Andalucía trae cola

Si hace siglos que dejó de ser noticia la progresiva inclinación del campanario de la catedral de Pisa, aunque ello no merme la curiosidad, otro tanto sucede medido en lustros el incorregible fracaso escolar andaluz. Así lo ratifica cada informe del Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos, cuyo acrónimo PISA coincide a la sazón con el nombre de la ciudad toscana y que, en cada entrega, relega a la enseñanza andaluza al último vagón. A años luz de la quimera finlandesa que Chaves proyectó cuando viajó en 2002 al país que encabeza la excelencia educativa, al igual que su antecesor Borbolla se marcó el paradigma californiano. Meras ocurrencias camino de ninguna parte.

Andalucía no ha llegado a ser ni la una ni la otra, obviamente, pero tampoco ha menguado distancias con los demás. Ni con aquellos presidentes ni con sus sucesores Griñán y Díaz. No obstante lo cual, al cabo de 40 años de ejercer las competencias plenas en educación, el PSOE ha vivido tan ricamente de ese fracaso con gran frustración de una tierra que lleva décadas prometiéndose un futuro que no baja de carteles electorales como los que se atisban de cara a la cita autonómica del próximo 2 de diciembre.

Andalucía trae colaQuizá los andaluces se hicieron una idea excesiva de una autonomía que luego ha trocado en un régimen que, merced a la derrama de la corrupción y a su socialización, siempre ha gobernado el PSOE, siendo la única región europea con esa anomalía junto a Baviera, estando una y otra en los antípodas del desarrollo. No es que los andaluces sean víctimas de la fatalidad, sino que no están dispuestos en número suficiente a modificar ese estado de cosas, entregados al ogro filantrópico de la Junta que conforma un poderoso instrumento de soborno y enajenación. En este sentido, el fracaso escolar, el paro y la corrupción confieren un vitalicio seguro electoral, al ser un nudo ciego difícil de desatar.

Si se cuantificara lo robado y disipado en estos lustros, la cifra sería pavorosa e ilustraría cómo la autonomía andaluza se ha revelado el mejor sistema extractor de rentas al preservar además la impunidad. Así fue, en la práctica, hasta que la juez Alaya tomó el toro por los cuernos de los ERE que sienta en el banquillo a los ex presidentes Chaves y Griñán. Tras levantarse la tapa, dentro de la alcantarilla, han aflorado toda clase de reptiles en su espeso lodazal. Ratifícase así la máxima de aquel ilustre prócer almeriense y episódico presidente de la I República, Nicolás Salmerón: «Todo lo que en las condiciones de la vida no se renueva o transforma, o se corrompe o es foco de corrupción».

Conociéndose mejor que nunca la venalidad de los políticos y de sus favorecidos, ello suscita un sentimiento de indignación. Pero no al punto, hasta ahora, de mandar al PSOE a la oposición, pese a su acusado declive. Lejos de las mayorías absolutas de antaño, debiendo valerse sucesivamente del Partido Andalucista, Izquierda Unida y Ciudadanos. Por mor de ello, la política andaluza es una pesadilla reciclada con mínimos cambios en el cuadro de actores y mudanzas superficiales para ocultar la podredumbre, subsistiendo intacta la red de corrupción institucional. Todo son ladridos y alborotos sin que los cobros indebidos se reintegren ni salden debidamente sus delitos aquellos que, cogidos con las manos en la masa, son recolocados y se les garantiza nómina pública en covachuelas de menor exposición para que no abran el pico.

Como hija del régimen, Susana Díaz ni puede ni quiere poner patas arriba el tinglado que la sostiene. En consecuencia, los días cambian, el tiempo cambia… pero el régimen no, por más que dore la píldora una presidenta que hace honor a los versos de Pedro Salinas: «Lo que EREs me distrae de lo que dices».

A medida que a un escándalo se le suma otro, al modo de las cerezas que se enredan entre sí, un peronismo con acento andaluz trata de zafarse envuelto en la bandera que manchan quienes no muestran mayor propósito de enmienda hoy que ayer, este año que los cuarenta pasados.

Si es que sus gobernantes no se presentan directamente como hombres de honor como Chaves. Sabedor de que gozaba de la protección de la Justicia, como se ha vuelto a poner de manifiesto tras la última resolución de los tribunales que obliga a la sociedad Minas de Aguas Teñidas ( MATSA) a reintegrar los 10,1 millones que entregó el ex presidente a la empresa que apoderaba su hija Paula, como antes había sucedido cuando a ésta la empleaba Abengoa. Pasmosamente, a instancias del otrora Fiscal General del Estado, Cándido Conde-Pumpido, hoy magistrado del Tribunal Constitucional, el Tribunal Supremo archivó la causa contra Chaves por esta concesión sentenciada ahora como ilegal y en cuyo expediente figuraban las firmas de padre e hija como dador. Con tan alto padrinazgo fiscal, Chaves se fue de rositas y se permitió descalificar a EL MUNDO por aquellas revelaciones que tardíamente la Justicia ha corroborado al cien por cien. Con las cosa puestas en su sitio, hay que proclamar que las manos teñidas de Chaves no ofenden.

En el seno del peronismo andaluz, donde el PSOE resulta igual de incorregible como su original argentino, la Reina del Sur teatraliza su particular versión de El retablo de las maravillas. Representa lo nunca visto bajo apercibimiento de que quien no sea un buen andaluz no pueden atisbar el portento en escena. Dado que pocos quieren complicarse la vida ni enemistarse con quien controla aspectos sustanciales de su «modus vivendi», se asiente con lo que el poder tenga por menester. Así suele ser hasta que, de higos a brevas, aparece un entrometido que verbaliza que el escenario está vacío, trasluciendo que se trata de una colosal tomadura de pelo. Ello hace que, como el regidor del entremés cervantino, Díaz y los suyos se vuelvan contra el intruso: «¡De ellos [judío o bastardo] es, pues no ve nada!».

Pues bien, esta vez la indiscreta ha sido la ex ministra de Agricultura y actual dirigente del PP, Isabel García Tejerina, al constatar, estadística en mano, que, «en Andalucía, un niño de diez años sabe lo que uno de ocho años en Castilla y León», ateniéndose para ello en los informes PISA, TIMSS o PIRLS sobre desigualdad interregional en la formación de los alumnos. Por subrayar lo palmario, Tejerina ha sido acusada, entre otras lindezas, de «desdén supremacista» por insultar, según Díaz, «a Andalucía, a sus niños», entendiendo por supuesto que Andalucía es ella, la presidenta de la Junta. Cuando al régimen andaluz se le desnuda de la forma en que lo ha hecho Tejerina, arrojando una piedra en el estanque en el que se espejea Díaz, se combate sañudamente a la aguafiestas para aparentar que está vestido como en la fábula del rey desvestido.

Ello le ha generado a la ex ministra la incomprensión incluso de un parte del PP andaluz que aún confía en heredar al PSOE emulándolo, en vez de dar la batalla ideológica y desafiar «la tiranía del statu quo» imperante en Andalucía. Es verdad que el PSOE, aprovechando el municionado aparato propagandístico de que dispone, puede hacerte un traje en menos que canta un gallo, poniendo las cosas del revés. Pero ello debiera ser un acicate para no quedarse sentado a la espera de que te lo confeccionen. Mucho menos en un momento crítico en el que el PP se juega el ser o no ser no sólo en Andalucía, sino en España entera. Dependiendo de cómo su nuevo líder, Pablo Casado, salve el envite andaluz, donde se enfrenta a la par con Cs y PSOE, podrá encarar con mayor resolución la batalla hercúlea que le aguarda.

No hay que ser Einstein para colegir que, si se buscaran resultados distintos en el campo educativo, las autoridades andaluzas no seguirían haciendo lo mismo desde hace cuatro décadas. El PSOE ha pasado de reducir el analfabetismo tradicional a extender otro de naturaleza funcional a una vasta legión de estudiantes estabulados a los que se expende títulos de variada gama por parte de unos profesores primados para que maquillen la estadística o que, en caso de que se mantengan en sus trece, sean reconvenidos y amonestados por los comisarios políticos del sistema. Si es que no decretan el correspondiente aprobado, cuando no ordenan que pasen curso por entender que el nivel de exigencia del centro es muy alto. Si Woody Allen bromeaba con que algunos se piensan que es un hombre culto porque lleva gafas y ello le da un aire intelectual, un título en esas condiciones sólo es intercambiable con una papeleta para la oficina del paro.

Para colmo, por más que se bajan los niveles de exigencia, no mejoran las estadísticas y queda a la vista la devaluación educativa de un país que malgasta ingentes cantidades en erradas políticas en las que el derecho a la igualdad se devalúa en igualitarismo de la peor jaez. Lamentablemente, la televisión pública andaluza -gran incubadora de tópicos y estereotipos que luego se molesta al verlos reproducidos al norte de Despeñaperros- coadyuva a degradar la situación situando como referentes a quienes vivaquean a base de lavar en público las vergüenzas propias o del vecino del quinto. En busca de ello, pugnan por atravesar la pantalla del televisor como la protagonista de La rosa púrpura del Cairo. Pero no por amor como ésta a su héroe de celuloide sino para enriquecerse siguiendo el consejo de uno de los personajes más televisivos, Homer Simpson: «Recuerda, hijo mío, que si cuesta esfuerzo, no merece la pena».

El fracaso escolar no es una anomalía del régimen andaluz, pues, sino uno de sus atributos y su gran negocio electoral. Estos frutos del árbol de la ignorancia alimentan una autonomía de partido dominada por gobernantes que se eternizan en el poder a costa de quienes no reparan en que no hay desarrollo sin educación de calidad ni democracia de nivel sin educación exigente. Con todo, lo más doloroso de esta derrota de la enseñanza andaluza es que ha sido liquidada por aquellos mismos que más la hubieran precisado.

Francisco Rosell, director de El Mundo.

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