Andalucía, la casa enjalbegada

Escribe Julián Marías en Nuestra Andalucía(Díaz-Casariego Editor. Madrid, 1966) que «la casa enjalbegada cada año, desde siempre, es para mí el símbolo de Andalucía. La milenaria realidad renovada, puesta al día». Acaso pocas definiciones plasman con tan resoluta claridad el alma y la epidermis de una tierra cuyas casas en cientos de pueblos revocan su fachada, para seguir siendo la misma, cada vez que se anuncia la primavera y hay que lavar las huellas ennegrecidas por los inviernos. Desde estos días en adelante mujeres y hombres se afanarán, caldero, escobón y cal aguada, en procurar que paredes y tejados queden espejeados para que el sol se esparza libremente sobre ellos.

Miles de hombres y mujeres antes que nosotros repitieron año tras año esa liturgia telúrica que escancia de apiñados caseríos blancos hondones y colinas de la geografía andaluza para saludar al equinoccio de primavera que revienta ya las costuras del invierno. La cal vivificadora sobre la encarnadura de las viviendas y de los corrales, de las tapias y los muladares, capa sobre capa, vivifica muros de adobe y de piedras venerables que han visto pasar historias grandes y pequeñas desde su inamovible sitial en el paisaje.

La casa enjalbegada es la parábola de la situación que se vive en Andalucía desde hace años. Un partido político que lleva treinta rigiendo los designios de esta región de España ha dejado, desde hace no sé cuántas primaveras, de blanquear las fachadas, y el humus de la corrupción se enreda como la yedra en los despachos del Gobierno de la Junta. Es de imaginar cómo estará la Administración autonómica por dentro si desde fuera la foto fija ofrece este panorama de suciedad y de falta de higiene en la gestión pública. El mayor escándalo ocurrido en la historia de la democracia andaluza, los famosos ERE fraudulentos que llevan meses monopolizando los titulares de los medios de comunicación, constituyen, además del voluminoso sumario que instruye la juez doña Mercedes Alaya, un caso singular de bochorno colectivo ante el que los responsables de la Junta echan balones fuera, aunque persuadidos de que les habrá de pasar factura el próximo 25 de marzo.

Muchos son los que temen que puede haber otros incontables asuntos debajo de las alfombras, al igual que ha ocurrido con el déficit real de España cuando el Gobierno de Rajoy pudo entrar en los ordenadores de la contabilidad del Estado o al conocerse en Castilla-La Mancha las facturas impagadas, los cientos de coches de lujo a disposición de los dirigentes políticos y la cuasi situación de quiebra de comunidades históricamente gobernadas por los socialistas, circunstancia que asimismo se ha revelado en las de Valencia y Baleares con gobiernos del PP. Si es cierto que durante el largo recorrido del PSOE, treinta años, en Andalucía se lograron avances notables, sobre todo en las primeras legislaturas, no lo es menos que la degradación y el mal gobierno han hecho su agosto en la última década, olvidando sus gestores el principio de servicio al interés general y valiéndose del grado de impunidad que la costra de los años en el poder ha convertido en caparazón frente a unas minorías en el Parlamento regional que no tenían posibilidad de fiscalizar lo que estaba pasando hasta que la Prensa destapó sucesivos casos de corrupción.

Es urgente echar mano de la antropología, de las costumbres milenarias y volver a enjalbegar la casa cada primavera en el preludio de la Semana Santa, de suerte que la cal y el escobón actúen de obligada auditoría permanente por los siglos de los siglos. Es urgente que este símbolo de Andalucía —la casa enjalbegada— se imponga en la actividad política y administrativa. La transparencia y la credibilidad deben sepultar bajo la cal los manejos espurios y el tráfico de intereses que no da la cara. Es urgente, nos parece, que los sistemas de control sobre el dinero del común no permitan ninguna trapisonda, ningún mal uso de las arcas como ha sido el caso de los cerca de 700 millones de euros, el fondo de reptiles, que ha dado pie al mayor escándalo de la ya larga etapa autonómica, el más vergonzoso que vieron nuestros tiempos. Y es urgente que se repongan al erario público las cantidades millonarias discrecional e ilegalmente concedidas, alguno de cuyos renglones terminó financiando prácticas abominables, consumos inconfesables y noches de vino y rosas.

Todas las encuestas anticipan una sonada victoria del Partido Popular que encabeza Javier Arenas. A su experiencia de muchos años en la oposición y a su conocimiento de los entresijos de la Administración, suma ahora lo que él mismo ha convertido en rutina al menos desde hace un lustro: recorrer incesantemente Andalucía desde Ayamonte a Cabo de Gata y desde La Carolina hasta la punta de Tarifa para saber así de primera mano los problemas y las aspiraciones de las gentes del interior y del litoral. Pero, además, lo que recogen de manera unánime los estudios demoscópicos es el deseo mayoritariamente compartido por los andaluces de un cambio en la Junta después de estos treinta años en los que, como decimos, ni todo ha sido tan malo como algunos quieren ver, ni actualmente admite ya más prórrogas un Gobierno desgastado por los escándalos y por la mala gestión de la crisis que ha conducido a más del 31 por 100 de desempleo y a la tasa de paro juvenil más alta de España.

Como en anteriores comicios andaluces, el centro-derecha solo tiene ante sí el riesgo del exceso de confianza. Y en esta ocasión parece muy acusado por la sensación que tienen los votantes del PP de que está todo ganado y por el estado de nerviosismo que se observa en las filas socialistas, otro indicativo de que dan por perdidas las elecciones. Es también la primera vez en democracia que las fuerzas de la izquierda, todas a una —sindicados con los partidos políticos en su ayuda—, embadurnan una campaña electoral de movilizaciones hacia la huelga general, hasta el extremo de que este primer domingo de campaña se ha visto mediatizado por las manifestaciones contra la reforma laboral, lo cual eclipsa necesariamente cualquier otro acto de propaganda previsto para la jornada festiva. ¿Casualidad?

En todo caso, gane quien gane hay que volver a la tradición milenaria de enjalbegar la casa, siguiendo la analogía del maestro Julián Marías. La casa enjalbegada de todos los andaluces que requiere también abrir las ventanas para ventilar, apalear las alfombras, limpiar los muebles y repasar los cajones por si queda todavía algo sucio dentro. Porque lo que se decide en Andalucía es una cuestión de higiene pública, de saneamiento administrativo y descontaminación de ese gran sindicato de intereses que ha ido creciendo en torno al Palacio de San Telmo.

Por Francisco Giménez-Alemán, periodista.

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