Andalucía imprevista

Cuando se celebran unas elecciones autonómicas, el foco que suele fijar su atención en el centro del escenario democrático -la política nacional- se desplaza por unas semanas al oscuro rincón donde se afanan las comunidades subestatales. Esta norma tiene sus excepciones: los nacionalistas catalanes rara vez pierden protagonismo y Ayuso ha conseguido que Madrid sea noticia con una regularidad sorprendente. Por añadidura, el énfasis del Gobierno Sánchez en la llamada «cogobernanza» durante la pandemia ha aumentado la cuota de pantalla de los dirigentes autonómicos, con el beneficio correspondiente para ellos. Pero los españoles se fijan en el resto de las autonomías, sobre todo, cuando van a votar. Y cuanta mayor sea la repercusión potencial del resultado en la política nacional, más corresponsales se enviarán a la precampaña. Es lo que sucede con Andalucía: la posibilidad de que el candidato popular revalide su mandato sin que sus rivales socialistas sean capaces de plantarle batalla se interpreta como un hito decisivo en el camino que llevaría a Pedro Sánchez fuera de la Moncloa.

Ocurre que Andalucía no es cualquier sitio y de ahí que una hipotética victoria de Moreno Bonilla -llámenle Juanma- suscite interrogantes adicionales. Hablamos de la región más poblada de España, formada por un conjunto de circunscripciones que envían 61 escaños al parlamento nacional; hablamos de un electorado que mantuvo al PSOE en el poder durante casi 37 años, antes de que Susana Díaz fuera desalojada mediante una carambola que incluyó el peor resultado del PP en unas elecciones autonómicas, el auge irrepetible de Cs y el primer éxito de Vox. Y hablamos, también, de una comunidad que ha servido históricamente de contrapeso igualitario a la presión ejercida sobre la política nacional por las fuerzas nacionalistas de vocación centrífuga: del café para todos de la Transición a la nacionalidad para todos de los estatutos de segunda generación. De ahí que nunca deba menospreciarse el significado político de lo que sucede en esta región; sobre todo, si se sale de lo previsible. Y tal es, salvo que los sondeos fracasen estrepitosamente, el caso: un presidente accidental está a punto de encadenar dos mandatos consecutivos en una comunidad en la que hasta hace poco se descontaba -Baviera inversa- el mandato eterno de los socialistas.

¿Cómo es posible? ¿Qué ha sucedido para que las encuestadoras pronostiquen una holgada victoria de Moreno Bonilla, el estancamiento del PSOE con Juan Espadas al frente, el debilitamiento de la izquierda archipelágica de la región, el crecimiento de Vox y el hundimiento de Cs? Si bien se mira, este panorama empieza a parecerse al que describen los sondeos a nivel nacional, al menos desde la llegada de Feijóo a la dirección del PP. Podría decirse que el electorado andaluz se ha normalizado, haciéndose sensible a las tendencias generales de voto; si no fuera por que esa tendencia empieza a manifestarse en Andalucía antes que en el resto de España: la salida de los socialistas de la Junta en 2018 se produce seis meses después de la moción de censura que lleva a Pedro Sánchez al poder. En aquel momento, bajo el impacto de la entrada de Vox en el parlamento andaluz y con el precedente gallego en la memoria, eran muchos los que esperaban que el socialismo andaluz recuperase con rapidez el gobierno autonómico: el centro-derecha solo podía tomar en préstamo lo que pertenecía por derecho propio a un partido que se preciaba de haber modernizado una región lastrada por décadas de subdesarrollo. Ni que decir tiene que ese relato dejaba fuera realidades como el clientelismo, la falta de dinamismo económico o la corrupción.

En el viejo granero socialista, vivir para ver, las encuestas son tercas: el PSOE andaluz parece estar fuera de juego y su candidato es un perfecto desconocido tras haber sido alcalde de Sevilla. Para quien contempla el caso andaluz desde cierta distancia, en todo caso, la pregunta más interesante concierne al cambio ideológico: ¿es Andalucía una primera muestra -si descontamos Madrid- de la «derechización» de la sociedad española? Al fin y al cabo, se calcula en un 10% el número de ex votantes socialistas que apoyarán a Moreno Bonilla la semana que viene; son pocos, pero también muchos. Digamos que esta es la explicación complaciente del cambio electoral: aquella que sugiere que si los votantes cambian nada pueden hacer los partidos. Pero las encuestas que se interesan por los valores de los ciudadanos no registran esa presunta mutación ideológica: tanto los españoles como los andaluces están más o menos donde estaban (la media de los andaluces está en el 5,15 del espectro ideológico según el último CIS: si eso no es el centro, que venga Euclides y lo vea). Lo que cambia es más bien su percepción de los partidos. Y eso guarda relación con lo que esos partidos hacen o dejan de hacer.

Siendo imposible identificar con exactitud cuáles son los factores particulares que influyen sobre cada votante, conviviendo además en el electorado tipos muy diversos, sí pueden señalarse aquellos que plausiblemente han jugado un papel en la reconfiguración de los patrones de voto de la comunidad. Y acaso ninguno tenga mayor importancia psicológica que el fin de la expectativa que vinculaba al centro-derecha con la destrucción de las señas de identidad del progresismo en el imaginario político andaluz: las campañas socialistas consistían en asustar al electorado con el «regreso» de la derecha. ¡Si tú no votas, ellos vuelven! Pero si el centro-derecha ha ocupado el poder sin que se desencadene un apocalipsis reaccionario, el argumento pierde toda su fuerza: vinieron y no hubo nada. Sorprende por eso que la actual campaña socialista sea del mismo tenor, en esta ocasión a cuenta del previsible ascenso de Vox; lo que fracasó en Madrid habría de funcionar en Andalucía. De no funcionar el argumento en Andalucía, ¿podrá seguir usándose en unas elecciones generales?

Naturalmente, el Gobierno de Moreno Bonilla ha contribuido a normalizar la percepción del centro-derecha a través de una gestión pragmática que ha eludido las controversias ideológicas, al tiempo que abrazaba una versión institucional del andalucismo que parece haber sido bien recibida por los votantes. Tras 36 años de control socialista de la comunidad, matizados no obstante por los abundantes éxitos municipales del PP, la estrategia tampoco tiene demasiado mérito: cualquiera podía darse cuenta de que girar de manera decidida a la derecha habría sido suicida. Y aunque el alcance del reformismo socioeconómico -pese al influjo benéfico de Cs- ha sido modesto, Bonilla ha limitado la influencia de Vox y preside una comunidad cuyos ciudadanos se muestran decididamente optimistas.

Por supuesto, hay que contar con el cambio demográfico: los viejos votantes felipistas, fieles hasta la muerte, van ciertamente muriéndose. Pero hay que preguntarse asimismo si no hay felipistas desencantados con su viejo partido; recordemos que las últimas elecciones andaluzas se celebraron antes del abrazo de Sánchez con Iglesias, antes de los indultos a los líderes secesionistas y antes de los intentos del Gobierno socialista por convertir a Bildu en un partido como los demás. Si hay votantes rurales que se marchan a Vox porque sienten que la izquierda no defiende sus intereses ni respeta sus valores, raro sería que no encontrásemos a votantes de izquierda descontentos con la elección de socios preferentes que ha hecho Pedro Sánchez en la España posterior al procés. De acuerdo con esta hipótesis, no son los votantes los que se han movido, sino que lo han hecho algunos partidos; de ahí que el voto se desplace hacia los partidos de la derecha incluso en Andalucía. Mientras que Moreno Bonilla ha reforzado su marca, Pedro Sánchez habría hecho lo contrario. De ahí que una derrota de su partido, sobre todo si es severa, le concierna directamente: si ignora el mensaje, sabremos que el síndrome de la Moncloa sigue sin encontrar vacuna.

Manuel Arias Maldonado es catedrático de Ciencia Política de la Universidad de Málaga. Su último libro publicado es Abecedario democrático (Turner, 2021).

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