Andalucía, la rebelión de las banderas

Los valores clásicos del conservadurismo son orden, tradición, familia, iglesia y jerarquía. En España, las autonomías que los reproducen mejor que cualquier otra región son País Vasco y Andalucía. En el País Vasco los encarna el PNV; en Andalucía, hasta ahora, el PSOE, que reivindica la tradición con el reclamo del folclore popular y el escrupuloso respeto de las conmemoraciones religiosas. Su candidata no ha abandonado en toda la campaña el atuendo verdiblanco de la bandera autonómica. La omnipresente Junta representa el orden asegurando la paz social y la familia es la institución que garantiza la cohesión y amortigua los efectos del desempleo cuasi estructural.

El principio por el que comienza a quebrarse la hegemonía socialista es el de jerarquía. Los andaluces han respaldado durante casi cuatro décadas al PSOE por considerarlo un partido de provisión, que extendió los beneficios de su red clientelar a todos los estratos de la sociedad. Es decir, distribuía incentivos colectivos. Por eso la corrupción no le pasaba factura; constituía la dieta, reconocimiento o prebenda que obtenían los miembros del aparato del partido por cumplir con su función de repartir la escasez y, en la medida de lo posible, evitar que hubiera excluidos. De este modo, el PSOE andaluz combinó durante mucho tiempo con éxito la fórmula de constituirse a la vez en partido de prebendas y partido de principios.

Andalucía, la rebelión de las banderasSin embargo, el caso de los ERE reveló una anomalía: el PSOE comenzó a asignar incentivos selectivos, privilegios que rasgaron el ecosistema. Antes de todo eso, dos provincias, Almería y Málaga, habían optado por un modelo de desarrollo económico propio. El sistema de subvenciones, de carácter centrífugo, partía de Sevilla y llegaba con mucho menos caudal a la periferia. Sólo durante esta campaña, Susana Díaz ha promovido la creación de 2.700 empleos públicos. La ubicuidad de la Junta en todos los sectores económicos y sociales de Andalucía genera una estructura compacta y por tanto una sociedad especialmente resistente al cambio. La segunda característica distintiva de Andalucía es que, por las razones comentadas, pero también por sus rasgos culturales y particularidades geográficas -que incluye en muchas zonas las climáticas-, es la región de España en la que mejor se vive con menos.

Por último, y acaso sea la singularidad que mejor explica el vuelco y comportamiento de los andaluces ayer en las urnas es que Andalucía es el territorio que mejor ha interpretado las razones por las que durante meses los españoles colgaron sus banderas en los balcones. El hecho diferencial andaluz consiste en que su cultura popular es representativa de la de España y consustancial a ella. Andalucía es la región que ha interiorizado plenamente el sentido de la España autonómica. El ser andaluz depende y necesita del ser español y viceversa. Su regionalismo refuerza el patriotismo constitucional. Ítem más, Andalucía es la región que más sufre el desprecio supremacista y los andaluces, los españoles que más han contribuido a generar riqueza en Cataluña. Por eso no encierra ninguna contradicción que la moción de Sánchez debilitara a Susana Díaz. Por eso la presidenta de la Junta prefirió esconder a Sánchez y por el mismo motivo Casado decidió sobrexponerse en campaña. Por eso Ciudadanos, cuyo vector socialdemócrata predomina sobre el liberal en Andalucía, ha echado el resto con Rivera y Arrimadas. Andalucía ha dado su veredicto sobre golpe secesionista.

Pese a sus particularidades, Andalucía no es una comunidad impermeable a las transformaciones sociopolíticas y demográficas: las elecciones andaluzas de 2015 anticiparon los cambios en el sistema de partidos nacional. Fueron en marzo y alumbraron la fuerza con la que emergían las nuevas formaciones. Casi cuatro años después, los dos primeros partidos, PSOE y PP, aguantan a duras penas la posición, pero el bipartidismo se les ha quebrado.

Sostenía en los años 50 el politólogo Sigmund Neumann que el bipartidismo es normalmente el «sistema que conviene a los pueblos satisfechos, que están de acuerdo en los principios generales de la Constitución y sobre la política de sus gobiernos, no disintiendo con demasiada intensidad sobre los puntos en que no están de acuerdo». Pues bien, las disensiones nacionales se han trasladado al primer escenario donde podían expresarse en las urnas. Ya se ha dicho: Andalucía es y se siente profundamente España. No ha sido una campaña autonómica -o no ha sido una campaña sino una sucesión de spots-, lo que ha perjudicado al sempiterno PSOE; su fatiga y desgaste se suma a su escisión latente: el PSOE de los barones frente al partido de Sánchez. Dándose la paradoja de que para continuar en el poder, Susana Díaz hubiese necesitado de Adelante Andalucía, la formación a la que combatió cuando disputó la secretaría general del partido a Pedro Sánchez.

El dilema y encrucijada a los que se enfrentaba el votante socialista lo han alejado de las urnas. La abstención, cinco puntos por encima que en 2015, ha sido mayor en los feudos que tradicionalmente votan al PSOE. Igual que hizo Díaz con Sánchez, Teresa Rodríguez también escondió a Iglesias -después de renegar de las siglas- durante la campaña. La gran contradicción de las candidatas socialista y anticapitalista es que, situando a Vox -un partido sin candidato reconocible- en el centro de la campaña, anulaban su propio esfuerzo de atraer la elección al ámbito autonómico y la convertían en un anticipo de las generales. Durante 15 días, ambas demonizaron a Vox para neutralizar un pacto a tres que no intuían tan lejano. La estrategia de Podemos y algunas televisiones consiste en vaciar el centro. En Andalucía ha tenido un efecto boomerang. Vox constituye una reacción efervescente y compulsiva de las clases medias y trabajadoras indignadas con el partido y la política prebenda.

El PSOE pierde el monopolio del conservadurismo andaluz. El valor «seguridad» se ha trasladado de campo. Ya no es sinónimo de continuidad. El conservadurismo de Díaz adquirió únicamente rasgos folclóricos; la inercia nacional alejó a la candidata de su conservadurismo político y de provisión. Los andaluces ya no identifican orden con paz social o subvención sino con paz constitucional. El andaluz, senequista y sufrido, es puro sentido común. No obstante, en una reducción al absurdo, ha ocurrido que la candidata socialista que con más fuerza ha combatido el separatismo sucumbe ante el tsunami anti supremacista. El 1-O y la moción de censura han precipitado el desplome del socialismo andaluz.

El penúltimo contrasentido de los resultados de ayer es que un candidato del PP, que inició la conquista de San Telmo bajo la mirada recelosa del líder de su partido, Pablo Casado, está en disposición de presidir la Junta. Y el último, que el candidato de Cs, Juan Marín, que se comprometió a sumar con el PP si obtenían entre ambos mayoría absoluta, podría desdecirse porque necesitan de un tercero que no estaba invitado a la mesa. El grado de reparo a Vox definirá el sentido de las alianzas. Díaz tiene la posibilidad de cerrar el círculo de su posición respecto de Podemos y Vox absteniéndose en la investidura de un candidato que salga de la coalición entre PP y Cs. Es el escenario más probable si no aflora el cainismo en el centro derecha. Entre tanto, Iglesias, enseña los dientes y no reconoce al vencedor porque no cree en las urnas sino en la agitación y división permanente. El extremismo es él.

Susana Díaz pactó con Cs adelantar las elecciones porque los dos creían beneficiarse del mismo efecto en sentido contrario. Gana Cs, pierde Sánchez en la persona de Díaz y Vox pone de relieve que la sismología electoral detecta movimientos pero no su magnitud. Ayer, el votante andaluz impuso un renovado instinto de conservación sobre su senequismo y parsimonia.

Javier Redondo es profesor de Ciencia Política en la Universidad Carlos III.

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