiento. La pujanza de Málaga, de donde procede el equipo dirigente, como capital cultural y hub tecnológico, es el mejor símbolo de la semilla de una nueva Andalucía atractiva para la inversión y la creación de empleo que valoran los ciudadanos en los sondeos. Sería justo que la contribución de Ciudadanos desde el Gobierno recibiera la recompensa de al menos sobrevivir en las urnas.

Andalucía hace virar a EspañaLa proyección nacional del resultado será inevitable. Alberto Núñez Feijóo, un fenotipo casi calcado al de Juanma Moreno, acierta en el diagnóstico con el que presentó su liderazgo: «España está en situación de desgobierno [...]. Voy a intentar que se acabe la frivolidad en la política española». Una vez desterrada de un plumazo la que anidaba en su propio partido, queda el resto. Parece natural que un país agotado tras la pandemia, preocupado por el empobrecimiento al que le conduce la inflación desbocada y asustado por la recuperación en el léxico de uso común de la temida prima de riesgo, asista atónito a los espectáculos de división pretendidamente ideológica y batallas huecas con que se exhibe constantemente el Gobierno.

La campaña andaluza se inició en los estertores de la crisis de Pegasus, en la que Pedro Sánchez volvió a dar muestras de su temeridad cuando se trata de contentar a ERC. En sólo dos semanas, siguieron la ruptura traumática con Argelia, el fracaso del tope del gas en la factura de la luz, el enfrentamiento público de dos ministras por el impuesto a las eléctricas o el desafío impúdico a la Justicia de Mónica Oltra, imputada por un delito de abuso de poder moralmente repugnante, y que por sí solo es un ejemplo de las consecuencias de gobernar con este tipo de populismos. El momento para eso ya pasó.

De acertar las encuestas, el PSOE se asomará hoy a una derrota abisal, con una ventaja de 15 puntos del PP, por debajo del resultado que obtuvo Susana Díaz hace cuatro años y en porcentajes que hacen casi inverosímil que Sánchez pueda repetir en Moncloa. Porque es el presidente quien se examina hoy: bastante ha tenido Juan Espadas, candidato insulso y desconocido para media Andalucía elegido por Ferraz, con aguantar el tipo. El modelo de sociedad y de políticas que propone Sánchez ha fracasado. La estrategia casi consustancial a su presidencia de la «alerta antifascista» para dividir al país en dos bloques enfrentados y legitimar sus acuerdos con el independentismo ha caducado. El presidente ya no puede reaccionar al cambio que representan Feijóo y su mano tendida para pactos de Estado con serenidad y sin aspavientos.

El impacto en el PSOE será silencioso. En un partido que ha adoptado una estructura interna netamente cesarista, sin contrapesos internos ni liderazgos alternativos, el daño será duro pero telúrico, subterráneo. El PSOE permanece cohesionado por el poder aunque también por el miedo. Nada podrá evitar sin embargo que entre los alcaldes y los presidentes autonómicos que se enfrentan a su reválida en mayo cunda la preocupación. El debate que fomenta Feijóo sobre la lista más votada provocará divisiones, como también el de abstenerse para evitar la dependencia de Vox. Sánchez es imprevisible en sus reacciones, pero una crisis de gobierno inmediata pondría en evidencia el fracaso de la anterior, hace un año, que vació al Ejecutivo de peso político. Las iniciativas clientelares están limitadas porque el BCE impondrá severos condicionamientos al gasto público. Esto generará cada vez mayores tensiones con Yolanda Díaz, cuyo espacio saldrá de las andaluzas siendo la misma nada que cuando entró.

La cuestión no es quién ganará hoy, sino cómo. Es decir: si el PP puede gobernar en solitario o deberá hacerlo en coalición con Vox, reforzando así el discurso de Sánchez para cuestionar el moderantismo de Feijóo. Macarena Olona protagonizó un punto de inflexión cuando en el segundo debate advirtió a Moreno de que, si le hacía falta un solo voto de Vox para ser investido, ella exigiría entrar en su gobierno. En ese momento se inició una especie de segunda vuelta que aceleró el trasvase de votantes socialistas al PP.

El partido de Santiago Abascal pone a prueba en estas elecciones su capacidad para influir en el PP. Su campaña ha sido extraña, con la irrupción de la líder italiana Giorgia Meloni con un discurso extremo ajeno a cualquier tradición del conservadurismo español. Si los resultados abocan a que entre en el Gobierno, Vox lo hará sin mayor trauma, como ocurrió en Castilla y León, e irá integrándose en el sistema. Pero si Moreno supera los 49 diputados y Vox no alcanza sus expectativas, como apuntan las encuestas, será difícil que pueda bloquear la formación de gobierno sin pagar un alto precio por ello.

Joaquín Manso, director de El Mundo.

1 comentario


  1. En este momento falta un cuarto de hora para el cierre de las urnas y afirmo que Vox cumplirá sus expectativas.

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