Andalucía, primera estación: más de lo mismo o salto al vacío

Las elecciones en Andalucía que se celebran hoy van a condicionar en gran medida el resto de los procesos electorales que tendrán lugar en 2015, año que marcará un cambio político sin precedentes en España. La contundencia de la victoria del PSOE (que los sondeos dan por segura) determinará la pugna interna por el liderazgo en el partido. El resultado que obtenga el PP servirá para medir si su hundimiento es sólo aparente o estructural ¿Cuál es la fuerza real de Podemos? ¿Se transformará en votos el ascenso meteórico de Ciudadanos en las encuestas? Por no hablar de la política de pactos tras los comicios. Pero, por encima de todo, se juega el futuro de los andaluces que, según las previsiones, seguirán apostando por el partido que ha gobernado durante 33 años sin solución de continuidad, con resultados decepcionantes.

En esencia, Andalucía es, posiblemente, la comunidad más conservadora de España. Desde que se creó la autonomía, siempre ha gobernado el mismo partido, aunque en los últimos tres años en coalición con Izquierda Unida.

Andalucía, primera estación más de lo mismo o salto al vacío

En Andalucía, más que en ningún otro lugar de España, el PP está catalogado por una parte importante de la población como «el partido de los señoritos», ligado por algunos de sus apellidos con el régimen franquista.

Si en algo ha sido bueno el PSOE en Andalucía ha sido en la explotación de una supuesta superioridad moral respecto al PP. Su aparato de propaganda -no hay más que escuchar la cantinela que se ha repetido en los mítines de la última campaña- agita el fantasma del miedo para que «no vuelvan a gobernar los de siempre». Lo propios líderes del PSOE han interiorizado tan profundamente ese mantra que la candidata a la presidencia, Susana Díaz, de apenas 40 años de edad (este año se cumplirán 40 desde la muerte de Franco), ha llegado a afirmar en un acto que lo que quiere es decirle a su hijo que deja «una Andalucía mejor que la que nos dejaron a nosotros nuestros padres».

Es como si el PSOE ganara las elecciones siempre por primera vez. Pero no. El drama es que los socialistas han gobernado durante 33 años y no han logrado ningún avance significativo en la mejora de vida de sus ciudadanos. Y es muy probable que vuelvan a ganar.

Andalucía casi dobla el porcentaje de paro de comunidades como País Vasco o Madrid. Al mismo tiempo, la renta per cápita es casi la mitad en Andalucía que en esas dos autonomías.

Durante esos 33 años, la región andaluza ha sido la más favorecida por la transferencia de fondos europeos (casi 50.000 millones) y también por la redistribución de rentas que supone nuestro sistema autonómico.

Por ejemplo, Andalucía ha sido la región que más dinero ha recibido para las llamadas políticas activas de empleo (a formación se han destinado, como media, más de 1.000 millones al año durante los últimos dos lustros). Sin embargo, los resultados han sido prácticamente nulos. No hay más que mirar las cifras de paro juvenil (¡más del 60%!).

Además, en estos años en los que se ha utilizado desde el poder el clientelismo como en la mejor tradición caciquil, se han creado unas tramas de corrupción que han contaminado todas las instituciones, desde los ayuntamientos hasta la propia Junta, pasando por sindicatos y partidos. El fraude, estimado en 6.000 millones de euros, ha alcanzado su clímax con en el caso de los ERE y con el fraude en los cursos de formación.

Si, con todo eso, el PSOE es favorito, ya me dirán. Es cierto que derrotar a un partido que tiene tanto poder institucional y mediático no es cosa fácil. Pero alguna responsabilidad tendrán sus competidores. Sobre todo el PP, única alternativa tras UCD, en estos 33 años de socialismo.

Por desgracia, el PP no puede presentarse ante los andaluces como el partido del cambio. Ni en los años de Javier Arenas, ni ahora con Moreno Bonilla que, a pesar de haber hecho una digna campaña, promete mantener el PER (no se le asusten los 250.000 jornaleros que lo reciben), los ‘populares’ han sabido apoyarse en las capas más dinámicas de la sociedad. El PP representa a los conservadores de derechas, frente a los conservadores de izquierdas del PSOE.

Y, sin embargo, hay una Andalucía que quiere romper con los tópicos y que puja por colocarse a la cabeza, no sólo de España, sino de Europa. Ahí están los casos de los jóvenes retratados esta semana en EL MUNDO por Jorge Bustos que, pasando de subvenciones, han creado empresas competitivas en sectores de alta tecnología. O los que, desde Almería, reclaman su gran verdad («el pepino importa»), como recordaba Emilia Landaluce en su reportaje a pie de las plantaciones recubiertas de plástico.

Pero, ¿qué va a pasar ahora en Andalucía? Susana Díaz, que adelantó las elecciones para apuntarse el tanto de una victoria que le diera el caché suficiente como para liderar el PSOE y ser la candidata a la Moncloa, ha movido un tablero que se le ha ido de las manos.

En la mejor de las circunstancias, Díaz lograría reeditar un gobierno de pacto con IU. Pero para ese viaje, no hacían falta las alforjas de las elecciones anticipadas.

Hoy ya casi nadie contempla la posibilidad de que Díaz, al menos de inmediato, dé el salto a la política nacional. Hasta ella misma lo confesó en su último mitin delante de Pedro Sánchez: «Voy a dedicarme a los andaluces».

La única alternativa que parece quedarle al PSOE para gobernar es Ciudadanos, dado que Díaz ha prometido que no pactaría ni con el partido de Iglesias ni con el PP.

Albert Rivera ha puesto ya sus condiciones para ese hipotético acuerdo. Entre ellas, la exclusión de Chaves y Griñán.

Sin embargo, lo más interesante de ese experimento, si es que llega a producirse, será ver como se compaginan las propuestas liberales y reformistas de Luis Garicano con las llevadas a cabo por el PSOE, que se basan en el aumento del gasto público, en el mantenimiento de las subvenciones y de un complejo entramado de empresas públicas.

Aunque es cierto que el cambio deseable para Andalucía no vendrá con estas elecciones, pase lo que pase el PSOE ya no podrá gobernar de la misma forma. La irrupción, a derecha e izquierda, de dos alternativas que representan el hartazgo de una parte de la población -en su mayoría jóvenes- hacía la política y los políticos de siempre no es un fenómeno pasajero, sino que supone un giro sustancial.

A los dos grandes partidos sólo les queda una alternativa: o atienden las demandas de los ciudadanos (transparencia, honestidad, etcétera) o, tarde o temprano, serán arrollados por los grupos que no tienen el lastre del pasado.

Casimiro García-Abadillo, director de El Mundo.

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